Música y Vino

Puedo intentar ser sincero pero nunca seré imparcial…
Domingo, a 1 de Abril de 2012

 

 

Casa do Castelo de Andrade

 

 

 

 

Martes, a 5 de Agosto de 2008

 

As Fragas do Eume, entre la tierra y el cielo, por Belén Franco
 
Entre las ruinas de viejos monasterios, guardianes de secretos y desafiantes del paso del tiempo, y los sinuosos meandros del río Eume, los ecos de un pasado medieval de leyendas y de poder se perciben en el imponente paisaje de As Fragas do Eume.

As fragas do Eume


La comarca de As Terras do Eume, situada a escasos kilómetros de Ferrol, recibe su nombre del Eume, el principal río que la recorre y uno de los más caudalosos de Galicia.

El verdadero y auténtico tesoro de estas verdes tierras son sus fragas. Es el bosque Atlántico Termófilo mejor conservado de Europa, una verdadera reliquia y un ecosistema único en nuestro continente junto con el de la localidad de Killarney, en el condado irlandés de Ferry.

Humedad, sombra y bajas temperaturas son las claves que singularizan este espacio. Cerca de cien especies vegetales dan vida a esta reserva natural que apenas sufrió cambios desde la época Neolítica, de ahí su enorme importancia que nos permite imaginar cómo era nuestro Viejo Continente hace miles de años. Es, además, una de las zonas con mayor valor faunístico de España; algunas de sus especies de animales están en peligro de extinción. Búhos reales, murciélagos, ardillas, gatos salvajes, zorros, halcones, nutrias, entre otras especies, habitan bajo y sobre sus árboles.

Me adentro por este gran corredor forestal, de casi 20 km. de bosque que se extiende por una superficie de 9.125 hectáreas, abarcando cinco municipios. Los bosques de robles, además de otras especies arbóreas, y también los de ribera, abovedan todo este grandioso espacio natural proporcionando un enorme placer al visitante de estas tierras. Una amplia variedad de helechos, hongos y líquenes de diversas clases, algunos de ellos datados en la era Terciaria, constituyen su gran riqueza floral, siendo elementos naturales imprescindibles para la conservación y el mantenimiento del equilibrio ecológico de esta zona, además de dotar al paisaje de una gran paleta con diversas tonalidades. Las laderas que, ya cerca de la desembocadura del río Eume, se inclinan con suavidad, desarrollan una potente verticalidad hasta convertir a este lugar en un estrecho cañón de plantas y de humedad y en una atrayente y auténtica cascada de verdor.

Esta singular y abrupta belleza paisajística empezó a estar amenazada por ataques externos, por lo que la Xunta de Galicia decidió declarar este entorno parque natural con el fin de protegerlo.

Entre esta explosión de verdor, se yerguen, majestuosos y orgullosos, los monasterios de San Xoan de Caaveiro –atalaya física y espiritual- y de Santa María de Monfero -imperial y majestuoso-, próximos ambos a las aguas del río Eume, disponiendo, de esta forma, de espacios con agua para los cultivos y para el trabajo en el molino con el objetivo de que sus antiguos moradores no tuviesen que desplazarse fuera de los límites monacales. Ambos monasterios atraen no sólo por el arte que guardan y la cultura y formas de vida que albergan, sino también por la paz que inspiran. Cada uno de ellos, a pesar de ubicarse a escasos kilómetros uno del otro, posee una personalidad peculiar ya sea por su emplazamiento, por los materiales empleados en su construcción o por la atmósfera que desprenden.
 
