Música y Vino

Puedo intentar ser sincero pero nunca seré imparcial…

¿Te imaginas aquí a Rouco Varela?

Lunes, a 30 de Marzo de 2009 -- Alfredo -Webmaster-

El texto que figura más abajo, copiado del blog de Ramón Lobo, está escrito por un ateo que sabe reconocer la enorme valía del incondicional trabajo de algunas personas que viven la religión desde la pobreza y la esperanza, sin pedir nada a cambio; sus palabras hablan de una iglesia distinta, de un tipo de iglesia que convive con los necesitados en base a unas creencias y doctrinas que nada tiene que ver con las de la otra iglesia oficial, la iglesia que todos conocemos en Europa, propietaria de grandes catedrales y palacios, regida por hombres vestidos con ricos y coloridos ropajes de gala, y rodeada de la pompa y grandeza de los poderos.

Siendo como soy ateo, esos luchadores religiosos que viven y mueren rodeados de los más desprotegidos, a eso sí que los admiro y sí los respeto. A los otros, ¡NO!

Alfredo

 


Marzo de 2003. Abordo de un desvencijado Suzuki Santana del padre José Carlos Rodríguez Soto, entonces misionero comboniano en el norte de Uganda. En la aldea de Rep, cerca de Gulu, una zona castigada por la guerrilla de Ejército de Resistencia del Señor (25 años de guerra civil, más de 150.000 muertos y medio millón de desplazados) nos recibió una docena de niños, todos vestidos de domingo: camisa blanca y calcetines altos blancos. Saltaban y danzaban como si hubiera llegado el mismísimo Papa Noël. En una choza rectangular esperaba el pueblo entero, también con sus mejores galas. Tenía techo de paja y carecía de paredes. El padre Carlos sacó de su mochila una botella de plástico rellena de agua bendecida y una muestra de aceite con vino. “¿Te imaginas aquí a Rouco Varela?”. Tras ponerse la casulla y la estola, sonrió ante mi ocurrencia.

En la homilía dijo algo en el idioma local que causó carcajadas y aplausos. Hubo cánticos tribales y fue agradable: había espiritualidad en el ambiente. “¿Por qué se reían tanto?”, pregunté después, cuando el pueblo entero se disponía a invitarnos a comer. “Les he contado una historia de unas monjas de Kitgum que dieron pastel de carne a unos leprosos y éstos tras devorarlo, exclamaron: ‘¡No entiendo cómo el hombre blanco se muere comiendo estas cosas tan ricas!”.



 

Una nota de optimismo
En medio de las pobrezas y miserias diarias en la que viven, los jóvenes integrantes de la Orchestre Symphonique Kimbanguiste de Kinshasa (capital de la República Democrática de Congo) consiguen regalarnos la belleza de sus voces, el amor por el valor educativo de la música y darnos una lección de superación ante las adversidades: la mayoría de los instrumentos que manejan son de origen artesanal.

Como dice Ramón Lobo en su blog, “¿Te imaginas aquí a Rouco Varela?"

Yo no...

 

Alfredo

 

Comentarios

Enviado por Invitado/invitada (no verificado) en

Mi madre es como el cura que describes. Aunque no comparto sus ideales cristianos, siempre luché a favor de que se fuera los fines de semana que le tocaba con sus compañeros de los "kikos". Quién era yo -ni nadie- para juzgarla después de -junto con mi padre- haber sacado a siete hijos adelante, a otros siete que nadie quería de Proyecto Hombre, y a unos cuantos más a los que ayudó a morir dignamente, victimas de sus debilidades y del sida, haciendo de madre en sus últimas horas.
Como éramos tantos, a mi padre no se le ocurrió mejor cosa para tenernos ocupados, que conforme íbamos creciendo, poner un "arma" -las mismas letras que amar- en nuestras manos. A mí me tocó el arco...de un violín. Pero antes de eso, conforme abríamos los ojos a ésta vida, antes del primer llóro, ya estábamos cantando.
Si alguien a los ocho o diez años me hubiera dicho que los italianos eran unos indeseables, o los alemanes unos asesinos de masas, o los "sudacas" esos que nos vienen a robar el trabajo o el pan...hubiera sabido qué contestarle, porque ya conocía a Vivaldi, a Bach, a Violeta Parra, Los Chalchaleros, a Borodín, Ravel, a Don Hilarión Eslava, Beethoven, Brams...Vinicius, María Creuza, Toquinho, Los Panchos...
Con mi hermana inmediata mayor -tenía dos más-, me llevaba fatal, pero en cambio hacíamos unos magníficos dúos de violín y flauta travesera, guitarra-flauta, o soprano-contralto.. Aunque no nos hablásemos, musicalmente nos compenetrábamos de maravilla. Desde entonces sé que todo el mundo tiene algo especial que yo puedo entender y compartir. Me relaciono con los demás desde lo que nos une, no me interesa lo que nos separa.
Nunca podré agradecer lo suficiente la educación que nos dieron; nos educaron en casa, desde la cuna. El resto lo aprendí en la escuela -pública- y en el conservatorio de mi niñez. Y gracias a la música pude superar la prueba más grande que la vida puso en mi camino, un gran odio que jamás pensé que yo pudiera sentir. El odio casi me vuelve loca, tal fué la gran injusticia que me tocó vivir. Y gracias a la armonía que impregnó tantas horas de mi vida, lo pude superar y a día de hoy, es de lo que más orgullosa me siento.

“Cada palabra que decimos, cada pulsación de nuestras venas, está relacionada a través de los ritmos musicales con los poderes de la armonía. La música es en verdad, el conocimiento de la verdadera modulación. Si vivimos de manera virtuosa podemos constatar que estamos bajo su disciplina, sin embargo, si cometemos alguna injusticia, nos apartamos de la música. Los cielos y la tierra y todas las cosas que hay en ellos, dirigidas por un ser superior, comparten esta disciplina musical, según el propio Pitágoras, que afirmaba que este universo fue creado por la música y puede ser gobernado por ella.”
CASIODORO. Filósofo y escritor latino.(480 - 575 ).

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