Música y Vino

Puedo intentar ser sincero pero nunca seré imparcial…
Martes, a 11 de Noviembre de 2008

Pescadora, industrial y militar, nació unida al mar, primero como villa marinera y pesquera, más tarde como potencia militar y naval; y, todo ello, gracias a su angosta y apacible ría, y a su puerto natural, al que se accede surcando las aguas vigiladas por sus dos imponentes guardianes: los castillos de San Felipe y de A Palma.

Escrito por Belén Franco  M. (desde Ferrol)



 

 

El barrio de A Magdalena, emblema de la ciudad

Inicio mi recorrido por el barrio de Ferrol Vello que aún conserva un sabor marcadamente medieval en sus callejuelas y plazas. Los restos de esta humilde villa marinera se conservan frente al muelle de As Curuxeiras y  el visitante los puede apreciar en las estrechas y empedradas calles y en algunas casas marineras con balcones de madera que, todavía, perviven en lo que fue el barrio de pescadores. Resulta agradable el paseo por la zona de su puerto, recientemente recuperada y animada con concurridas terrazas.

Pero Ferrol es, sobre todo, la ciudad de la Ilustración. Su trazado y arquitectura  racionalistas son un claro ejemplo del nacimiento de una ciudad en la segunda mitad del siglo XVIII. Mi visita a esta población implica un paseo obligado por el barrio de A Magdalena, una joya urbanística, declarada conjunto histórico-artístico en 1984, y de los más singulares que podemos encontrar en Galicia. El rearme naval y la construcción del Arsenal, necesarios para el desarrollo de la flota de guerra española, en la época de la dinastía borbónica, han sido los dos factores que impulsaron el nacimiento de la ciudad. Surgió, así, un Ferrol industrial y militar de primer orden, iniciándose una etapa de gran prosperidad y expansión urbana.  El levantamiento del astillero implicaba la construcción de un barrio obrero, el de Esteiro, para albergar a los trabajadores de esa factoría naval; y, por otro lado, la construcción del Arsenal conllevaba el nacimiento de su correspondiente barrio de nueva planta, de carácter burgués, el barrio de A Magdalena, que toma el nombre de una ermita que existía en esa zona. En este nuevo asentamiento se alojaban los comerciantes, ingenieros, matemáticos, arquitectos, oficiales y funcionarios de la Marina de la época.

El proyecto de este nuevo barrio responderá a un trazado ortogonal constituido por seis calles longitudinales, paralelas al Arsenal y nueve transversales, todas con un ancho de 10 varas castellanas. En esta cuadrícula de calles perpendiculares y paralelas, tan planificadas, también se trazaron dos amplias plazas regulares –la de Amboaxe y la Plaza de Armas-, dando lugar a un conjunto urbano neoclásico basado en la exactitud matemática y en la simetría, según los dictámenes de la razón, fiel reflejo de la Ilustración. Al realizar mi recorrido por esta “tableta de chocolate”, compruebo que la pavimentación de las calles todavía se conserva en muchos puntos del barrio y que la perfección de su trazado y su posición central le otorgan al barrio ferrolano de A Magdalena un indudable protagonismo urbano. Descubro que, a lo largo de los restos de su alameda, creada en su momento como espacio de esparcimiento, se levantan algunos de los ejemplos de arquitectura civil y religiosa, demandados en cada época: la Iglesia-Concatedral de San Julián (patrón de la ciudad), de estilo neoclásico;  el mercado; el teatro Jofre, de estilo ecléctico y una de las más significativas construcciones teatrales del siglo XIX; la oficina de Correos, la prisión municipal, convertida, años más tarde, en el edificio del Gobierno Militar y, transformada, hoy en día, en la Fundación Caixa Galicia; sin olvidarme de edificios perfectamente ubicados en otras zonas de este barrio neoclásico como el Parador Nacional de Turismo, en los terrenos del antiguo convento de San Francisco, cuya iglesia contiene un retablo mayor de Ferreiro; el edificio de Capitanía General con sus hermosos jardines de magnolios y estatuas, o  el antiguo Hospital de Caridad, hoy convertido en el centro cultural Torrente Ballester.

