Música y Vino

Puedo intentar ser sincero pero nunca seré imparcial…
Miércoles, a 4 de Diciembre de 2013


Hispania romana (distribución provincial)

Hispania romana (principales ciudades)

Una historia de España (I)

Érase una vez una piel de toro con forma de España -llamada Ishapan: tierra de buenos conejos :-), les juro que la palabra significaba eso-, habitada por un centenar de tribus, cada una de las cuales tenía su lengua e iba a su rollo. Es más: procuraban destriparse a la menor ocasión, y sólo se unían entre sí para reventar al vecino que (a) era más débil, (b) destacaba por tener las mejores cosechas o ganados, o (c) tenía las mujeres más guapas, los hombres más apuestos y las chozas más lujosas.

Fueras cántabro, astur, bastetano, mastieno, ilergete o lo que se terciara, que te fueran bien las cosas era suficiente para que se juntaran unas cuantas tribus y te pasaran por la piedra, o por el bronce, o por el hierro, según la época prehistórica que tocara. Envidia y mala leche al cincuenta por ciento (véanse carbono 14 y pruebas genéticas de ADN).

El caso es que así, en plan general, toda esa pandilla de hijos de puta, tan prolífica a largo plazo, podía clasificarse en dos grandes grupos étnicos: iberos y celtas. Los primeros eran bajitos, morenos, y tenían más suerte con el sol, las minas, la agricultura, las playas, el turismo fenicio y griego y otros factores económicos interesantes (véanse folletos de viajes de la época). Los celtas, por su parte, eran rubios, ligeramente más bestias y a menudo más pobres, cosa que resolvían haciendo incursiones en las tierras del sur, más que nada para estrechar lazos con las iberas; que aunque menos exuberantes que las rubias de arriba, tenían su puntito meridional y su morbo cañí (véase Dama de Elche).

Los iberos, claro, solían tomarlo a mal, y a menudo devolvían la visita. Así que cuando no estaban descuartizándose en su propia casa, iberos y celtas se la liaban parda unos a otros, sin complejos ni complejas. Facilitaba mucho el método una espada genuinamente aborigen llamada falcata: prodigio de herramienta forjada en hierro (véase Diodoro de Sicilia, que la califica de magnífica), que cortaba como hoja de afeitar y que, cual era de esperar en manos adecuadas, deparó a iberos, celtas y resto de la peña apasionantes terapias de grupo y bonitos experimentos colectivos de cirugía en vivo y en directo.

Ayudaba mucho que, como entonces la península estaba tan llena de bosques que una ardilla podía recorrerla saltando de árbol en árbol, todas aquellas ruidosas incursiones, destripamientos con falcata y demás actos sociales podían hacerse a la sombra, y eso facilitaba las cosas. Y las ganas. Animaba mucho, vamos.

De cualquier modo, hay que reconocer que en el arte de picar carne propia o ajena, tanto iberos como celtas, y luego esos celtíberos resultado de tantas incursiones románticas piel de toro arriba o piel de toro abajo, eran auténticos virtuosos. Feroces y valientes hasta el disparate (véanse el No-do de entonces y los telediarios de Teleturdetania), la vida propia o ajena les importaba literalmente un carajo; morían matando cuando los derrotaban y cantando cuando los crucificaban, se suicidaban en masa cuando palmaba el jefe de la tribu o perdía su equipo de fútbol, y las señoras eran de armas tomar.

O sea. Si eras enemigo y caías vivo en sus manos, más te valía no caer. Y si además aquellas angelicales criaturas de ambos sexos acababan de trasegar unas litronas de caelia -cerveza de la época, como la San Miguel o la Cruzcampo, pero en basto-, ya ni te cuento. Imaginen los botellones que liaban mis primos. Y primas. Que en lo religioso, por cierto, a falta todavía de monseñores que pastoreasen sus almas prohibiéndoles la coyunda, el preservativo y el aborto, y a falta también del bañador de Falete y de Sálvame para babear en grupo, rendían culto a los ríos -de ahí procede el refrán celtíbero de perdidos, al río-, las montañas, los bosques, la luna y otros etcéteras.

Y éste era, siglo arriba o siglo abajo, el panorama de la tierra de conejos cuando, sobre unos 800 años antes de que el Espíritu Santo en forma de paloma visitara a la Virgen María, unos marinos y mercaderes con cara de pirata, llamados fenicios, llegaron por el Mediterráneo trayendo dos cosas que en España tendrían desigual prestigio y fortuna: el dinero -la que más- y el alfabeto -la que menos-. También fueron los fenicios quienes inventaron la burbuja inmobiliaria adquiriendo propiedades en la costa, adelantándose a los jubilados anglosajones y a los simpáticos mafiosos rusos que bailan los pajaritos en Benidorm.

Pero de los fenicios, de los griegos y de otra gente parecida, hablaremos en un próximo capítulo. O no.

Una historia de España (II)

Como íbamos diciendo, griegos y fenicios se asomaron a las costas de Hispania, echaron un vistazo al personal del interior -si nos vemos ahora, imagínennos entonces en Villailergete del Arévaco, con nuestras boinas, garrotas, falcatas y demás- y dijeron: pues va a ser que no, gracias, nos quedamos aquí en la playa, turisteando con las minas y las factorías comerciales, y lo de dentro que lo colonice mi prima, si tiene huevos.

Y los huevos, o parte, los tuvieron unos fulanos que, en efecto, eran primos de los fenicios -«Venid, que lo tenéis fácil», dijeron éstos aguantándose la risa- y se llamaban cartagineses porque vivían a dos pasos, en Cartago, hoy Túnez o por allí. Y bueno. Llegaron los cartagineses muy sobrados a fundar ciudades: Ibiza, Cartagena y Barcelona -esta última lo fue por Amílcar Barça, creador también del equipo de fútbol que lleva su apellido y de la famosa frase Cartago is not Roma-.