 
 
San Xoan de Caaveiro y Santa María de Monfero

Dirijo mis pasos, primero, hacia el mismo corazón del bosque, en el municipio de A Capela y colgado sobre el río, se esconde el monasterio de San Xoan de Caaveiro, una pequeña joya benedictina, con una hermosa iglesia románica del siglo XII. Se trata, probablemente, de uno de los más bellos conjuntos monacales del norte de la Península. Está enclavado sobre un promontorio elevado que se levanta entre altos peñascos a modo de fortaleza monacal. Rodeado por el río Eume y su afluente el Sesín, me produce la sensación de una isla ubicada dentro de un paisaje exuberante de verdor o bien una frondosa arquitectura constituyendo parte de la vegetación autóctona y transformándose en vigía de uno de los más bellos rincones de este entorno natural. Además, su situación refleja un refugio adecuado para la vida religiosa y ascética, sólo rota por el fluir del río Eume. En mi recorrido y subida al monasterio, recuerdo las palabras de Ambrosio Morales, enviado de Felipe II en busca de las reliquias y los manuscritos que sirvieran para la santificación de El Escorial, y que estuvo a punto de abandonar su objetivo por llegar a Caaveiro pues “cuesta muy caro el llegar a él a pie, que a caballo quasi es imposible, y con esto tiene bien fundada la soledad”. Con estas palabras, se refería Morales a los 14 kilómetros de camino que recorrió serpenteando la orilla del río Eume y que, en su ascenso, se encuentra con su afluente el Sesín.


Los orígenes del monasterio no son claros. Los inicios de su fundación se pierden en la historia; aunque se cree que los primeros cristianos de los primeros siglos hayan sido los fundadores de este monasterio, construyendo, primeramente, un eremitorio, pues este enclave, de difícil acceso y apartado, proporcionaba un nulo contacto con el mundo para dedicarse, de esta manera, a la vida espiritual y reflexiva. Sí se sabe que San Rosendo, en el siglo X, fundó un cenobio en los alrededores de este lugar, por medio de donaciones y reuniendo a ermitaños que se dedicaban a hacer vida penitente por este entorno, viviendo en chozas y alimentándose de hierbas y raíces. Cuenta la leyenda que al asomarse San Rosendo un día por la ventana y viendo el tiempo que hacía, exclamó: “¡¡que oscuro está el cielo!!”, frase de la que, inmediatamente, se arrepintió por lo que pudiera originar a la divina Providencia. Como castigo por esas palabras, tomó la decisión de ceñirse un cilicio que cerró con un candado y cuya llave lanzó al río. Pero días después, un salmón, pescado y llevado al cenobio, traía en sus entrañas la llave del candado y, por tanto, la señal del perdón por esas impulsivas palabras.

A lo largo de los siglos XII y XIII, esta pequeña comunidad monástica disfrutó de beneficios concedidos por monarcas gallegos y también por reyes castellanos que continuaron con la política de aumentar la riqueza de Caaveiro. A pesar de que en sus orígenes este monasterio pertenecía a la Orden de San Benito, en el siglo XIII ocupó sus instalaciones la Orden de San Agustín, otorgándole un carácter de real colegiata. Todo ello ayudó a la consecución de un poder y de unos privilegios, provocando alguno de ellos una serie de conflictos. Así, Alfonso XI se enteró de las quejas de quienes se sentían agobiados por los tributos que el prior Yánez exigía e incluso por otro tipo de servicios, ya que “les llevaban e les forzaban las mujeres e les tomaban cuanto avian e los tenian presos en casas fuertes hasta que les davan quanto tenían” (en español antiguo). Pero después de épocas de esplendor llegó la decadencia provocada, precisamente, por esos abusos de alguno de sus priores en relación a los tributos cobrados a los habitantes del entorno y que causó una sucesión de desacuerdos y pleitos, quedando abandonado el monasterio de San Xoan de Caaveiro en el año 1806, cuando falleció Miguel Mon, su último prior. Ya en el año 1836, con la llegada de la desamortización de Mendizabal, estas posesiones fueron vendidas por el Estado a particulares que restauran la iglesia en los primeros años del siglo XX. Las reliquias de San Rosendo se trasladaron a Santiago; y las campanas y algunas imágenes fueron llevadas a iglesias de la zona.

Se sabe que este cenobio gozó de una fama que ha sobrepasado las fronteras, contando con la visita de Lord Byron, aprovechando un viaje realizado a Lisboa, y de Eduardo VII de Inglaterra que, siendo príncipe de Gales, viajó con una escuadra hasta el puerto ferrolano y aprovechó, igualmente, su estancia en la ciudad de Ferrol, para visitar Caaveiro.

