Música y Vino

Puedo intentar ser sincero pero nunca seré imparcial…

¡Qué bien hueles!

Sábado, a 29 de Enero de 2011 -- Alfredo -Webmaster-

Por Sergio Darío, de España

Esta observación es un cumplido de lo más agradable y reconfortante que nos puedan hacer, pero no la aceptamos así como así de cualquiera. No es como que te digan: ¡bonita camisa esa que llevas! o ¡ese corte de pelo te queda muy bien!. Yo, por lo menos, no me corto a la hora de alabar el vestido o el cambio de look de una compañera o de una amiga… incluso de mi esposa en cuanto me percato de ello, generalmente después de un rato intolerablemente largo de observarla como si nada hubiera cambiado… ya sabéis lo que quiero decir. Pero ni se me ocurre espetarle un ¡qué bien hueles! a nadie con quién no tenga un mínimo grado de intimidad o, cuando menos familiaridad. A no ser que se haya echado encima tal cantidad de perfume, que sea imposible disimular el efecto “botafumeiro” de su presencia. La culpa de esta especie de pudor (que es efectivamente pudor) lo tienen las feromonas.

Nunca había sido consciente de ello hasta que vi un documental en TV. Aunque ya no recuerdo los detalles, supongo que fue en la 2 y a alguna hora intempestiva, porque el programa en cuestión no era banal ni chabacano.

Trataba sobre un experimento llevado a cabo en una universidad alemana, experimento en el cual se les entregó a sendos grupos de mujeres y hombres estudiantes, unos veinte de cada sexo, una camiseta de algodón y unas sencillas instrucciones. Más o menos eran estas:

- Debían dormir con la camiseta puesta durante una semana sin lavarla

- No podían ducharse ni utilizar colonias, cremas o desodorantes para meterse en la cama

- Las mujeres no podían tomar anticonceptivos mientras durase el experimento

Al final de este periodo los participantes entregaban sus camisetas.

Previamente todos ellos habían sido objeto de un estudio para determinar su dotación genética y, por supuesto, los participantes no se conocían entre si.

Después las camisetas se colocaron individualmente en recipientes y… ¡a olfatear!

A las mujeres se les dio a oler las camisetas de los hombres y viceversa, y todos ellos debían “puntuar” el olor de cada una de las camisetas en una escala que iba desde “muy agradable” a “muy desagradable”.

El resultado fue que las mejores calificaciones, las “muy agradable”, se produjeron entre hombres y mujeres con mayor diferencia genética y, por el contrario, a individuos con mayor semejanza genética les correspondían calificaciones más desfavorables, resultando “muy desagradable” el olor de los compañeros/as con mínimas diferencias genéticas.  Estos resultados eran simétricos, es decir que cada calificación hombre X/mujer X era igual o casi igual a su reciproca mujer X/hombre X.

El amor es ciego, pero tiene buen olfato

Buscando en la red he encontrado, entre otras muchas informaciones, referencias a experimentos similares a este con ligeras variaciones.

Por ejemplo uno realizado en Suiza, en la Universidad de Berna, esta vez con cuarenta estudiantes masculinos y otras tantas féminas. Después de la preceptiva recogida de muestras de ADN, los estudiantes durmieron un sábado y un domingo con la misma camiseta, que el lunes entregaron para que sus compañeras las olfatearan. Se les pidió a ellos que utilizaran jabones sin perfume, que no tomaran alimentos muy condimentados, que no fumaran y que no tuvieran sexo esos dos días, y a ellas se les trató durante las dos semanas anteriores a la “cata” olorosa con un spray para evitar infecciones en las membranas nasales. El premio por participar fue un ejemplar de “El Perfume” de P.Suskind. Los resultados fueron idénticos a los obtenidos por experimentos anteriores y, hasta donde he podido comprobar, se han repetido en todos los experimentos que, con ligeras variaciones, se han llevado a cabo en Brasil, México, USA, Austria etc.…

No quiero (ni puedo) hacer una exposición erudita ni científica. En este Aleph tecnológico que es Internet tenéis todos los datos, fechas y nombres. Mi interés por este tipo de asuntos es puramente humanista o sociológico o etólogo… curiosidad en definitiva, puro divertimento. El cuerpo humano, este eficaz “vehículo” animal que sustenta nuestra no-tan-eficaz mente es más viejo que nuestro sobrevalorado intelecto de “homo sapiens”, y por lo tanto, en cierta forma es más sabio. Pero le hemos perdido la estima y rara vez le escuchamos. Ya no sabemos interpretar las señales que nos envía. Eso que llamamos ”el instinto”, “un sexto sentido”… mal asunto, porque el uno (animal) ha mantenido y tirado de la otra (mente) y viceversa, alternativamente durante todo este proceso evolutivo que, bien o mal, nos ha llevado hasta aquí desde los tiempos en que éramos el más desvalido habitante del planeta, y nos conviene que siga siendo así, creo yo, porque lo normal es que nos hubiéramos extinguido por causas naturales, y vamos camino de conseguirlo por medios artificiales.

