Música y Vino

Puedo intentar ser sincero pero nunca seré imparcial…

Un olvido imperdonable...

Viernes, a 21 de Noviembre de 2014 -- Alfredo -Webmaster-

El pasado 17 de noviembre hizo 15 años que Enrique Urquijo nos abandonó. Y digo abandonó con toda la intención de la palabra: para una generación completa de españoles, la que vivió los mejores años de sus vidas oyendo su música y tarareando sus letras –entre ellos yo-, su muerte significó la pérdida de ese amigo medio hermano que jamás te traicionó, un compañero que con su voz rasgada, que no era la mejor del mundo (tampoco lo es la de Sabina o Serrat), nos hacía sentirnos mejores personas.

Su enorme e inmensa honestidad a la hora de hacer la música que él quería, sin dejarse llevar por las modas del momento, sin importarle un ‘carajo’ ir contracorriente, le hizo merecedor del aprecio de los que supimos ver en ese chico tan aseado y formal, tan normalito, el mejor ejemplo de que la calidad y capacidad no está reñida con la forma de presentarse ante su público. Que nada malo había en amar las rancheras o reconoce abiertamente que nos gustaba María Dolores Pradera o Pedro Infante o Chavela Vargas o Silvio Rodríguez o Joan Manuel Serrat, y al mismo tiempo ser un innovador.

Encabecé mi escrito con “Un olvido imperdonable…”. Y es cierto: ¿cómo pude olvidarme de un día tan señalado?

En una de las primeras entradas de la segunda etapa de mi blog musicayvino.com, en el año 2007, escribí un artículo titulado “La banda sonora de mi vida” que versaba sobre Enrique y su influencia en los años que yo llevaba consumidos.

Parafraseando a Nietzsche, como el mejor recuerdo es recordar el recuerdo, nada mejor que ‘tirar’ de ese escrito mío del 2007 y rememorar lo dicho entremezclado con palabras nuevas…

Quizá la culpa de todo, producto de la idealización de Enrique y su influencia sentimental en una generación de españoles, sea imaginar que los años consumidos en ese período febril de los 80’ y 90’ fueron mejores que los  primeros del tercer milenio.

Quizá, tal vez, influye que las canas y los kilos de más acumulados en los ‘michelines’ ahora son imposibles de ocultar; no como antes, que todo estaba en su sitio y perfecto.

En fin, sean cuales sean las razones, lo más importante es que Enrique, mi amigo y medio hermano, ya no está con nosotros. ¡Y que no está desde hace 15 años! ¡Y que cada año duele más su ausencia!

Recuerdo como si fuera hoy mismo la mañana del 17 de noviembre de 1999, un día de cielo encapotado, plomizo, pesado, frio. Me recuerdo sentando en la sala de espera del aeropuerto de Barajas de Madrid, con un portátil en las rodillas leyendo un informe sobre una inversión en el Causeway, mientras esperaba la salida de un vuelo de Iberia con dirección a Panamá.

Poco antes de embarcar, más o menos a las 10 de la mañana, un televisor de la sala de espera dio la noticia: mí admirado Enrique había aparecido muerto en el portal de una casa en el madrileño y castizo barrio de Malasaña. Apareció roto y desmadejado por una sobredosis de heroína.

Aquél hombre de 39 años, que a veces parecía un niño, propietario del corazón más grande y de la fuerza de voluntad más pequeña del Mundo, no había sido capaz de superar su larga adicción a las drogas, sobre todo a la heroína.

La noche anterior, Pía, su compañera sentimental, lo había ido a buscar a la casa del ‘camello’ que le proveía de la droga, un cabrón al que él había acudido en demasiadas ocasiones tras abandonar la clínica donde estuvo ingresado, una vez más, para dejar sus adicciones. El miserable del ‘camello’ echó a Pía de la casa alegando que allí no tenían secuestrado a nadie, que Enrique había acudido por ‘voluntad propia’.

Para Enrique, eran 20 años ininterrumpidos de consumo compulsivo de la droga típica de los músicos de aquella época: «Había caballo (heroína) en todas las fiestas. Si eras músico y no te metías, era como si fueras gilipollas», se decía en los círculos musicales de la movida madrileña.

Pese a que el nacimiento de su hija María (1994) supuso para Enrique un hálito de esperanza y una razón de peso para intentar cambiar su estilo de vida y superar sus viejas adicciones, ni ella ni Pía lo habían conseguido arrancar de las garras de la autodestrucción.

Una de las más hermosa, sensibles y desgarradoras canciones de Enrique, “Agárrate a mí, María” (incluida en el recopilatorio "La historia de Los Secretos" y publicada luego como single en 1996: puedes escucharla en un Youtube), un premonitorio aviso de lo que estaba por llegar, ilustra perfectamente que en la relación paterno-filial él buscaba sobre todo la protección y el amparo de los brazos de su hija, a los que poder agarrarse, tal y como se espera de un padre hacia su hija.

Oí la noticia con suma tristeza, no la podía creer: no era posible que el autor de la banda sonora de mi vida me abandonara sin cantarme su última canción… O su “Ojos de Gata” (escúchala en Youtube).