Hubo, de entrada, un poquito de bronca con algunos caudillos celtíberos (socios del Madrid según Estrabón, lo que puede explicarlo todo) llamados Istolacio, Indortes y Orisón, entre otros, que fueron debidamente masacrados y crucificados; entre otras cosas, porque allí cada uno iba a su aire, o se aliaba con los cartagineses el tiempo necesario para reventar a la tribu vecina, y luego si te he visto no me acuerdo (me parece que eso es Polibio quien lo dice).

Así que los de Cartago destruyeron unas cuantas ciudades: Belchite -que se llamaba Hélice- y Sagunto, que era próspera que te rilas. La pega estuvo en que Sagunto, antigua colonia griega, también era aliada de los romanos: unos pavos que por aquel entonces (siglo III antes de Cristo, echen cuentas) empezaban a montárselo de gallitos en el Mediterráneo. Y claro. Se lió una pajarraca notable, con guerra y tal.

Encima, para agravar la cosa, el nieto de Amílcar, que se llamaba Aníbal y era tuerto, no podía ver a Roma ni por el ojo sano, o sea, ni en fotos, porque de pequeño lo habían obligado a zamparse Quo Vadis en la tele cada Semana Santa, y acabó, la criatura, jurando odio eterno a los romanos.

Así que tras desparramar Sagunto, reunió un ejército que daba miedo verlo, con númidas, elefantes y crueles catapultas que arrojaban películas de Pajares y Esteso. Además, bajo el lema Vente con Aníbal, Pepe, alistó a 30.000 mercenarios celtíberos, cruzó los Alpes -ésa fue la primera mano de obra española cualificada que salió al extranjero- y se paseó por Italia dando estiba a diestro y siniestro.

El punto chulo de la cosa es que, gracias al tuerto, nuestros honderos baleares, jinetes y acuchilladores varios, precursores de los tercios de Flandes y de la selección española, participaron en todas las sobas que Aníbal dio a los de Roma en su propia casa, que fueron unas cuantas: Tesino, Trebia, Trasimeno y la final de copa en Cannas, la más vistosa de todas, donde palmaron 50.000 enemigos, romano más, romano menos.

La faena fue que luego, en vez de seguir todo derecho hasta Roma por la vía Apia y rematar la faena, Aníbal y sus huestes, hispanos incluidos, se quedaron por allí dedicados al vicio, la molicie, las romanas caprichosas, las costumbres licenciosas y otras rimas procelosas. Y mientras ellos se tiraban a la bartola, o a la Bartola, según, un general enemigo llamado Escipión desembarcó astutamente en España a la hora de la siesta, pillándolos por la retaguardia.

Luego conquistó Cartagena y acabó poniéndole al tuerto los pavos a la sombra; hasta que éste, retirado al norte de África, fue derrotado en la batalla de Zama, donde se suicidó para no caer en manos enemigas, por vergüenza torera, ahorrándose así salir en el telediario con los carpetanos, los cántabros y los mastienos que antes lo aplaudían como locos cuando ganaba batallas, amontonados ahora ante el juzgado -actitudes ambas típicamente celtíberas- llamándolo cobarde y chorizo.

El caso es que Cartago quedó hecho una piltrafa, y Roma se calzó Hispania entera. Sin saber, claro, dónde se metía. Porque si la Galia, con toda su vitola irreductible de Astérix, Obélix y demás, Julio César la conquistó en nueve años, para España los romanos necesitaron doscientos. Calculen la risa. Y el arte.

Pero es normal. Aquí nunca hubo patria, sino jefes (lo dice Plutarco en la biografía de Sertorio). Uno en cada puto pueblo: Indíbil, Mandonio, Viriato. Y claro. A semejante peña había que ir dándole matarile uno por uno. Y eso, incluso para gente organizada como los romanos, lleva su tiempo.

Una historia de España (III)

Estábamos con Roma. En que Escipión, vencedor de Cartago, una vez hecha la faena, dice a sus colegas generales «Ahí os dejo el pastel», y se vuelve a la madre patria. Y mientras, Hispania, que aún no puede considerarse España pero promete, se convierte, en palabras de no recuerdo qué historiador, en sepulcro de romanos: doscientos años para pacificar el paisaje, porque pueblos tipo Astérix tuvimos a punta de pala.

El sistema romano era picar carne de forma sistemática: legiones, matanza, crucifixión, esclavos. Lo típico. Lo gestionaban unos tíos llamados pretores, Galba y otros, que eran cínicos y crueles al estilo de los malos de las películas, en plan sheriff de Nottingham, especialistas en engañar a las tribus con pactos que luego no cumplían ni de lejos. El método funcionó lento pero seguro, con altibajos llamados Indíbil, Mandonio y tal.

El más altibajo de todos fue Viriato, que dio una caña horrorosa hasta que Roma sobornó a sus capitanes y éstos le dieron matarile. Su tropa, mosqueada, resistió numantina en una ciudad llamada Numancia, que aguantó diez años hasta que el nieto de Escipión acabó tomándola, con gran matanza, suicidio general (eso dicen Floro y Orosio, aunque suena a pegote) y demás.

Otro que se puso en plan Viriato fue un romano guapo y listo llamado Sertorio, quien tuvo malos rollos en su tierra, vino aquí, se hizo caudillo en el buen sentido de la palabra, y estuvo dando por saco a sus antiguos compatriotas hasta que éstos, recurriendo al método habitual -la lealtad no era la más acrisolada virtud local- consiguieron que un antiguo lugarteniente le diera las del pulpo.

Y así, entre sublevaciones, matanzas y nuevas sublevaciones, se fue romanizando el asunto. De vez en cuando surgían otras numancias, que eran pasadas por la piedra de amolar sublevatas. Una de las últimas fue Calahorra, que ofreció heroica resistencia popular -de ahí viene el antiguo refrán «Calahorra, la que no resiste a Roma es zorra»-. Etcétera.

La parte buena de todo esto fue que acabó, a la larga, con las pequeñas guerras civiles celtíberas; porque los romanos tenían el buen hábito de engañar, crucificar y esclavizar imparcialmente a unos y a otros, sin casarse ni con su padre. Aun así, cuando se presentaba ocasión, como en la guerra civil que trajeron Julio César y los partidarios de Pompeyo, los hispanos tomaban partido por uno u otro, porque todo pretexto valía para quemar la cosecha o violar a la legítima del vecino, envidiado por tener una cuadriga con mejores caballos, abono en el anfiteatro de Mérida u otros privilegios.