A este peculiar trazado, marco privilegiado para admirar las vistosas procesiones de Semana Santa, o para deleitarnos con los cánticos que las rondallas dedican a ensalzar a la mujer ferrolana en la denominada Noite das Pepitas, hay que añadir la estética de sus edificios. Me place admirar los  magníficos modelos de viviendas, con fachadas de cantería y con balcones de hierro forjado, que parecen hechos de encaje, y colocados sobre ménsulas pétreas -como en el edificio de la sede del Ateneo Ferrolano-; o la larga sucesión de galerías del siglo XIX y elegantes miradores acristalados de madera pintados de blanco, algunos con un aire palaciego, tras los cuales transcurrían las vivencias  familiares. Todos estos atractivos elementos otorgan a estas calles rectilíneas, evocadoras de aires de otra época, un carácter de gran uniformidad y belleza. Al contemplar este conjunto arquitectónico, no puedo evitar  recordar un pequeño párrafo de la novela de Xavier Alcalá, ambientada en la época de la Ilustración, “Alén da desventura”: “Amañecía con sol de maio sobre as rúas rectas da Magdalena. Nas casas altas, de boa pedra, mellor madeira e moito vidro, tal vez houbese xente a espertar con grandes ideas, pero o granito brilloso do pavimento non retinía co bater dos zocos que xa animaba as ruelas de Esteiro deixadas atrás. Moito medrara Ferrol….”

Con la entrada en el siglo XX, se van a desarrollar arquitecturas de autor que se manifiestan en edificios singulares de estilo modernista, especialmente de la mano del arquitecto municipal Rodolfo Ucha, y que estarán entre los ejemplos más valorados de este barrio en donde el cemento y el hierro darán a las viviendas un aspecto delicado y muy elegante, siempre integrándose y respetando los anteriores estilos arquitectónicos. Rodolfo Ucha creará unas llamativas galerías y miradores con decoraciones naturalistas y geométricas, algunos decorados con mascarones que parecen contemplar el paso del tiempo, y que convierten estos edificios en magníficas obras maestras de la arquitectura gallega que todo paseante deberá contemplar. El Hotel Suízo, el Casino, la Casa Romero, la Casa Pereira, la Casa Mariño, el Edificio Correo, o el pabellón de la Pescadería, en el mercado central, son muestras de esta arquitectura de estilo modernista que otorgan una fuerte personalidad al  histórico barrio ferrolano.

No puedo olvidar, en este paseo por la ciudad de la Ilustración, el modesto barrio de Esteiro  y sus edificios del antiguo hospital militar, hoy  restaurados y convertidos en campus universitario junto con la Biblioteca Universitaria del Patín que, en su día, fue casa de vecinos.

El recorrido por A Magdalena evidencia un proceso singular, surgido en Galicia en el siglo XVIII: el nacimiento de toda una ciudad, en muy pocos años, a partir de la nada, una intervención urbanística completa en donde se consigue fusionar, en el mismo espacio, el trazado racionalista de la época de la Ilustración con los edificios de estilo modernista del siglo XX. El barrio ha llegado hasta nuestros días como una demostración de lo que fue la historia de la arquitectura urbana de los últimos 250 años. La percepción de imagen unitaria que le ofrece al visitante es consecuencia de las distintas ordenanzas municipales que, desde el siglo XVIII, fueron surgiendo para unificar los criterios compositivos de las fachadas. Aunque hay que señalar que, en el año 1961, con el Plan General de Ordenación Urbana, se iniciará un proceso que modificará, gravemente, la imagen del barrio con la construcción de edificios de altura y volumen excesivo.

Con la declaración de Conjunto Histórico, en el año 1984, se abrirá una etapa donde predominará el respeto en las intervenciones de rehabilitación.