Parece que antiguamente existieron dos iglesias, aunque hoy sólo se mantiene el pequeño templo románico, del siglo XII, de Santa Isabel. Arquitectónicamente, destaca su ábside semicircular, con tres ventanas con dos pares de columnas cada una y apoyado sobre un soporte de arcos con el objetivo de salvar el desnivel del terreno. Me llama la atención su portada que presenta una doble arquivolta de medio punto sobre cuatro columnas con la representación del Agnus Dei en el tímpano. Sobresale, igualmente, la elegante torre barroca del siglo XVIII, obra de Clemente Sarela, sobre la portada que cierra el atrio, y otras instalaciones que componen el resto del conjunto declarado Monumento Histórico Artístico en el año 1975 y, actualmente, restaurado y reconstruido por la Diputación de A Coruña.

Igual atención merece el monasterio cisterciense de Santa María de Monfero, a escasos kilómetros del de Caaveiro, situado en el municipio que lleva su nombre y enclavado entre los valles de los ríos Eume y Lambre, con una silueta que todavía se levanta majestuosa en estas tierras altas. Se trata de una de las más importantes abadías que ha tenido el Císter en Galicia. Fue declarado Monumento Histórico Artístico en el año 1941, procediendo, desde el año 1970, con el impulso de Chamoso Lamas, a la restauración de la fachada de la iglesia, salvándose, así, de la ruina. Ya en el año 1993, la Xunta de Galicia acomete un proyecto de reconstrucción de las bóvedas, de restauración del claustro procesional y de otras dependencias.

En Santa María de Monfero se guardan los restos de parte de la familia de los Andrade, muy presentes en toda esta comarca, constituyendo, así, un hito en la ruta que sigue las huellas de la casa de Andrade.
No están demasiado claros los orígenes de Santa María de Monfero. Parece tener sus inicios en el siglo X, cuando se construyó una ermita que fue, posteriormente, destruida por las invasiones normandas. Se cuenta que,al igual que su vecino monasterio de San Xoan de Caaveiro, fue fundado por San Rosendo. Otra teoría defiende que nació de la unión de dos ermitas: la de San Marcos y la de Nuestra Señora de la Cela. Pero parece que fue Alfonso VII quien ordenó la transformación de la ermita de San Marcos en monasterio, con la llegada de seis monjes procedentes de Santa Marina de Valverde, en el Bierzo. Ya en el siglo XII, concretamente en el año 1135, comienza la construcción del monasterio, de origen románico. Y será en este siglo cuando este monasterio se conozca por la riqueza de sus preciosos códices y por el trabajo de sus escribanos.

Las bases patrimoniales del cenobio quedaron confirmadas, en el primer tercio del siglo XIII, gracias a una gran cantidad de donaciones sucedidas a lo largo de los años por numerosas familias y que fueron asegurando y consolidando las propiedades territoriales del monasterio, y permitiendo el arranque de lo que sería el imperial monasterio de Santa María de Monfero, llegando a convertirse en una potencia territorial codiciada por diversos señores. Y es que la historia legendaria del monasterio de Monfero se caracteriza por la sucesión de enfrentamientos, envidias, hechos violentos, asesinatos como los cometidos contra varios religiosos. También los robos, a lo largo del siglo XIX, han ido vaciando, poco a poco, su interior. A todo esto hay que añadir la furia de los rayos que causaron daños en el conjunto monacal a lo largo de los siglos. Después de épocas de esplendor, el monasterio de Santa María de Monfero entra también en decadencia que, al igual que el caso de su vecino Caaveiro, finaliza con la desamortización de Mendizábal. La Guerra de la Independencia provocó un grave quebranto económico acentuado por la expulsión de la comunidad religiosa en el año 1820.

En mi recorrido por este grandioso monasterio descubro que, de las dependencias medievales, no queda nada en pie, salvo parte de uno de los muros laterales de la iglesia, además de otros restos.
 