El caso es que paz, lo que se dice paz, no la hubo hasta que Octavio Augusto, el primer emperador, vino en persona y le partió el espinazo a los últimos irreductibles cántabros, vascones y astures que resistían en plan hecho diferencial, enrocados en la pelliza de pieles y el queso de cabra -a Octavio iban a irle con reivindicaciones autonómicas, mis primos-. El caso es que a partir de entonces, los romanos llamaron Hispania a Hispania, dividiéndola en cinco provincias.

Explotaban el oro, la plata y la famosa triada mediterránea: trigo, vino y aceite. Hubo obras públicas, prosperidad, y empresas comunes que llenaron el vacío que (véase Plutarco, chico listo) la palabra patria había tenido hasta entonces.

A la gente empezó a ponerla eso de ser romano: las palabras hispanus sum, soy hispano, cobraron sentido dentro del cives romanus sum general. Las ciudades se convirtieron en focos económicos y culturales, unidos por carreteras tan bien hechas que algunas se conservan hoy.

Jóvenes con ganas de ver mundo empezaron a alistarse como soldados de Roma, y legionarios veteranos obtuvieron tierras y se casaron con hispanas que parían hispanorromanitos con otra mentalidad: gente que sabía declinar rosa-rosae y estudiaba para arquitecto de acueductos y cosas así.

También por esas fechas llegaron los primeros cristianos; que, como monseñor Rouco aún no había sido ordenado obispo -aunque estaba a punto-, todavía se dedicaban a lo suyo, que era ir a misa, y no daban la brasa con el aborto y esa clase de cosas. Prueba de que esto pintaba bien era la peña que nació aquí por esa época: Trajano, Adriano, Teodosio, Séneca, Quintiliano, Columela, Lucano, Marcial... Tres emperadores, un filósofo, un retórico, un experto en agricultura internacional, un poeta épico y un poeta satírico. Entre otros.

En cuanto a la lengua, pues oigan. Que veintitantos siglos después el latín sea una lengua muerta, es inexacto. Quienes hablamos en castellano, gallego o catalán, aunque no nos demos cuenta, seguimos hablando latín.

Una historia de España (IV)

Pues aquí estábamos, cuatro o cinco siglos después de Cristo, en plena burbuja inmobiliaria, viviendo como ciudadanos del imperio romano; que era algo parecido a vivir como obispos pero en laico, con minas, agricultura, calzadas y acueductos, prósperos y tal, con el último modelo de cuadriga aparcado en la puerta, hipotecándonos para ir de vacaciones a las termas o comprar una segunda domus en el litoral de la Bética o la Tarraconense. Viviendo de puta madre. Y con el boom del denario, y la exportación de ánforas de vino, y la agricultura, la ganadería, las minas y el comercio y las bailarinas de Gades todo iba como una traca.

Y entonces -en asuntos de Historia todo está inventado hace rato- llegó la crisis. La gente dejó el campo para ir a las ciudades, la metrópoli absorbía cada vez más recursos empobreciendo las provincias, los propietarios se tornaron más ambiciosos y rapaces atrincherados en sus latifundios, los pobres fueron más pobres y los ricos más ricos. Y por si éramos pocos, parió la abuela: nos hicimos cristianos para ir al Cielo.

Ahí echaron sus primeros dientes el fanatismo y la intransigencia religiosa que ya no nos abandonarían nunca, y el alto clero hispano empezó a mojar en todas las salsas, incluida la gran propiedad rural y la política.

A todo esto, los antiguos legionarios que habían conquistado el mundo se amariconaron mucho, y en vez de apiolar bárbaros (originalmente, bárbaro no significa salvaje, sino extranjero) como era su obligación, se metieron también en política, poniendo y quitando emperadores. Treinta y nueve hubo en medio siglo; y muchos, asesinados por sus colegas.

Entonces, para guarnecer las fronteras, el limes del Danubio, el muro de Adriano y sitios así, les dijeron a los bárbaros de enfrente: «Oye, Olaf, quédate tú aquí de guardia con el casco y la lanza que yo voy a Roma a por tabaco». Y Olaf se instaló a este lado de la frontera con la familia, y cuando se vio solo y con lanza llamó a sus compadres Sigerico y Odilón y les dijo: «Venid pacá, colegas, que estos idiotas nos lo están poniendo a huevo». Y aquí se vinieron todos, afilando el hacha. Y fue lo que se llamaron invasiones bárbaras. Y para más Inri (que es una palabra romana) dentro de Roma estaban otros inmigrantes, que eran los teutones, partos, pictos, númidas, garamantes y otros fulanos que habían venido como esclavos, por la cara, o voluntarios para hacer los trabajos que a los romanos, ya muy tiquismiquis, les daba pereza hacer; y ahora con la crisis esos desgraciados no tenían otra que meterse a gladiadores -que no tenían seguridad social- y luego rebelarse como Espartaco, o buscarse la vida aun de peor manera.

Y a ésos, por si fueran pocos, se les juntaron los romanos de carnet, o sea, las clases media y baja empobrecidas por la crisis económica, enloquecidas por los impuestos de los Montorus Hijoputus de la época, asfixiadas por los latifundistas y acogotadas por los curas que encima prohibían fornicar, último consuelo de los pobres.

Así que entre todos empezaron a hacerle la cama al imperio romano desde fuera y desde dentro, con muchas ganas.

Imagínense a la clase política de entonces, más o menos como ahora la clase dirigente española, con el imperio-estado hecho una piltrafa, la corrupción, la mangancia y la vagancia, los senadores Anasagastis, la peña indignada cuando todavía no se habían puesto de moda las maneras políticamente correctas y todo se arreglaba degollando.

Añadan el ‘sálvese quien pueda’ habitual, y será fácil imaginar cómo aquello crujió por las costuras, acabándose lo de «Para frenar el furor de la guerra, inclinar la cabeza bajo las mismas leyes» (que escribió un tal Prudencio, de nombre adecuado al caso).