 

Ferrol, naval y militar

El empeño por querer convertir Ferrol en una gran potencia naval y militar conllevó la construcción de un grandioso Arsenal en 1749, dando como resultado una magnífica obra de ingeniería de la época. Cuando me adentro en él, por la Puerta del Dique, de porte neoclásico, descubro que su interior alberga las mejores edificaciones de ese estilo arquitectónico, con un predominio de la horizontalidad y de la racionalidad: el Almacén General, los talleres; la puerta de Fontelonga, único resto que se conserva de las entradas por mar al Arsenal; el edificio de Herrerías en el que se habían instalado las forjas y el taller de fundición y que hoy en día se ha convertido en sala permanente de la Exposición Nacional de la Construcción Naval; la Cortina, una muralla fortificada de más de 500 metros de longitud que emerge del mar y que todavía conserva los cañones que defendían el Arsenal de los ataques marítimos, constituyendo un conjunto de gran plasticidad; el Dique de la Campana, considerado, en su momento, como uno de los más grandes del mundo y que, actualmente, continúa prestando sus servicios a la Armada; y, sobre todo el Cuartel de Instrucción o Sala de Armas, una majestuosa construcción, considerada como uno de los edificios neoclásicos más relevante de Galicia; sin olvidarme de la Biblioteca de la Zona Marítima del Cantábrico con un fondo bibliográfico de más de de 30.000 volúmenes, ni tampoco del Museo Naval, que nos relata, de una manera visual, la historia de la Armada Española y que guarda, entre sus fondos, interesantes muestras cartográficas, restos arqueológicos de barcos hundidos, maquetas de navíos, piezas de armamento, objetos de uso cotidiano…  

“….le mostré la ciudad, “mírala, ahí orillando la ría y trepando por la colina, rodeada de baluartes y de murallas caducas: ése es el arsenal, aquélla la cortina del parque, en otro tiempo defendida por sesenta cañones que siguen allí de adorno; ves la dársena, con los barcos atracados, y el muelle del comercio. Eso es lo que queda cerca y es el centro del mundo….”  Gonzalo Torrente Ballester. “Dafne y ensueños”

 

Ciudad de castillos

Continuo este recorrido por el Ferrol monumental y militar con la visita a otro de los emblemas que la identifican: el impresionante castillo de San Felipe que, frente a frente con la fortaleza de A Palma, en el vecino municipio de Mugardos, y el de San Martín, hoy en día en estado de ruina, se erige como guardián de la ría ferrolana. Las tres fortalezas constituyen un espectacular complejo defensivo.

En el siglo XVI, las buenas condiciones naturales de la ría y el pequeño puerto pesquero, se consideraron factores adecuados para la reparación y abrigo de las flotas. Con el fin de asegurar su protección de los ataques de los corsarios ingleses, Felipe II encargó la construcción, a la entrada de la ría, de los castillos, asegurando, de esta forma, no sólo su defensa y la protección de la villa de los ataques de la flota inglesa, sino el establecimiento en Ferrol de un potente centro militar. Y, acompañando a las tres fortalezas, varias baterías costeras que transformarían el paso por estas tranquilas aguas en una trampa para los navíos enemigos.

Me dirijo, pues, a las pequeñas y pintorescas villas de pescadores de A Graña y San Felipe que todavía lucen sus casas abalconadas y en las que descubro hermosas estampas marineras. El imponente y amenazador castillo de San Felipe, de excelente cantería, penetra en la ría ayudando a estrecharla más. Tanto este fuerte como el de A Palma -convertido en prisión militar después de la Guerra Civil y hoy fuera de servicio- además de mantener una posición estratégica en la ría, eran el punto de sujeción de los cabos de una cadena de hierro submarina que, en caso de peligro, cerraba el acceso a la bocana. Es magnífica la vista que nos ofrece el castillo de San Felipe desde la otra orilla, sobre la fortificación de A Palma. La fortaleza se integra en el paisaje de tonos verdes, en el macizo de piedra color sepia que se adentra en las tranquilas aguas. Ya en su interior, aprecio el trazado geométrico y la arquitectura precisa en las baterías, las garitas, las caponeras, el hornaveque, el patio de armas que guarecía la vida cotidiana de los soldados y demás soluciones disuasorias que ayudan a conformar un alarde de ingeniería militar defensiva. Así parecen manifiestarlo los siguientes versos populares:             