Posiblemente, la iglesia medieval tuviese una planta de tres naves con otras tantas capillas rectangulares en la cabecera. Su reconstrucción, en el siglo XVII, lo convierte en uno de los ejemplos más notables del barroco gallego. Se derriba la anterior iglesia y se encarga el maestro Simón de Monasterio de la edificación de la nueva, de planta de cruz latina y de una sola nave, en la que destaca la original fachada barroca ajedrezada, de un barroco puro, alternando los sillares de pizarra con los de granito, además de dos pilastras con capiteles de estilo corintio que se elevan hasta la cornisa y las cuatro grandes columnas que decoran esta imponente fachada. Posee una única torre, aunque se cree que, en el proyecto original, figuraban dos. Sobresale, también, su grandiosa cúpula octogonal de sello italiano.
Me adentro en su nave. La bóveda está embellecida con casetones y la de la sacristía aparece profusamente decorada con formas geométricas diversas, cruces y rosetas.

En su interior destaca el retablo pétreo de la capilla de la Virgen de Cela realizado en el año 1666. Pero lo que más atrae mi atención es la notable presencia de los sepulcros de los señores feudales más poderosos que gobernaron estas tierras y que dejaron su huella a lo largo de este territorio. Y es que este monasterio fue el elegido por la nobleza medieval como lugar de enterramiento. Sólo se conservan dos sarcófagos en el altar mayor, uno a cada lado, y dos laudas sepulcrales en el extremo del crucero sur. El de Nuño Freire de Andrade, “O Mao”, sepulcro gótico, responde al convencionalismo de la época, representando a un caballero con armadura, casco y espada y que apoya sus pies sobre un pequeño jabalí. El de su hijo, Pedro Fernández de Andrade es, también, una figura armada que aparece acompañado por dos ángeles sobre su almohadón y por dos perros junto a sus pies. En el lado meridional de la nave del crucero, y dispuestos en paralelo, se encuentran las laudas sepulcrales de Fernán Pérez de Andrade y la de Diego de Andrade que apenas muestran elementos ornamentales. Todos ellos aumentan el interés de este ejemplo monacal del barroco gallego.

Tres claustros terminan de conformar el recinto monacal: el claustro renacentista denominado de la Hospedería en donde todavía se pueden apreciar restos del antiguo recinto románico; el claustro Reglar, con su fuente barroca, y en el que trabajó el maestro Juan de Herrera y, por último, el claustro conocido como el oriental y que fue levantado entre los siglos XVII y XVIII.

Las fragas son un enclave natural que requieren una protección constante y que se han convertido en referente para los amantes del medio natural. Su proximidad al mar y a las riberas del Eume le confieren ese carácter tan especial de bosque atlántico que ofrece agradables sorpresas a quien lo visita. Y es que todo el bosque es un verdadero laberinto, un entorno mágico, en el que nuestros sentidos se pierden y dejan paso a la imaginación; en el que en cada rincón hay un tesoro de vida natural que permanece ahí para poder conocerlo, y en el que cada rincón monástico encierra, entre sus piedras y la hiedra, secretos y misterios del pasado que invitan a descubrirlos. Son un perfecto y pequeño paraíso terrenal desde donde casi se roza el cielo.

Recomendaciones

Para dormir
Justo a la entrada del Parque Natural "Fragas do Eume" hay una maravillosa casa de turismo rural donde podréis dormir, descansar y disfrutar en una casona gallega excepcionalmente bien restaurada y cuidada: Casa do Castelo de Andrade – Lugar do Castelo de Andrade, Pontedeume (La Coruña).
Teléfono + (34) 981-433839
Página Web: www.casteloandrade.com
Correo electrónico: casarural@casteloandrade.com

 
 
Para comer
Visitad la página Cantinas do Eume - Turismo rural Fragas do Eume

 
Información Web
Eumeturismo

 

 

Reportaje fotográfico de Belén Franco M.
 
