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Las Américas de Obama

Miércoles, a 22 de Abril de 2009 -- Alfredo -Webmaster-

El castrismo es hoy un “spot” de lo que no hay que hacer con un país, pero Chávez está achicando el pluralismo

Por M. A. Bastenier para elpais.com, 22/04/09

En la Cumbre de las Américas celebrada el fin de semana en Puerto España no hubo avances materiales en el esperadísimo encuentro oficial y asambleario entre el presidente estadounidense, Barack Obama, y América Latina; pero sí se sucedieron numerosos momentos simbólicos, de forma que lo que no ocurrió tuvo más trascendencia que las cosas que sí pasaron.

Primero, hubo una puesta de largo de una nueva América Latina, que aunque ya se conocía, sólo podía quedar formalizada ante el líder de todas las Américas, el hombre de Washington, en funciones de maestro de ceremonias. Una América original en todas sus dimensiones antropológicas porque ¿cuándo se habían reunido en la jefatura de otros tantos Estados latinoamericanos un militar golpista, Hugo Chávez en Venezuela; un ex guerrillero, Daniel Ortega en Nicaragua; un periodista portavoz de otra ex guerrilla, Mauricio Funes en El Salvador; un ex obispo, padre de familia al parecer numerosa, Fernando Lugo en Paraguay; un indio que no habla ninguna lengua indígena, Evo Morales en Bolivia; el hijo de un obrero metalúrgico, Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil; un ex prófugo, Alan García en Perú; un sacerdote maya, Álvaro Colom en Guatemala; un mulato educado en las mejores universidades norteamericanas, Leonel Fernández en la República Dominicana; y dos mujeres, Cristina Fernández en Argentina y Michelle Bachelet en Chile?; todos ellos recuperables para alguna versión de la izquierda. No en vano la derecha produce ocupaciones más clásicas como finquero para Álvaro Uribe en Colombia, y el tecnócrata, Felipe Calderón en México.

Luego está la destreza política de Obama, puesta de manifiesto por la finura con que desinfló la fanfarria cubana que Chávez tenía preparada para exigir el reingreso de La Habana en la OEA. La mano tendida del presidente, pero pidiéndole a Cuba que ofreciera algo a cambio del levantamiento de algunas restricciones al comercio con la isla, satisfizo a todos los que no quieren más espectáculos bolivarianos de los inevitables.

En tercer lugar, el presidente demócrata le ha rendido un gran servicio de aseo intelectual al continente. Como dijo Marta Lagos, la directora de Latinobarómetro, en la presentación del libro de Javier Noya Imagen de España en América Latina, Obama quiere borrar cuanto antes a Estados Unidos de la lista de culpables de los males que aquejan a esos países. Desde las independencias, el intrincado desorden latinoamericano ha contado con dos grandes chivos expiatorios. Uno cósmico, España, como modernamente codificó un uruguayo sin madre patria, Eduardo Galeano, en Las venas abiertas de América Latina, y otro, más terrenal, inmediato y amenazador, Estados Unidos. Y no es que ambas potencias no tengan su responsabilidad, la primera por la sangre y la segunda por el dólar, en el desastre de siglos XIX y XX que nos contemplan, pero la letanía tantas veces repetida, empezando por la Cuba castrista y su embargo, es sólo una coartada.

Y, por último, nótense las dificultades que Obama le puede estar creando al mayor problema de Washington en la zona, no Cuba, sino Venezuela. La Habana no tiene nada que ofrecer a América Latina, el experimento de justicia social en libertad ha fracasado, y el castrismo es hoy un spot de lo que no hay que hacer con un país. Pero Venezuela es diferente. Chávez está achicando el campo del pluralismo, utilizando una legalidad amaestrada para hipotecar la vida política a sus adversarios, pero cabe que, incluso pese a la caída de los precios del crudo por la crisis, su régimen esté mejor armado que los del capitalismo as usual para proteger a los desfavorecidos. Y Obama estaba mucho más en el papel que le conviene a Chávez marcando más distancias que acercamientos. No es imposible establecer una convivencia civilizada entre Washington y Caracas, pero poco más, porque el chavismo pone en peligro cualquier tentativa de restablecimiento de la hegemonía estadounidense en la zona, aunque sea a guisa de alianza entre iguales. Los límites, en cualquier caso, al radicalismo de Obama están a la vista: aunque condene y prohíba la tortura, los funcionarios de la CIA que la practicaron no pagarán por ello, y Estados Unidos no fue a la conferencia de Ginebra sobre el racismo por el clima anti-israelí. Contra Bush los bolivarianos vivían mejor.

Los arranques para la reconciliación promovidos por el presidente estadounidense no colman, sin embargo, las brechas internas entre dos o aún tres izquierdas y al menos una derecha renovada de estas Américas Latinas. Y Obama no puede ser amigo de todas.

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