“Castillo de San Felipe

                                                                       prepara tu artillería

                                                                       que se acercan los ingleses

                                                                       por la boca de la Ría”.

No es extraño que se intente que ambos castillos sean declarados, por la UNESCO, candidatos a convertirse en Patrimonio de la Humanidad.

 

Ferrol natural

Desde las almenas de San Felipe observo una perspectiva impresionante de la ría verdeazul que, junto con la belleza del entorno natural que la rodea, constituye un inigualable recurso paisajístico que me invita a la contemplación: promontorios redondeados que perfilan la entrada de la ría; montes de Brión, testigos del triunfo de los habitantes de esta zona sobre el ejército inglés; sucesión de arenales y de playas abiertas al mar -la de Doniños con su laguna (la tradición asegura que bajo sus aguas descansa la aldea de Valverde), la de Ponzos, Covas, Santa Comba o San Xurxo-; los cabos rocosos de Prioriño y prior contra los que las salvajes aguas del Atlántico baten con fuerza; las islas de As Gabeiras y de Santa Comba, sobre la que se asienta una pequeña ermita; los restos de las murallas del castro de Lobadiz; o la cumbre y ermita de Chamorro. Todo ello conforma un conjunto que hacen de esta comarca un espacio privilegiado e inolvidable, un lugar imprescindible para conocer más a fondo esta hermosa tierra gallega.

 

Ferrol, Patrimonio de la Humanidad

En los últimos años, se ha planteado la necesidad urgente de diseñar un programa de renovación y revalorización del espacio urbano central de la ciudad que, apoyándose en los valores que posee, ayude a transformar la imagen poco atractiva que proyecta.

De esta forma, a partir del año 2002, se pone en marcha el Área de Rehabilitación de Ferrol Vello y del barrio de A Magdalena que, junto con la declaración de Área de Rehabilitación integral de la villa de A Graña en el 2005, emprende la recuperación de la arquitectura de estos barrios históricos, abandonados y maltratados por intervenciones poco afortunadas.

Por su interés patrimonial e histórico, todo el conjunto arquitectónico del Arsenal, además de los castillos de San Felipe y de A Palma, constituyen, en la actualidad, una candidatura indiscutible para su declaración como Patrimonio de la Humanidad.

El interés por que Ferrol opte a esta candidatura se ha convertido en algo prioritario para afirmar su autoestima y entrar en los circuitos internacionales y nacionales de turismo cultural. Su gestión sostenible requerirá conciliar la conservación de su patrimonio con nuevas perspectivas turísticas dinamizadoras y responsables.


Así doy por finalizada mi ruta por Ferrol, ciudad que sufrió siempre los vaivenes y las vicisitudes de la economía y de la política estatal, viviendo etapas de decadencia y etapas de renacimiento. Para recorrerla, primero debemos superar los tópicos acomodados que la consideran como una ciudad austera, gris y nada vistosa.

 

 

 

Martes, a 2 de Septiembre de 2008

Considero a Bogotá como una de las ciudades más increíbles que he conocido, muchos más que otras con fama de cosmopolitas y que se gastan aires de modernidad y ambiente “fashion”.

Bogotá es otra cosa. Bogotá es amigable, sincera, habitable, humana, tranquila (¡sí, tranquila!), educada, culta, llena de vida: sorprendente. Bogotá se asemeja a lo que fueron las ciudades españolas hace años, cuando la gente aún “vivía” la ciudad como si no lo fuera una montaña ingente de edificios y ruido, cuando se hacían vida en comunidad y la convivencia era más humana.