Las invasiones empezaron en plan serio a principios del siglo V: suevos y vándalos, que eran pueblos germánicos rubios y tal, y alanos, que eran asiáticos, morenos de pelo, y que se habían dado -calculen, desde Ucrania o por allí- un paseo de veinte pares de narices porque habían oído que Hispania era Jauja y había dos tabernas por habitante. El caso es que, uno tras otro, esos animales liaron la pajarraca saqueando ciudades e iglesias, violando a las respetables matronas que aún fueran respetables, y haciendo otras barbaridades, como el sustantivo indica, propias de bárbaros. Con lo que la Hispania civilizada, o lo que quedaba de ella, se fue a tomar por saco.

Para frenar a esas tribus, Roma ya no tenía fuerzas propias. Ni ganas. Así que contrató mano de obra temporal para el asunto. Godos, se llamaban. Con nombres raros como Ataúlfo y Turismundo. Y eran otra tribu bárbara, aunque un poquito menos.

Una historia de España (V)

Y fue el caso, o sea, que mientras el imperio se iba a tomar por saco entre bárbaros por un lado y decadencia romana por otro, y el mundo civilizado se partía en pedazos, en la Hispania ocupada por los visigodos se discutía sobre el trascendental asunto de la Santísima Trinidad. Y es que de entonces (siglo V más o menos), datan ya nuestros primeros pifostios religiosos, que tanto iban a dar de sí en esta tierra antaño fértil en conejos y siempre fértil en fanáticos y en gilipollas.

Porque los visigodos, llamados por los romanos para controlar esto, eran arrianos. O sea, cristianos convertidos por el obispo hereje Arrio, que negaba que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tuvieran los mismos galones en la bocamanga; mientras que los nativos de origen romano, católicos obedientes a Roma, sostenían lo de un Dios uno, trino y no hay más que hablar porque lo quemo a usted si me discute.

Así prosiguió ese tira y afloja de las dos Hispanias, nosotros y ellos, quien no está conmigo está contra mí, tan español como la tortilla de patatas o el paredón al amanecer, con los obispos de unos y otros comiéndole la oreja a los reyes godos, que se llamaban Ataúlfo, Teodoredo y tal. Hasta que en tiempos de Leovigildo, arriano como los anteriores, consiguieron que su hijo Hermenegildo se hiciera católico y liaron nuestra primera guerra civil; porque el niñato, con el fanatismo del converso y la desvergüenza del ambicioso, se sublevó contra su papi. Que en líneas generales estaba resultando ser un rey bastante decente y casi había logrado, con mucho esfuerzo y salivilla, unificar de nuevo esta casa de putas, a excepción de las abruptas tierras vascas; donde, bueno es reconocerlo históricamente, la peña local seguía belicosamente enrocada en sus montañas, bosques, levantamiento de piedras e irreductible analfabetismo prerromano.

El caso es que al nene Hermenegildo acabó capturándolo su padre Leovigildo y le dio matarile por la que había liado; pero como el progenitor era listo y conocía el paño, se quedó con la copla. Esto de una élite dominante arriana y una masa popular católica no va a funcionar, pensó. Con estos súbditos que tengo.

Así que cuando estaba recibiendo los óleos llamó a su otro hijo Recaredo -la monarquía goda era electiva, pero se las arreglaron para que el hijo sucediera al padre- y le dijo: mira, chaval, éste es un país con un alto porcentaje de hijos de puta por metro cuadrado, y su naturaleza se llama guerra civil. Así que hazte católico, pon a los obispos de tu parte y unifica, que algo queda. Si no, esto se va al carajo.

Recaredo, chico listo, abjuró del arrianismo, organizó el tercer concilio de Toledo, dejó que los obispos proclamaran santo y mártir al capullo de su hermano difunto, desaparecieron los libros arrianos -primera quema de libros de nuestra muy inflamable historia- y la iglesia católica inició su largo y provechoso, para ella, maridaje con el Estado español, o lo que esto fuera entonces; luna de miel que, con altibajos propios de los tiempos revueltos que trajeron los siglos, se prolongaría hasta hace poco en la práctica (confesores del rey, pactos, concordatos) y hasta hoy mismo (véase la simpática cara de monseñor Rouco) en las consecuencias.

De todas formas, justo es reconocer que cuando los clérigos no andaban metidos en política desarrollaban cosas muy decentes. Llenaron el paisaje de monasterios que fueron focos culturales y de ayuda social, y de sus filas salieron fulanos de alta categoría, como el historiador Paulo Orosio o el obispo Isidoro de Sevilla -San Isidoro para los amigos-, que fue la máxima autoridad intelectual de su tiempo, y en su influyente enciclopedia Etimologías, que todavía hoy ofrece una lectura deliciosa, resumió con admirable erudición todo cuanto su gran talento pudo rescatar de las ruinas del imperio devastado; de la noche que las invasiones bárbaras habían extendido sobre Occidente, y que en Hispania fue especialmente oscura.

Con la única luz refugiada en los monasterios, y la influyente iglesia católica moviendo hilos desde concilios, púlpitos y confesionarios, los reyes posteriores a Recaredo, no precisamente intelectuales, se enzarzaron en una sangrienta lucha por el poder que habría necesitado, para contarla, al Shakespeare que, como tantas otras cosas, en España nunca tuvimos. De los treinta y cinco reyes godos, la mitad palmaron asesinados. Y en eso seguían cuando hacia el año 710, al otro lado del Estrecho de Gibraltar, resonó un grito que iba a cambiarlo todo: No hay otro Dios que Alá, y Mahoma es su profeta.

Una historia de España (VI)

En el año 711, como dicen esos guasones versos que con tanta precisión clavan nuestra historia: «Llegaron los sarracenos / y nos molieron a palos; / que Dios ayuda a los malos / cuando son más que los buenos». Suponiendo que a los hispano-visigodos se los pudiera llamar buenos. Porque a ver.

