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Puedo intentar ser sincero pero nunca seré imparcial…

De cómo la ingeniería financiera desencadenó la hambruna de 2008

Domingo, a 25 de Julio de 2010 -- Alfredo -Webmaster-

Escrito por Iñaki Berazaluce, 16.07.2010

Gracias a las mejoras en la ingeniería agrícola y en la logística, los precios de los alimentos llevan descendiendo desde hace 150 años, al tiempo que aumenta la producción. Gracias a este círculo virtuoso hoy es posible alimentar a 6.700 millones de bocas, algo que parecía inasequible en los años 60. Sin embargo, entre 2005 y 2008 sucedió algo inédito: el precio de los alimentos empezó a crecer en todo el mundo, llegando a cuadruplicarse en el caso del trigo. Como resultado, el número de personas hambrientas en el planeta se incrementó en 250 millones y se produjeron disturbios por el precio de los alimentos en 30 países. La sangre no llegó al río porque a finales de ese mismo año la burbuja de los precios estalló y los precios volvieron a sus niveles habituales.

¿Qué sucedió para que, de la noche a la mañana, el pan se convirtiera en un artículo de lujo para miles de millones de personas en todo el mundo? La explicación la desentraña magistralmente Frederick Kaufman en el ensayo La burbuja alimentaria, publicado en Harper’s Magazine. Según Kaufman, todo empezó en 1991, cuando “Goldman Sachs decidió que nuestro pan de cada día podía constituir una excelente inversión”. Aquel año, “los analistas de Goldman decidieron convertir los alimentos en un concepto”. Para ello seleccionaron una bolsa con 18 ingredientes, incluyendo el ganado, café, coco, maíz, trigo y azúcar y crearon el fondo de inversión GS Commodity Index.

Desde ese momento, el precio de los alimentos no quedaría establecido por la oferta y la demanda de los mismos sino por las expectativas de evolución de los mismos que decidieran los inversores, apoyados en esa entelequia llamada “futuros. En una economía preglobal esto hubiera sido imposible: el precio del trigo en Guinea Bissau depende de la cosecha de ese año en el país (o países vecinos). Sin embargo y como bien dice Kaufman, Norteamérica es el Arabia Saudí del cereal, de modo que el precio marcado en aquel país (en este caso por “un oscuro sindicato llamado Minneapolis Grain Exchange”) acaba condicionando el precio del pan candeal en Teruel, por ejemplo.

Entre 2005 y 2008 el precio del trigo negociado en la Bolsa de Minneapolis (trigo virtual, nunca visto) aumentó de valor de forma escandalosa. Peor aún, lo hizo contra toda lógica, pues la cosecha, lejos de disminuir, había sido una de las mejores de la historia. Detrás de la subida de los precios estaba el fondo de inversión de Goldman Sachs, cuyo hábil departamento financiero había generado una herramienta según la cual si el precio subía, Goldman ganaba. Si bajaba, Goldman seguía ganando, según Kaufman. El resto de los tiburones financieros tardaron poco en ver la bicoca de su ilustre y codicioso competidor, así que en 1994 JP Morgan, Chase y Bear Stearn, entre otros, inauguraron sus propios fondos de “materias primas”.

La cosecha de grano de 2008, la más abundante de la historia, dejó un reguero de hambre en el mundo, y no sólo en el otrora llamado “tercer mundo” sino en el mismo centro del Imperio, la despensa del planeta: EEUU, donde 49 millones de personas no eran capaces de disponer en sus mesas de una comida completa al día, según el autor. Y todo ello, con 20 millones de toneladas de grano almacenadas en los silos norteamericanos tras la temporada de compras. No sorprenden, por tanto, los testimonios de brokers arrepentidos tras la voraz especulación en torno a los alimentos: “No estamos hablando de materias primas. Se trata de alimentos, y la gente los necesita para comer”, dice uno de ellos.

Puede que el mercado sea el mejor sistema para la asignación de recursos inventada por el hombre, pero cuando la codicia, la falta de escrúpulos, el cálculo egoísta de beneficios entran en juego se genera un clima de responsabilidad diluida que puede abocar a desastres como el de 2008.

 

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