Bogotá es una ciudad a descubrir, una ciudad a conocer sin miedos preconcebidos, sin caer en los tópicos con los que nos inundan los medios de comunicación occidentales: violencia, delincuencia, secuestros, drogas.

No es cierto, Bogotá no es así.

Creo que la conozco bastante bien y todas las veces que la visité la viví con intensidad y con profundo respeto, con la admiración del que se siente como en su casa, rodeado de iguales.

He recorrido muchos de sus rincones más escondidos y me he mezclado con todo tipo de personas. Jamás, repito, jamás sentí temores ni miedos, nunca me dejé influenciar por esa creencia tan europea de que es una ciudad que está casi en estado de sitio.

No es cierto. Bogotá no es así.

Bogotá es una ciudad llena de teatros, cines, salas de conciertos, de museos, de variopintas actividades culturales (nunca olvidaré el Festival de Jazz del 2000), de vida nocturna, de restaurantes maravillosos, alguno de ellos únicos en el mundo (el gran Andrés Carne de Res), de centros comerciales apabullantes, de grandes diseñadores y diseñadoras, de mercadillos al aire libre en calles y plazas.

Es una ciudad en la que aún somos recibidos con un cariño y respeto como sólo lo sabe dar la educación de sus gentes: l carta de presentación de la inmensa mayoría de los comercios es el exquisito trato, la sonrisa permanente y un tinto siempre dispuesto para ser bebido durante la espera. Se respira, se siente, se agradece esa calidez… y cuando vuelves a España, no puedes por menos que añorarla.

Es, en resumen, una ciudad llena de vida.

No os la perdáis, Bogotá es un patrimonio que debemos disfrutar todos los que nos consideramos culturalmente (y de corazón) latinos.

Alfredo Webmaster

PD: supongo que después de incluir en el blog esta publicidad gratuita, el Alcalde de Bogotá, o alguno de sus concejales, me invitará a pasar unos días ahí a gastos pagados y a cuerpo de rey... jejeje.


La Candelaria se reinventa

Paseo por el barrio histórico de Bogotá, parando en el Museo Botero, en cafés ilustres y en un jardín-asador

Andrés Barba para El País - 30/08/2008

(Andrés Barba es autor de Versiones de Teresa, Anagrama, 2006, y coautor de La ceremonia del porno, premio Anagrama de Ensayo 2007)

Tal vez, como las familias felices de Tolstói, tengan también algo en común las ciudades que nacen al pie de enormes montañas, una suerte de impronta definitiva de carácter, como si se tratara de ofrendas abandonadas a los pies de un gigante majestuoso. Los impresionantes cerros de Guadalupe y Monserrate que enmarcan el paisaje de Bogotá hacen que la ciudad quede de una extraña manera a la orilla y a la vez que mire permanentemente hacia lo alto. Y quizá sea ésa la primera de sus cualidades, su verticalidad. Una verticalidad que es una referencia constante.

No es posible estar en Bogotá sin sentir su presencia, el propio trazado urbanístico en cuadrícula en el que todas las calles ascienden hacia los cerros y todas las carreras (avenidas) transcurren paralelas a ellos hace que se viva según su mirada. Una mirada doble, porque de inmediato se descubre que existen también dos tiempos, el de la cima y el de la ciudad. En uno la ciudad se agita, en el otro permanece inmóvil, en uno se da la vida como un caudal humano que transcurre voluminoso por la carrera Décima, en otro nada se mueve, y Monserrate mira "como si se riera", en palabras de García Márquez, "todo el sentir lastimero que acusa la ciudad queda inmovilizado en la atención de la montaña".