Por eso, a mi las triquiñuelas que nuestro cuerpo utiliza para mediatizar o dirigir nuestro hiperracional comportamiento, me atraen con la fuerza irresistible y gozosa con que la naturaleza tira de los cínicos (3ª acepción R.A.E.) como yo.

Hoy en día se han identificado medio centenar de feromonas emitidas por nuestro cuerpo. Medio centenar si, pero cada individuo tiene su propio “arsenal feromónico” que a su vez tiene una composición química establecida principalmente por su sistema inmunitario. Como no hay dos sistemas inmunitarios iguales, tampoco hay dos personas con idénticas feromonas.

Estos “mensajeros químicos” nos llegan a través del olfato y, lo mismo su emisión como su recepción, sigue unas pautas y características naturales (animales) que no podemos controlar. Es decir, ni decidimos cuándo ni cómo estamos bombardeando el entorno con nuestras feromonas ni podemos saber cuando estamos siendo alcanzados por feromonas de nuestros congéneres. Ni tampoco evitarlo, estamos indefensos. Pero su química modifica la forma en que nos interrelacionamos, inconscientemente, sin identificar la causa-efecto de nuestros actos y sensaciones, que atribuimos, ignorantes, a la psique, al corazón, al alma o a un espiritual “no te lo puedo explicar”.

En algunos aspectos primarios de nuestro comportamiento, como son el sexo, la empatía, el amor… el efecto de estos hechiceros invisibles es dramático, y no sólo los del sexo opuesto como veremos más adelante.

Hasta 1970 sólo se conocía la existencia de estos compuestos en los animales, sobre todo en los insectos. Debemos a una mujer el comienzo y desarrollo de estos estudios en nuestra especie.

Y el comienzo fue de película, imaginaros la escena: Estado de Maine en U.S.A., 1968. Los mejores especialistas de la época discuten los últimos avances y descubrimientos en una convención científica organizada por un importante laboratorio. Una chica de 20 años, invitada como sus compañeras de un prestigioso y exclusivo colegio femenino, al ciclo de conferencias, está escuchando reverencialmente los sesudos argumentos de aquellos doctores. En un determinado momento, los científicos debaten sobre cómo las feromonas actúan para conseguir que todas las ratas de laboratorio encerradas en una misma jaula, acaben ovulando a la vez. Martha McClintock se levanta e interrumpe al sorprendido grupo de sabios: “lo mismo sucede en la especie humana”. Entre los ponentes no había ninguna mujer.  

El olfato de la mujer se desarrolla antes y mejor que el del hombre, y ese desarrollo precoz va unido a la proliferación de sus hormonas intrínsecamente femeninas, los estrógenos, durante la pubertad. Durante al ovulación la mujer emite un tipo de feromonas que predisponen al hombre a la relación sexual (a ellas les juramos que es amor y la madre naturaleza sabe que se trata, ni más ni menos, de la perpetuación de la especie vía procreación), provocándonos un aumento de producción de testosterona, que nosotros percibimos inequívocamente como que nos ponen como motos, y es que somos unos fieras. Por su parte, la mujer alcanza la máxima sensibilidad olfativa durante el periodo de ovulación, y pierde gran parte de su olfato con la menopausia. También el hombre modera la emisión de sus feromonas con la edad (pasamos de irresistibles a atractivos, luego interesantes y finalmente simpáticos).

El caso es que la mujer, desde que alcanza la fertilidad, necesita de un buen olfato para escoger al padre de su progenie. Y el mejor padre es aquel que aporta un sistema inmunitario muy diferente, y por lo tanto complementario, del suyo… y aquí se completa el sudoku que iniciamos con el experimento de las camisetas.

Volvamos a Martha McClintock. Ella había observado que todas las compañeras de dormitorio habían sincronizado su menstruación. Los científicos, todos hombres, consideraron su afirmación ridícula, y le exigieron pruebas con base científica. Martha inicio así una carrera de investigadora científica que todavía está activa. En 1973, con sólo 23 años, publicó su estudio en el que participaron las 135 compañeras de dormitorio, y que estuvo dirigido por su supervisora. La coordinación de los ciclos de sus compañeras era un hecho irrefutable, y dependía del tiempo que se mantuvieran juntas. Más adelante colocó almohadillas en las axilas de nueve voluntarias en diferentes fases del ciclo. Después hizo oler estos saquitos a otras veinte voluntarias, consiguiendo acortar o prolongar el ciclo de las oledoras en función de la fase de ovulación de la “donante” de la almohadilla… ¡y pensar que las jóvenes se atiborran a fármacos para regular su ciclo! Lo más impactante es el efecto de las feromonas emitidas por las madres lactantes: ¡desordenan el ciclo menstrual de las no lactantes influyendo en su fertilidad! La madre naturaleza es implacable.

Queda un fleco de lo más curioso en este asunto de los olores. Las mujeres que toman estrógenos, la píldora, invierten su apreciación de los olores del macho. Es decir, la apreciación deseable/no deseable de su pareja se invierte cuando la mujer que toma estrógenos deja de tomarlos o cuando la que no los toma empieza a utilizar la píldora… ¡esclarecedor, no os parece!

 

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