La geisha que no pude pisar

Enviado por alfredo el Mar, 02/03/2010 - 09:51

La geisha que no pude pisar, por Arancha Ames

Miro su fotografía y los recuerdos acuden a mi mente, con precisión, con una claridad que me sorprende: han transcurrido más de treinta años desde aquella primavera en Japón.

A mis dieciocho años comenzaba a asomarme al mundo de la mano de mi hermano en la China post Mao Zedong. Durante tres meses me empapé de la cultura del país.

Todo era nuevo y distinto para mí; algunas vivencias convulsionaron mis ideas preconcebidas sobre la China que llamábamos maoísta y los conceptos de vida de un joven de sólo dieciocho años, en la España preconstitucional.

Pero fue durante mi viaje de regreso a casa cuando realmente viví la experiencia más impactante y maravillosa, un recuerdo que guardo en mi memoria con nitidez y ensoñación.

La vuelta a España tenía una escala en Tokio; aprovechando el viaje, hicimos una pequeña parada de apenas dos días para conocer la ciudad. Fue otro choque de culturas: las diferencias entre la nuestra y la oriental se hizo aún más evidente.

En medio de un parque, en una casa tradicional rodeada de jardines, las geishas nos recibieron con sonrisas educadas y traviesas (y tímidas, a la vez). Con delicada suavidad, casi etérea, acompañaron nuestros torpes pasos a una de las habitaciones de la casa de té.

Allí, rodeados de paredes de madera recubierta de paja tejida y motivos religiosos, nos desnudaron completamente, acariciaron nuestro cuerpo para hacerlo entrar en calor, lo frotaron con unas esponjas toscas de aromas embriagadores bajo la cálida luz de las velas que llenaban todos los estantes y mesas.

Con unas regaderas lavaron nuestros cuerpos con agua muy fría, sacando de él todo rastro de suciedad y del aroma de las esponjas. Después, nos introdujeron en las aguas calientes, muy calientes, del ofuro de madera de hinoki.

Cubiertos de agua hasta la barbilla, mecidos en el calido vientre del ofuro -¿Un minuto, media hora, una hora…?-, nos relajamos mientras escuchábamos el tañir del shanshin y el ruido suave del agua caliente que, a pocos, iban añadiendo las geishas.

Embriagados por el olor que desprendía la madera y acariciados por las manos, y los cuerpos, expertos que masajeaban nuestras cabezas, espaldas, muslos, pecho, rozamos el cielo y vivimos el placer más sensual.

Después -¿Un minuto, media hora, una hora…?-, nos envolvieron en enormes y calientes toallas blancas, secándonos despacio, con suaves roces y cálidos abrazos.

Para que no sintiéramos el frío del suelo de madera y estera, se inclinaron ante nosotros hasta quedar totalmente recostadas, invitándonos a pisar sus hermosos cuerpos desnudos.

Yo no pude: me arrepiento.

 

Esta historía no me pertenece,me la contó un día un amigo,y la verdad me gustó,mejor dicho me encantó.Me parecío sensual y diferente. Es una historia semilla,cae suave del árbol,y casi sin darte cuenta,la tierra la va cubriendo hasta que un día,como por arte de magia,brota,y empiezan a aparecer los pensamientos,que aún no tienen nombre,porque desconocemos cuales le corresponden,porque no es nuestra cultura,aquí hablariamos de sexo,hablariamos incluso de machismo,aunque intuimos que no,que no es eso. Creo que es una historía que,un poquito,nos acerca a intentar entender otra forma de vida,a la que no podemos comprender,pero si al menos reconocer su belleza. pd. mi amigo no solo me regalo esta historia,sino que tuvo el DETALLE de como dice él,MEJORARLA,aunque yo la llamo mutilarla. pd2 creo que falta su nombre aquí.

Pero esos masajes tan sensuales y relajantes solo se los hacen a los hombres? ¡Cachis! ¡No es justo! No hay nada de malo en que lo hicieran tambien con las mujeres, o que hubiera geishas y gheishos, (ya estoy yo como la ministra de igualdad) :-) aunque yo me saltaria tambien el asunto de los pisotones. Elisa

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