Si uno se sitúa en la plaza de la catedral, a la altura de la calle Segunda queda directamente a las puertas del barrio histórico de La Candelaria, que es, al mismo tiempo, uno de los focos más intensos de renovación de la ciudad, tanto desde el punto de vista turístico como del de los propios bogotanos. Atrás en el tiempo, la peligrosidad que hacía que este barrio fuera disuasorio hace una década, hoy la vida ha reintegrado para sí el corazón del que nació la ciudad misma, renovándolo. Es muy posible que la vida de las ciudades tenga para sí sus propios tempos, sus propios ciclos, como los de cualquier vida humana. Porque también los barrios, como los hombres, no nacen sólo una vez, tienen nacimientos múltiples, este barrio de La Candelaria ha nacido ya muchas veces. El último de sus nacimientos ha sido propiciado por la apertura de muchos de sus nuevos centros; la biblioteca Luis Ángel Arango, el Centro Cultural Gabriel García Márquez, el Museo Botero (que incluye la magnífica colección privada de los cuadros adquiridos por el pintor), el Museo de la Casa de la Moneda, a los que se añaden los que ya existían, como el teatro Colón, sin duda uno de los más espectaculares de toda América Latina.

Rincones semiprivados

La vida privada de los jardines de muchísimas de las casas de La Candelaria ha quedado ahora descubierta con la apertura de nuevos restaurantes, antiguas casas cuyos patios se han convertido en peculiares rincones semiprivados. Es el caso, por ejemplo, de La Cicuta, un asador-jardín en la esquina de la Novena con la Primera, o el japonés La Totuma, en el callejón del Embudo.

La Candelaria es un barrio que se recorre ascendiendo hacia el cerro, que impone su propia lentitud y que no ha sido tomado masivamente por los turistas, al igual que otros espacios del centro como la zona de la catedral o la carrera Séptima. Lo suficientemente alejado y lo suficientemente cercano, tiene la transparencia de los barrios en los que la vida está insertada como un fruto, las casas se suceden una a una con la cristalina seguridad de que han sido creadas según su naturaleza privada, deja y no deja verse.

No resulta extraño descubrir que la ciudad nació aquí mismo, en la pequeña plaza del Chorro de Quevedo. Todos los barrios como La Candelaria, cuyas vidas se hacen por igual hacia el exterior y hacia el interior, tienen esos pequeños espacios insospechados que acaban conformándose como verdaderos corazones. Heráclito afirmaba que el filósofo no debe decir, sino indicar. Así parece también que hay lugares, como la plaza del Chorro de Quevedo, que no dicen, sino que indican, que no pueden ser abordados como simples lugares físicos, sino un poco ambiguamente, como señales, o en una forma un poco indirecta, como si se tratara de metáforas. Es la energía inquietante de esos lugares de los que han surgido físicamente las ciudades y que no han devenido exactamente sus centros posteriormente, sino espacios sensibles, como hundidos en su historia, pero por los que la vida no ha dejado de transcurrir.

Bajando por el callejón de El Embudo hasta la plaza de los Periodistas nos cruzamos también en La Candelaria con el nuevo Bogotá y el proyecto del arquitecto Salmona (probablemente, la referencia nacional más clara en la renovación urbanística del centro) de su Eje Ambiental, que desciende, como una avenida acuática, desde el cerro hasta la carrera Undécima.

El Pasaje

Bogotá sigue siendo una ciudad de café, en la que los cafés han seguido forjando su acontecer social, intransferible. Hay cierto vivir en los otros la propia vida que sólo se manifiesta en los cafés y que Europa ha perdido en gran medida. Descendiendo desde la plaza de los Periodistas en dirección a la Séptima, en la estupenda y ruidosa plaza del Rosario se encuentra uno de sus cafés más ilustres, el Pasaje, que en cualquier otra ciudad sería un monumento turístico, pero que aquí sigue siendo de corazón bogotano con toda precisión, al igual que el café San Moritz, no lejos de allí, en la calle 16 con la Séptima, rodeando la iglesia de San Francisco. Al entrar en ellos se concreta una especie de nostalgia, la nostalgia de un estilo de vida que nos han quitado (o que nos hemos quitado nosotros mismos), y nos parecen entonces doblemente solitarias estas ciudades que vivimos, como si ya no nos fuera posible ese abrirse las inquietudes entre unos y otros en los cafés, lo que es señal indudable de la nobleza de una ciudad. Juro haber escuchado esta conversación en un café de La Candelaria, entre una niña de cinco años y su padre.