De una parte, dando alaridos en plan guerra santa a los infieles, llegaron por el norte de África las tribus árabes adictas al Islam, con su entusiasmo calentito, y los bereberes convertidos y empujados por ellos. Para hacerse idea, sitúen en medio un estrecho de solo quince kilómetros de anchura, y pongan al otro lado una España, Hispania o como quieran llamarla -los musulmanes la llamaban Ispaniya, o Spania-, al estilo de la de ahora, pero en plan visigodo, o sea, cuatro millones de cabrones insolidarios y cainitas, cada uno de su padre y de su madre, enfrentados por rivalidades diversas, regidos por reyes que se asesinaban unos a otros y por obispos entrometidos y atentos a su negocio, con unos impuestos horrorosos y un expolio fiscal que habría hecho feliz a Mariano Rajoy y a sus más infames sicarios.

Unos fulanos, en suma, desunidos y bordes, con la mala leche de los viejos hispanorromanos reducidos a clases sociales inferiores, por un lado, y la arrogante barbarie visigoda todavía fresca en su prepotencia de ordeno y mando. Añadan el hambre del pueblo, la hipertrofia funcionarial, las ambiciones personales de los condes locales, y también el hecho de que a algún rey de los últimos le gustaban las señoras más de lo prudente -tampoco en eso hay ahora nada nuevo bajo el sol-, y los padres, y tíos, y hermanos y tal de algunas prójimas le tenían al lujurioso monarca unas ganas horrorosas. O eso dicen.

De manera que una familia llamada Witiza, y sus compadres, se compincharon con los musulmanes del otro lado, norte de África, que a esas alturas y por el sitio (Mauretania) se llamaban mauras, o moros: nombre absolutamente respetable que han mantenido hasta hoy, y con el que se les conocería en todas las crónicas de historias escritas sobre el particular -y fueron unas cuantas- durante los siguientes trece siglos. Y entre los partidarios de Witiza y un conde visigodo que gobernaba Ceuta le hicieron una cama de cuatro por cuatro al rey de turno, que era un tal Roderico, Rodrigo para los amigos. Y en una circunstancia tan española -para que luego digan que no existimos- que hasta humedece los ojos de emoción reconocernos en eso tantos siglos atrás, prefirieron entregar España al enemigo, y que se fuera todo a tomar por saco, antes que dejar aparte sus odios y rencores personales.

Así que, aprovechando -otra coincidencia conmovedora- que el tal Rodrigo estaba ocupado en el norte guerreando contra los vascos, abrieron la puerta de atrás y un jefe musulmán llamado Tariq cruzó el Estrecho (la montaña Yebel-Tariq, Gibraltar, le debe el nombre) y desembarcó con sus guerreros, frotándose las manos porque, gobierno y habitantes aparte, la vieja Ispaniya tenía muy buena prensa entre los turistas muslimes: fértil, rica, clima variado, buena comida, señoras guapas y demás. Y encima, con unas carreteras, las antiguas calzadas romanas, que eran estupendas, recorrían el país y facilitaban las cosas para una invasión, nunca mejor dicho, como Dios manda.

De manera que cuando el rey Rodrigo llegó a toda candela con su ejército en plan a ver qué diablos está pasando aquí, oigan, le dieron las suyas y las del pulpo. Ocurrió en un sitio del sur llamado La Janda, y allí se fueron al carajo la España cristianovisigoda, la herencia hispanorromana, la religión católica y la madre que las parió. Porque los cretinos de Witiza, el conde de Ceuta y los otros compinches creían que luego los moros iban a volverse a África; pero Tariq y otro fulano que vino con más guerreros, llamado Muza, dijeron «Nos gusta esto, chavales. Así que nos quedamos, si no tenéis inconveniente». Y la verdad es que inconvenientes hubo pocos.

Los españoles de entonces, a impulsos de su natural carácter, adoptaron la actitud que siempre adoptarían en el futuro: no hacer nada por cambiar una situación; pero, cuando alguien la cambia por ellos y la nueva se pone de moda, apuntarse en masa. Lo mismo da que sea el Islam, Napoleón, la plaza de Oriente, la democracia, no fumar en los bares, no llamar moros a los moros, o lo que toque. Y siempre, con la estúpida, acrítica, hipócrita, fanática y acomplejada fe del converso.

Así que, como era de prever, después de La Janda las conversiones al Islam fueron masivas, y en pocos meses España se despertó más musulmana que nadie. Como se veía venir.

Una historia de España (VII)

Estábamos en que los musulmanes, o sea, los moros, se habían hecho en sólo un par de años con casi toda la España visigoda; y que la peña local, acudiendo como suele en socorro del vencedor, se convirtió al Islam en masa, a excepción de una estrecha franja montañosa de la cornisa cantábrica.

El resto se adaptó al estilo de vida moruno con facilidad, prueba inequívoca de que los hispanos estaban de la administración visigoda y de la iglesia católica hasta el extremo del cimbel. La lengua árabe sustituyó a la latina, las iglesias se convirtieron en mezquitas, en vez de rezar mirando a Roma se miró a La Meca, que tenía más novedad, y la Hispania de romanos y visigodos empezó a llamarse Al Andalus ya en monedas acuñadas en el año 716.

Calculen cómo fue de rápido el asunto, considerando que, sólo un siglo después de la conquista, un tal Álvaro de Córdoba se quejaba de que los jóvenes mozárabes -cristianos que aún mantenían su fe en zona musulmana- ya no escribían en latín, y en los botellones de entonces, o lo que fuera, decían «Qué fuerte, tía» en lengua morube. El caso fue que, con pasmosa rapidez, los cristianos fueron cada vez menos y los moros más. Cómo se pondría la cosa que, en Roma, el papa de turno emitió decretos censurando a los hispanos o españoles cristianos que entregaban a sus hijas en matrimonio a musulmanes. Pero claro: ponerte estrecho es fácil cuando eres papa, estás en Roma y nombras a tus hijos cardenales y cosas así; pero cuando vives en Córdoba o Toledo y tienes dirigiendo el tráfico y cobrando impuestos a un pavo con turbante y alfanje, las cosas se ven de otra manera. Sobre todo porque ese cuento chino de una Al Andalus tolerante y feliz, llena de poetas y gente culta, donde se bebía vino, había tolerancia religiosa y las señoras eran más libres que en otras partes, no se lo traga ni el idiota que lo inventó.

