Música y Vino

Puedo intentar ser sincero pero nunca seré imparcial…

Una batalla perdida...

Domingo, a 26 de Febrero de 2012 -- Alfredo -Webmaster-

 

 

Por Belén Franco (Ferrol, Galicia, España)

Hace unos días, leyendo el “Diario de Ferrol”, en su versión digital, me encontré con un artículo cuyo título reclamó mi atención, sobremanera: “Javier Marías dice que luchar contra el deterioro de la lengua es una batalla perdida”. Pesimismo y sumisión son sensaciones que la lectura de este titular me produjeron al instante, pues inmediatamente imaginé su aciago contenido, la dolorosa verdad y la funesta realidad que transmite: “al ritmo que vamos, dentro de cincuenta años los lectores tendrán dificultades no ya para entender el Quijote sino lo que escriben los novelistas actuales”. ¡Ojalá te equivoques, Javier! ¡Ojalá me equivoque yo también! Pues comparto tus infaustos pronósticos, tu amenazante futuro lingüístico.

En esa entrevista, el novelista y miembro de la Real Academia Española de la Lengua señala su preocupación por la creciente pobreza de vocabulario que tienen los hablantes, “para muchos de los cuales empiezan a ser molestas y poco comprensibles las frases largas, con subordinadas o subjuntivos”. Y hablas de culpables, Javier: los medios de comunicación en general. Yo todavía añadiría algún culpable más: la política educativa, los planes de estudios cada vez más pobres en sus contenidos humanísticos; planes de estudio que buscan fomentar el conocimiento y uso de una lengua que no es la mía en detrimento de mis dos lenguas maternas: el gallego y el castellano; planes de estudio en los que apenas se estudia a los escritores clásicos, en los que los alumnos de hoy en día abandonan los centros educativos sin ni siquiera haber leído unos versos de Quevedo, Rosalía de Castro o Góngora; sin conocer, apenas, los amoríos de Calixto y Melibea, sin saber que el caballo de Don Quijote se llama Rocinante, sin descubrir el mundo picaresco de nuestro Lazarillo, sin percibir los íntimos sentimientos de La Regenta, sin descubrir las cuatro magníficas sonatas de Valle Inclán, sin sumergirse en el mundo pasional de “Los Gozos y las Sombras”, sin escuchar el más que excelente soliloquio de Carmen, viuda de Mario, en “Cinco horas con Mario”, o la admirable prosa castellana que su autor, Miguel Delibes, nos ha legado en “Los Santos Inocentes” y en otras novelas y escritos; sin sumergirse en el realismo mágico de la familia Buendía en “Cien años de soledad”, sin, sin, sin…..; puedo seguir enumerando hasta perderme en este imponente abismo literario y lingüístico.

Recuerdo una pequeña anécdota que me sucedió hace unos cuantos años, cuando por circunstancias de la vida y con algo más de treinta años, decidí realizar otra carrera universitaria. En una ocasión, hablando con una de mis compañeras de estudios, unos diez años más joven que yo, le comenté, dentro de una conversación que estábamos manteniendo, la conveniencia de “decantarse” entre dos opciones. No recuerdo a qué nos estábamos refiriendo ni las palabras exactas de aquel diálogo; pero sí recuerdo la cara de perplejidad y asombro que puso la mujer al escuchar el verbo “decantar”. No le quedó más remedio que preguntarme, un tanto tímidamente, por el significado de “decantarse” para salir de sus profundas dudas lingüísticas.

Tampoco necesito irme tan lejos. Hace muy pocos días, durante mis tardes de sopor casero y de ocio invernal, buscando y rebuscando con el mando algún programa televisivo por el que merezca la pena abandonar, momentáneamente, un buen libro de lectura, me paré ante un nuevo programa emitido en la Sexta 2 y que centró mi atención: “Princesas de barrio”. En él un grupo de jóvenes féminas –de veintitantos años-, muchachas de barrios urbanos, aspirantes algunas de ellas a convertirse en “Belenes Esteban” de la vida y del mundo televisivo, con un vocabulario y unos gestos más barriobajeros, si cabe aún, que los de la original, enseña a los telespectadores cómo transcurre su anodina y vacía vida diaria. En uno de sus momentos de confidencias, entre botellón y botellón, y en medio de una conversación que ahora tampoco recuerdo sobre qué versaba, una de ellas –la más “estebanera y barriobajera” de todas- preguntó qué es un adjetivo. Esta vez la perpleja fui yo. ¿Cómo es posible que un concepto gramatical tan básico y esencial como es el “adjetivo” sea un término desconocido para algunos/as jóvenes de hoy en día…?

Sí, Javier. Al igual que tú, yo también sollozo por el futuro incierto -o no tan incierto ya- no sólo del castellano, sino del gallego, mi otra lengua materna; yo también me lamento por la actitud de algún padre que, cuando tiene en sus manos un cuento infantil escrito en gallego, lo va traduciendo al castellano mientras se lo lee a su hijo, pues le amedrenta el hecho de que su retoño le salga gallego hablante -¡qué desgracia y qué vergüenza familiar tan grande podría llegar a ocasionar…!-. Yo también siento pena y contrariedad por el comentario de otra persona que, dentro de su compasiva ignorancia, llegó a decir que los niños y niñas aprenden a leer mejor en castellano que en gallego (¿acaso ambas lenguas no poseen las mismas grafías y muy pocas variaciones fonéticas?).

¡Ay, si Cervantes levantase la cabeza! Estoy segura que resucitaría a Don Quijote para que éste se enfrentase, al igual que lo hizo con los famosos molinos, con la incultura idiomática y lingüística que empieza a proliferar en nuestro país. ¿Sería una batalla perdida para el valeroso hidalgo…?