Dicen, se dice, que los hombres no lloramos. Pienso que, o bien no soy demasiado hombre –según la definición de algunos-, o en ciertas ocasiones dejo de serlo: he llorado, y aún lloro, cuando algo me conmueve o me emociona, y la muerte de mi amigo Enrique me emocionó profundamente. Me emocionó tanto que tuve que irme al baño del aeropuerto para no sentir las miradas de la gente.

Su muerte fue la pérdida de una parte de mi pasado, el acabose de los rescoldos de la juventud, la clausura de los primeros años de madurez. Su muerte fue el finiquito de los sonidos de los guateques, de las audiciones privadas y no tan privadas de música a todo volumen. Su muerte fue el fin de los conciertos en directo de Los Secretos, como el de la Plaza Mayor de Madrid, en el 97, o el de la Sala Galileo del 99 (la última vez que le vi en directo). Fue el fin de poder verle compartiendo juntos copas en el Honky Tonk, él con sus amigos, yo con los míos.

Su muerte fue la pérdida del poeta de los fracasos, el trovador de las derrotas, el cantor de las miserias de la vida, el campeón de la tristeza, el rey de la cruda realidad, el señor de los lamentos.

Su desaparición significó que ya nada iba a ser igual, que ya nadie me iba a decir que su estado de ánimo era el mismo que el mío. Que nadie volvería a expresar, como lo hacía él, que su pena era mi pena. Su pérdida, su muerte, y su desaparición significaron que “Nunca he sentido igual una derrota…” (puedes escucharla en Youtube).

Nunca tuve la oportunidad de darle personalmente las gracias por todo lo me ayudó con su música. Pero hoy, otra vez, quince años después, quiero hacerle un nuevo homenaje, el homenaje que no le hice en el Honky Tonk. Y mientras escucho su música siento que su presencia me ayuda a enjugar alguna tristeza de la vida, algunas pérdidas irreparables, algunas personas que vienen y van, que entran y salen… hoy siento que sus derrotas también son mis derrotas.

Estés donde estés, ¡gracias, querido Enrique!

Alfredo Webmaster

 

Enrique Urquijo y los Secretos – “Quiero beber hasta perder el control

Nunca he sentido igual una derrota

que cuando ella me dijo: se acabó.

Nunca creí tener mi vida rota,

ahora estoy sólo y arrastro mi dolor.

 

Y mientras en la calle está lloviendo,

una tormenta hay en mi corazón.

Dame otro vaso, aún estoy sereno,

quiero beber hasta perder el control.

 

Cuántas nochas soñé que regresabas

y en mis brazos llorabas por tu error,

luego un ruido del bar me despertaba

y el que lloraba entonces era yo.

 

Y mientras ella está con otro tipo

mis lágrimas se mezclan con alcohol,

ella se fue por qué no me lo dijo,

y siento que mi vida fracasó.

 

Y mientras en la calle está lloviendo,

una tormenta hay en mi corazón.

Dame otro vaso, aún estoy sereno,

quiero beber hasta perder el control.

 

Quiero beber hasta perder el control

 

Enrique Urquijo y Los Secretos – “Agárrate a mí, María

Estoy metido en un lío

y no sé como voy a salir...

Me buscan unos amigos

por algo que no cumplí.

Te juré que había cambiado

y otra vez te mentí:

Estoy como antes colgado

y por eso vine a ti.

 

Abrázame fuerte a mí, María...

Agárrate fuerte a mí...

que esta noche es la más fría

y no consigo dormir.

 

Agárrate fuerte a mí, María...

Agárrate fuerte a mí...

que tengo miedo

y no tengo donde ir.

 

Mañana, cuando despiertes,

estaré lejos. En fin,

no creo que pase nada,

de otras peores salí.

 

Si acaso no vuelvo a verte

olvida que te hice sufrir:

No quiero, si desaparezco,

que nadie recuerde quien fui.

 

Agárrate fuerte a mí, María...

Agárrate fuerte a mí...

que esta noche es la más fría

y no consigo dormir.

 

Agárrate fuerte a mí, María...

Agárrate fuerte a mí...

que tengo miedo

y no tengo donde ir.

 

Agárrate fuerte a mí, María

Y no llores más por mí

Volveré a por ti algún día

y escaparemos de aquí

 

Agárrate fuerte a mi, María

Agárrate fuerte a mí

que tengo miedo

y no tengo donde ir.

 

Enrique Urquijo y Los Secretos – “Ojos de gata

Fue en un pueblo con mar

una noche después de un concierto

tú reinabas detrás

de la barra del único bar que vimos abierto.

 

Cántame una canción al oído

te sirvo y no pagas

sólo canto si tú me demuestras

que es verde la luz de tus ojos de gata.

 

Loco porque me diera

la llave de su dormitorio

esa noche canté

al piano del amanecer todo mi repertorio.

 

Con el "Quiero beber"

el alcohol me acunó entre sus mantas

y soñé con sus ojos de gata

pero no recordé que de mí algo esperaba.

 

Desperté con resaca y busqué

pero allí ya no estaba

me dijeron que se mosqueó

porque me emborraché y la usé como almohada.

 

Comentó por ahí

que yo era un chaval ordinario

pero cómo explicar

que me vuelvo vulgar

al bajarme de cada escenario.

 

Pero cómo explicar

que me vuelvo vulgar

al bajarme de cada escenario.

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