Porque había de todo. Gente normal, claro. Y también intolerantes hijos de la gran puta. Las mujeres iban con velo y estaban casi tan fastidiadas como ahora; y los fanáticos eran, como siguen siendo, igual de fanáticos, lleven crucifijo o media luna.

Lo que, naturalmente, tampoco faltó en aquella España musulmana fue la división y el permanente nosotros y ellos.

Al poco tiempo, sin duda contagiados por el clima local, los conquistadores de origen árabe y los de origen bereber ya se daban por saco a cuenta de las tierras a repartir, las riquezas, los esclavos y demás parafernalia. Asomaba de nuevo las orejas la guerra civil que en cuanto pisas España se te mete en la sangre -para entonces ya llevábamos unas cuantas-, cuando ocurrió algo especial: como en los cuentos de hadas, llegó de Oriente un príncipe fugitivo joven, listo y guapo. Se llamaba Abderramán, y a su familia le había dado matarile el califa de Damasco.

Al llegar aquí, con mucho arte, el chaval se proclamó una especie de rey -emir, era el término técnico- e independizó Al Andalus del lejano califato de Damasco y luego del de Bagdad, que hasta entonces habían manejado los hilos y recaudado tributos desde lejos.

El joven emir nos salió inteligente y culto -de vez en cuando, aunque menos, también nos pasa- y dejó la España musulmana como nueva, poderosa, próspera y tal. Organizó la primera maquinaria fiscal eficiente de la época y alentó los llamados viajes del conocimiento, con los que ulemas, alfaquíes, literatos, científicos y otros sabios viajaban a Damasco, El Cairo y demás ciudades de Oriente para traerse lo más culto de su tiempo.

Después, los descendientes de Abderramán, Omeyas de apellido, fueron pasando de emires a califas, hasta que uno de sus consejeros, llamado Almanzor, que era listo y valiente que te rilas, se hizo con el poder y estuvo veinticinco años fastidiando a los reinos cristianos del norte -cómo crecieron éstos desde la franja cantábrica lo contaremos otro día- en campañas militares o incursiones de verano llamadas aceifas, con saqueos, esclavos y tal, una juerga absoluta, hasta que en la batalla de Calatañazor le salió el cochino mal capado, lo derrotaron y palmó. Con él se perdió un tipo estupendo.

Idea de su talante lo da un detalle: fue Almanzor quien acabó de construir la mezquita de Córdoba; que no parece española por el hecho insólito de que, durante doscientos años, los sucesivos gobernantes la construyeron respetando lo hecho por los anteriores; fieles, siempre, al bellísimo estilo original. Cuando lo normal, tratándose de moros o cristianos, y sobre todo de españoles, habría sido que cada uno destruyera lo hecho por el gobierno anterior y le encargara algo nuevo al arquitecto Calatrava.

Una historia de España (VIII)

Al principio de la España musulmana, los reinos cristianos del norte sólo fueron una nota a pie de página de la historia de Al Andalus. Las cosas notables ocurrían en tierra de moros, mientras que la cristiandad bastante tenía con sobrevivir, más mal que bien, en las escarpadas montañas asturianas.

Todo ese camelo del espíritu de reconquista, el fuego sagrado de la nación hispana, la herencia visigodo-romana y demás parafernalia vino luego, cuando los reinos norteños crecieron, y sus reyes y pelotillas cortesanos tuvieron que justificar e inventarse una tradición y hasta una ideología. Pero la realidad era más prosaica.

Los cristianos que no tragaban con los muslimes, más bien pocos, se echaron al monte y aguantaron como pudieron, a la española, analfabetos y valientes en plan Curro Jiménez de la época, puteando desde los riscos inaccesibles a los moros del llano.

Don Pelayo, por ejemplo, fue seguramente uno de esos bandoleros irreductibles, que en un sitio llamado Covadonga pasó a cuchillo a algún destacamento moro despistado que se metió donde no debía, le colocó hábilmente el mérito a la Virgen y eso lo hizo famoso. Así fue creciendo su vitola y su territorio, imitado por otros jefes dispuestos a no confraternizar con la morisma.

El mismo Pelayo, que era asturiano, un tal Íñigo Arista, que era navarro, y otros animales por el estilo -los suplementos culturales de los diarios no debían de mirarlos mucho, pero manejaban la espada, la maza y el hacha con una eficacia letal- crearon así el embrión de lo que luego fueron reinos serios con más peso y protocolo, y familias que se convirtieron en monarquías hereditarias. Prueba de que al principio la cosa reconquistadora y las palabras nación y patria no estaban claras todavía, es que durante siglos fueron frecuentes las alianzas y toqueteos entre cristianos y musulmanes, con matrimonios mixtos y enjuagues de conveniencia, hasta el extremo de que muchos reyes y emires de uno y otro bando tuvieron madres musulmanas o cristianas; no esclavas, sino concertadas en matrimonio a cambio de alianzas y ventajas territoriales.

Y al final, como entre la raza gitana, muchos de ellos acabaron llamándose primos, con lo que mucha degollina de esa época quedó casi en familia. Esos primeros tiempos de los reinos cristianos del norte, más que una guerra de recuperación de territorio propiamente dicha fueron de incursiones mutuas en tierra enemiga, cabalgadas y aceifas de verano en busca de botín, ganado y esclavos -una algara de los moros llegó a saquear Pamplona, reventando, supongo, los Sanfermines ese año-.

Todo esto fue creando una zona intermedia peligrosa, despoblada, que se extendía hasta el valle del Duero, en la que se produjo un fenómeno curioso, muy parecido a las películas de pioneros norteamericanos en el Oeste: familias de colonos cristianos pobres que, echándole huevos al asunto, se instalaban allí para poblar aquello por su cuenta, defendiéndose de los moros y a veces hasta de los mismos cristianos, y que acababan uniéndose entre sí para protegerse mejor, con sus granjas fortificadas, monasterios y tal; y que, a su heroica, brutal y desesperada manera, empezaron la reconquista sin imaginar que estaban reconquistando nada.