 


El texto que escribió Belén Franco, de Galicia como yo, lo traduje a nuestro idioma materno, el gallego, para, como ella dice y corrobora Sergio Darío, potenciarlo y hacer que no se pierda nuestro riquísimo patrimonio histórico y cultural.


Hai uns días, lendo o "Diario de Ferrol", na súa versión dixital, encontreime cun artigo cuxo título reclamou a miña atención, sobremanera: "Javier Marías di que loitar contra a deterioración da lingua é unha batalla perdida". Pesimismo e submisión son sensacións que a lectura deste titular me produciron ao instante, pois inmediatamente imaxinei o seu aciago contido, a dolorosa verdade e a funesta realidade que transmite: "ao ritmo que imos, dentro de cincuenta anos os lectores terán dificultades non xa para entender o Quixote senón o que escriben os novelistas actuais". Ogallá equivóquesche, Javier! Ogallá equivóqueme eu tamén! Pois comparto os teus infaustos prognósticos, o teu ameazante futuro lingüístico.

Nesa entrevista, o novelista e membro da Real Academia Española da Lingua sinala a súa preocupación pola crecente pobreza de vocabulario que teñen os falantes, "para moitos dos cales empezan a ser molestas e pouco comprensibles as frases longas, con subordinadas ou subxuntivos". E falas de culpables, Javier: os medios de comunicación en xeral. Eu aínda engadiría algún culpable máis: a política educativa, os plans de estudos cada vez máis pobres nos seus contidos humanísticos; plans de estudo que buscan fomentar o coñecemento e uso dunha lingua que non é a miña en detrimento das miñas dúas linguas maternas: o galego e o castelán; plans de estudo nos que apenas se estuda os escritores clásicos, nos que os alumnos de hoxe en día abandonan os centros educativos sen nin sequera ler uns versos de Quevedo, Rosalía de Castro ou Góngora; sen coñecer, apenas, os amoríos de Calixto e Melibea, sen saber que o cabalo de Don Quixote se chama Rocinante, sen descubrir o mundo picaresco do noso Guía, sen percibir os íntimos sentimentos de La Regenta, sen descubrir as catro magníficas sonatas de Val Inclán, sen somerxerse no mundo pasional de "Os Gozos e as Sombras", sen escoitar o máis que excelente soliloquio de Carmen, viúva de Mario, en "Cinco horas con Mario", ou a admirable prosa castelá que o seu autor, Miguel Delibes, nos legou en "Os Santos Inocentes" e noutras novelas e escritos; sen somerxerse no realismo máxico da familia Buendía en "Cien anos de soidade", sen, sen, sin.....; podo seguir enumerando ata perderme neste impoñente abismo literario e lingüístico.

Recordo unha pequena anécdota que me sucedeu hai uns cantos anos, cando por circunstancias da vida e con algo máis de trinta anos, decidín realizar outra carreira universitaria. Nunha ocasión, falando cunha das miñas compañeiras de estudos, uns dez anos máis mozo que eu, lle comentei, dentro dunha conversación que estabamos a manter, a conveniencia de "decantarse entre dúas opcións". Non recordo a que nos estabamos a referir nin as palabras exactas daquel diálogo; pero si recordo a cara de perplexidade e asombro que puxo a muller ao escoitar o verbo "decantar". Non lle quedou máis remedio que preguntarme, un tanto timidamente, polo significado de "decantarse para saír das súas profundas dúbidas lingüísticas".

Tampouco necesito irme tan lonxe. Hai moi poucos días, durante as miñas tardes de sopor caseiro e de ocio invernal, buscando e rebuscando co mando algún programa televisivo polo que pague a pena abandonar, momentaneamente, un bo libro de lectura, pareime ante un novo programa emitido na Sexta 2 e que centrou a miña atención: "Princesas de barrio". Nel un grupo de mozos féminas -de veintitantos anos-, rapazas de barrios urbanos, aspirantes algunhas delas a converterse en "Beléns Esteban" da vida e do mundo televisivo, cun vocabulario e uns xestos máis barriobajeros, se cabe aínda, que os da orixinal, ensina aos telespectadores como transcorre a súa anódina e baleira vida diaria. Nun dos seus momentos de confidencias, entre botellón e botellón, e no medio dunha conversación que agora tampouco recordo sobre que versaba, unha delas -a máis "estebanera e barriobajera" de todas- preguntou que é un adxectivo. Esta vez a perplexa fun eu. Como é posible que un concepto gramatical tan básico e esencial como é o "adxectivo" sexa un termo descoñecido para algúns/ás mozos de hoxe en día....?

Si, Javier. Ao igual que ti, eu tamén salouco polo futuro incerto -ou non tan incerto xa- non só do castelán, senón do galego, a miña outra lingua materna; eu tamén me lamento pola actitude dalgún pai que, cando ten nas súas mans un conto infantil escrito en galego, o vai traducindo ao castelán mentres llo le ao seu fillo, pois lle amedrenta o feito de que o seu xermolo lle saia galego falante -¡qué desgracia e que vergoña familiar tan grande podería chegar a ocasionar...!-. Eu tamén sento pena e contrariedade polo comentario doutra persoa que, dentro da súa compasiva ignorancia, chegou a dicir que os nenos e nenas aprenden a ler mellor en castelán que en galego (acaso ambas as dúas linguas non posúen as mesmas grafías e moi poucas variacións fonéticas?).

Ai, se Cervantes levantase a cabeza! Estou seguro que resucitaría Don Quixote para que este se enfrontase, ao igual que o fixo cos famosos muíños, coa incultura idiomática e lingüística que empeza a proliferar no noso país. Sería unha batalla perdida para o valoroso fidalgo...?

 

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