"¿Y tú cuándo morirás?".

Y el padre:

"Yo no moriré nunca".

El magnífico Hotel de la Ópera, donde me hospedé una vez (Alfredo Webmaster)

 

La cocina étnica de Colombia

Los secretos de la gastronomía y los restaurantes donde probarlos

EL VIAJERO, en El País - 09/06/2008

La gastronomía de un país es reflejo claro de su historia e influencias. Por ello, la gastronomía colombiana es mestiza, reflejo de diferentes etnias. Es difícil llegar a decir que existe una cocina homogénea ya que se aprecian diversidades según la región. Combinan ingredientes indígenas y españoles con formas de preparación africanas, árabes y españolas.

La base fundamental de la dieta de Colombia son la yuca y la patata, tubérculos que acompañan a las carnes o pescados de la zona. Además nos podemos encontrar como acompañamiento arroces, maíz, frijoles y plátano el cual se machaca y se fríe antes de servir.

Las frutas son exquisitas y variadas ya que no solo cuentan con frutas exóticas sino que también aquellas típicas de bosques y campos del país que harán las delicias de los postres.

EL VIAJERO expone el siguiente listado de restaurantes de Bogotá donde encontrar toda la esencia de la gastronomía colombiana en su estado puro:

- Ajiaco y Ajiaco. Dirección: Avenida 15 No.118-63 Tel. 620-6124 Zona Norte

- Aquí en Santa Fe. Dirección: Carrera 7 No. 62-63 Tel. 235 6216 Zona Chapinero

- Casa Vieja. Dirección: Avenida Jiménez No. 3-73 Tel. 334-7161 Zona Centro

- Claustro de San Agustín. Dirección: Carrera 8 No. 7-21 Tel. 342-1266 Zona Centro

- Club Colombia. Dirección: Avenida 82 No 9-11, Tel. 249-5681, Zona Rosa

- La Sopería. Dirección: Carrera 11 No. 97A-24 Tel. 635-9786

- La Cofradía. Dirección: Carrera 14 A No. 83-32 Tel. 218-8968 Zona Rosa

- Las Margaritas. Dirección. Calle 62 No.7-77 Tel. 310-2706 Zona: Chapinero

 

Guía

Datos básicos

- Prefijo telefónico: 00571

- Población: Bogotá, unos 7,5 millones de habitantes

- Moneda: peso colombiano (un euro son 2,60 pesos)

Cómo ir

- Iberia (902 400 500), ida y vuelta a Bogotá desde Madrid, desde 694,15 euros, precio final.

- Air Comet (902 380 350), desde 674 euros.

- Avianca, desde 838 euros.

Visitas

- Biblioteca Luis Ángel Arango (343 12 12). Calle 11, 4-14. De lunes a sábado, de 8.00 a 20.00; domingos, de 8.00 a 16.00.

En el mismo complejo: Museo Botero y Casa de la Moneda. Ambos, gratuitos y de lunes a sábado, de 9.00 a 19.00; domingos, de 10.00 a 17.00.

- Museo del Oro. Calle Calle 16 No. 5-41; está abierta al público de lunes a sábado de 9:00 a.m. a 7:00 p.m. (cerrado los martes), y los domingos y festivos de 10:00 a.m. a 5:00 p.m.

- Centro Cultural Gabriel García Márquez (283 22 00). Calle de la Enseñanza (11), 5-60. De 9.00 a 21.00. Entrada gratuita.

Información

- Turismo de Bogotá (283 71 15)

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