En esa frontera dura y peligrosa surgieron también bandas de guerreros cristianos y musulmanes que, entre salteadores y mercenarios, se ponían a sueldo del mejor postor, sin distinción de religión; con lo que se llegó al caso de mesnadas moras que se lo curraban para reyes cristianos y mesnadas cristianas al servicio de moros.

Fue una época larga, apasionante, sangrienta y cruel, de la que si fuéramos gringos tendríamos maravillosas películas épicas hechas por John Ford; pero que, siendo españoles como somos, acabó podrida de tópicos baratos y posteriores glorias católico-imperiales. Aunque eso no le quite su interés ni su mérito.

También por ese tiempo el emperador Carlomagno, que era francés, quiso quedarse con un trozo suculento de la península; pero guerrilleros navarros -imagínenselos- le dieron las suyas y las de un bombero en Roncesvalles a la retaguardia del ejército gabacho, picándola como una hamburguesa, y Carlomagno tuvo que conformarse con el vasallaje de la actual Cataluña, conocida como Marca Hispánica.

También, por aquel entonces, desde La Rioja empezó a extenderse una lengua magnífica que hoy hablan 450 millones de personas en todo el mundo. Y que ese lugar, cuna del castellano, no esté hoy en Castilla, es sólo uno de los muchos absurdos disparates que la peculiar historia de España iba a depararnos en el futuro.

Una historia de España (IX)

Estábamos en que la palabra Reconquista vino luego, a toro pasado, y que los patriohistoriadores dedicados a glorificar el asunto de la empresa común hispánica y tal mintieron como bellacos; así como también mienten, sobre etapas posteriores, ciertos neohistoriadores del ultranacionalismo periférico.

En el tiempo que nos ocupa, los enclaves cristianos del norte bastante tenían con arreglárselas para sobrevivir, y no estaban de humor para soñar con recomponer Hispanias perdidas: unos pagaban tributo de vasallaje a los moros de Al Andalus y todos se lo montaban como podían, a menudo haciéndose la puñeta entre ellos, traicionándose y aliándose con el enemigo, hasta el punto de que los emires musulmanes del sur, dándose con el codo, se decían unos a otros: tranqui, colega Mojamé, colega Abdalá, que no hay color, dejemos que esos cantamañanas se desuellen unos a otros -lo que demuestra, por otra parte, que como profetas los emires tampoco tenían ni puta idea-.

Cómo estarían las cosas reconquistadoras de poco claras por ese tiempo, que el primer rey cristiano de Pamplona del que se tiene noticia, Íñigo Arista, tenía un hermano carnal llamado Muza que era caudillo moro, y entre los dos le dieron otra soba después de Roncesvalles a Carlomagno; que en sus ambiciones sobre la Península siempre tuvo muy mal fario y se diría que lo hubiese mirado un tuerto.

El caso es que así, poco a poco, entre incursiones, guerras y pactos a varias bandas que incluían alianzas y tratados con moros o cristianos, según convenía, poco a poco se fue formando el reino de Navarra, crecido a medida que el califato cordobés y los musulmanes en general pasaban por períodos -españolísimos, también ellos- de flojera y bronca interna, en un período en el que cada perro se lamía su cipote, dicho en plata, y que acabó llamándose reinos de taifas, con reyezuelos que, como su propio nombre indica, iban a su rollo moruno.

Y de ese modo, entre colonos que se la jugaban en tierra de nadie y expediciones militares de unos y otros para saqueo, esclavos y demás parafernalia -eso de saquear, violar y esclavizar era práctica común de la época en todos los bandos, aunque ahora suene más bien raro-, la frontera cristiana se fue desplazando alternativamente hacia arriba y hacia abajo, pero sobre todo hacia abajo.

Sancho III el Mayor, rey navarro, uno de los que le había puesto a Almanzor los pavos a la sombra, pegó un soberbio braguetazo con la hija del conde de Castilla, que era la soltera más cotizada de entonces, y organizó un reino bastante digno de ese nombre, que al morir dividió entre sus hijos -prueba de que eso de unificar España y echar de aquí a la mahometana morisma todavía no le pasaba a nadie por la cabeza-.

Dio Navarra a su hijo García, Castilla a Fernando, Aragón a Ramiro, y a Gonzalo los condados de Sobrarbe y Ribagorza. De esta forma se fue definiendo el asunto: los de Castilla y Aragón tomaron el título de rey, y a partir de entonces pudo hablarse, con más rigor, de reinos cristianos del norte y de Al Andalus islámico al Sur.

En cuanto a Cataluña, entonces feudataria de los vecinos reyes francos, fue ensanchándose con gobernantes llamados condes de Barcelona. El primero de ellos que se independizó de los gabachos fue Wifredo, por apodo el Pilós o Velloso, que además de peludo debía de ser piadoso que te rilas, pues llenó el condado de magníficos monasterios.

Ciertos historiadores de pesebre presentan ahora al buen Wifredo como primer rey de una supuesta monarquía catalana, pero no dejen que les coman el tarro: reyes en Cataluña con ese nombre no hubo nunca. Ni de coña.

Los reyes fueron siempre de Aragón, y la cosa se ligó más tarde, como contaremos cuando toque. De momento eran condes catalanes, a mucha honra. Y punto.

Por cierto, hablando de monasterios, dos detalles. Uno, que mientras en el sur morube la cultura era urbana y se centraba en las ciudades, en el norte, donde la gente era más bestia, se cultivaba en los monasterios, con sus bibliotecas y todo eso. El otro punto es que por ese tiempo la Iglesia Católica, que iba adquiriendo grandes posesiones rurales de las que sacaba enormes ingresos, inventó un negocio estupendo, que podríamos llamar truco o timo del monje ausente: cuando una aceifa mora asolaba la tierra y saqueaba el correspondiente monasterio, los monjes lo abandonaban una larga temporada para que los colonos que se buscaban la vida en la frontera se instalaran allí y pusieran de nuevo las tierras en valor, cultivándolas. Y cuando la propiedad ya era próspera de nuevo, los monjes reclamaban su derecho y se adueñaban de todo, por la cara.