El río Eume
 
 
 
El monasterio de San Xoan de Caaveiro
 
 
 
El monasterio de Santa María de Monfero
 
 
 
Viernes, a 7 de Diciembre de 2007

Hoy quiero recomendaros dos hoteles llenos de encanto, con un encanto especial que los hace distintos, únicos; son los dos mejores hoteles rurales que conozco.

Cal Paller

Call

El primer hotel del que quiero hablaros se llama Cal Paller, una masía rural situada en la provincia de Lleida (Catalunya – España), en el Parque Natural del Cadi-Moixero.

En un paisaje increiblemente hermoso, en lo más alto de un acantilado desde el que se divisa el Valle de la Vansa, se encuentra esta masía rural del siglo XVIII en la que se puede escuchar el silencio.

Si, se puede escucha el silencio o, si lo prefieres, se puede oír el murmullo del aire entre los recovecos de la casa o se puede oír el sonido de fondo de la música que ponen de fondo Eva y Pep o el relinchar de los caballos que están en sus establos.

O se pueden ver las estrellas más brillantes del firmamento o algún que otro minúsculo meteorito cayendo del cielo.

Y en las noches, el spa, el baño de burbujas al aire libre. Y mejor aún si la noche es de invierno, una noche fría en la que notas las bajas temperaturas exteriores pero disfrutas sintiendo el agua caliente en el cuerpo, con velas al borde del jacuzzi.

Los desayunos son magníficos; las comidas y cenas, preparadas por Eva, excepcionales, basadas en una cocina tradicional y de los productos de la zona, casi todos de cultivos ecológicos.

La relación calidad/precio es inmejorable.

 

Casa do Castelo de Andrade

Casa

Cambiamos de provincia y de comunidad autónoma; nos vamos a otro hotel de excelsa calidad, situado al otro lado del mapa español, en Galicia

Se trata de la Casa do Castelo de Andrade, un conjunto de edificios ubicados al lado del Castillo de Andrade, antigua fortaleza de la familia del mismo nombre.

La finca que circunda el hotel rural, con 70.000 metros cuadrados de extensión, tiene todos los alicientes para comprobar lo que puede llegar a significar una buena recuperación paisajística, con la eliminación completa de los árboles no autóctonos y la potenciación de los que sí era típicamente gallego: carballos, castaños, bidueiros, cerdeiras, etc; incluso, hay un laurel de gran porte y indudable valor.

La casa, con 300 años de historia, es también otro reflejo de la recuperación armónica de una estructura arquitectónica gallega en la que se respetó, escrupulosamente, todos los materiales originales (granito moreno, carpintería, suelos y vigas de castaño, etc., pinturas a las ceras, etc.).

El resultado no podía ser mejor: un verdadero tratado de cómo se deben hacer las cosas para recuperar el patrimonio gallego, un ejemplo de dignidad y de buen gusto.

Los muebles de la casa son todos de anticuario, restaurados primorosamente con ceras vírgenes naturales.

Como en el caso anterior, el silencio, la paz y el sosiego son la seña de identidad de este hotel, un valor que potencian evitando cualquier mínimo inconveniente que pueda perturbarlo. Por no tener, las habitaciones no tienen ni TV.

El olor a velas quemadas, la música de fondo (excepcional selección), la calidad del servicio y la limpieza que impera, hacen que todo se alíe para sentirse bien, a gusto.

Los desayunos, único servicio de comidas que ofrecen, es impresionante, pantagruélico, desproporcionado pero de elevadísima calidad: frutas de temporada, yogures caseros con nueves, zumos naturales, mermeladas y mieles propias, pan de ogaza fresco recién tostado, mantequillas de “verdad”, galletas y bizcochos caseros (increíble el de zanahoria), etc.

La casa está situada al inicio del Parque Nacional “Das fragas do Eume”, uno de los más hermosos y mejor conservados bosques de toda Europa, un reducto de apabullante belleza coronado, en el medio, por el Monasterio de Caaveiro, uno de los más completos ejemplos de arquitectura religiosa del siglo X.

Toda la zona, incluyendo Pontedeume, villa real, es un lugar ideal para estar y disfrutar.

La relación calidad/precio es muy buena.

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