Una historia de España (X)

Mientras Al Andalus se estancaba militarmente, con una sociedad artesana y rural que cada vez era menos inclinada a las trompetas y fanfarrias bélicas, los reinos cristianos del norte, monarquías jóvenes y ambiciosas, se lo montaban más de chulitos y agresivos, ampliando territorios, estableciendo alianzas y jugándose unos a otros la del chino Fumanchú en aquel tira y afloja que ahora llamamos Reconquista, pero que entonces sólo era buscarse la vida sin miras nacionales.

Prueba de que aún no había conciencia moderna de España ni sentimiento patriótico general es que, ya metidos en el siglo XII, Alfonso VII repartió el reino de Castilla -unido entonces a León- entre sus dos hijos, Castilla a uno y León a otro, y que Alfonso I dejó Aragón nada menos que a las órdenes militares. Ese partir reinos en trozos, tan diferente al impulso patriótico cristiano que a los de mi quinta nos vendieron en el cole -y que tan actual sigue siendo en la triste España del siglo XXI-, no era ni es nuevo.

Se dio con frecuencia, prueba de que los reyes hispanos y sus niños -añadamos una nobleza tan oportunista y desnaturalizada como nuestra actual clase política- iban a lo suyo, y lo de la patria unificada tendría que esperar un rato; hasta el punto de que todavía la seguimos esperando, o más bien ya ni se la espera.

El ejemplo más bestia de esa falta de propósito común en la España medieval es Fernando I, rey de Castilla, León, Galicia y Portugal, que en el siglo onceno hizo un esfuerzo notable, pero a su muerte lo echó a perder repartiendo el reino entre sus hijos Sancho, Alfonso, García y Urraca, dando lugar a otra de nuestras tradicionales y entrañables guerras civiles, entre hermanos para variar, que tuvo consecuencias en varios sentidos incluido el épico, pues de ahí surgió la figura de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, cuya vida quedó contada en una buena película -Charlton Heston y Sophia Loren- que, por supuesto, rodaron los norteamericanos.

En esto del Cid, de quien hablaremos con detalle en el siguiente capítulo, conviene precisar que por aquel tiempo, con los moros locales bastante amariconados en la cosa bélica, poco amigos del alfanje y tibios en cuanto a rigor islámico, empezaron a producirse las invasiones de tribus fanáticas y belicosas que venían del norte de África para hacerse cargo del asunto en plan Al Qaida.

Fueron, por orden, los almorávides, los almohades y los benimerines: gente dura, de armas tomar, que sobre todo al principio no se casaba ni con su padre, y que a menudo dio a los monarcas cristianos cera hasta en el carnet de identidad.

El caso es que así, poquito a poco, a trancas y barrancas, con altibajos sangrientos, haciéndose pirulas, casándose, aliándose, construyendo cada cual su catedral, matándose entre sí cuando no escabechaban moros, los reyes de Castilla, León, Navarra, Aragón y los condes de Cataluña, cada uno por su cuenta -Portugal iba aún más a su aire-, fueron ampliando territorios a costa de la morisma hispana; que aunque se defendía como gato panza arriba y traía, como dije, refuerzos norteafricanos para echar una mano -y luego no podía quitárselos de encima-, se replegaba despacio hacia el sur, perdiendo ciudades a chorros.

La cosa empezó a estar clara con Fernando III de Castilla y León, pedazo de rey, que tomó a los muslimes Córdoba, Murcia y Jaén, hizo tributario al rey de Granada, y reforzado con tropas de éste conquistó Sevilla, que había sido mora durante 500 años, y luego Cádiz.

Su hijo Alfonso X fue uno de esos reyes que por desgracia no frecuentan nuestra historia: culto, ilustrado, pese a que hizo frente a otra guerra civil -la enésima, y las que vendrían- y a la invasión de los benimerines, tuvo tiempo de componer, u ordenar hacerlo, tres obras fundamentales: la Historia General de España -ojo al nombre-, las Cantigas y el Código de las Siete Partidas.

Por esa época, en Aragón, un rey llamado Ramiro II el Monje, conocedor de la idiosincrasia hispana, sobre todo la de los nobles -los políticos de entonces- tuvo un detalle simpático: convocó a la nobleza local, los decapitó a todos y con sus cabezas hizo una bonita exposición -hoy lo llamaríamos arte moderno- conocida como La campana de Huesca.

Por esas fechas, un plumilla moro llamado Ibn Said, chico listo y con buen ojo, escribió una frase sobre los bereberes que no me resisto a reproducir, porque define perfectamente a los españoles musulmanes y cristianos de aquellos siglos turbulentos, y también a buena parte de los de ahora mismo: «Son unos pueblos a los que Dios ha distinguido particularmente con la turbulencia y la ignorancia, y a los que en su totalidad ha marcado con la hostilidad y la violencia».

Una historia de España (XI)

Tenía pensado hablarles hoy del Cid Campeador, en monográfico, porque el personaje es para darle de comer aparte. De él se ha usado y abusado a la hora de hablar de moros, cristianos, Reconquista y tal; y en tiempos de la historiografía franquista fue uno de los elementos simbólicos más sobados por la peña educativa en plan virtudes de la raza ibérica, convirtiéndolo en un patriota reunificador de la España medieval y dispersa, muy en la línea de los tebeos del Capitán Trueno y el Guerrero del Antifaz; hasta el punto de que en mis libros escolares del curso 58-59 figuraban todavía unos versos que cito de memoria: «La hidra roja se muere / de bayonetas cercada / y el Cid, con camisa azul / por el cielo azul cabalga». Para que se hagan idea.

Pero la realidad estuvo lejos de eso. Rodrigo Díaz de Vivar, que así se llamaba el fulano, era un vástago de la nobleza media burgalesa que se crió junto al infante don Sancho, hijo del rey Fernando I de Castilla y León. Está probado que era listo, valiente, diestro en la guerra y peligroso que te rilas, hasta el punto de que en su juventud venció en dos épicos combates singulares: uno contra un campeón navarro y otro contra un moro de Medinaceli, y a los dos dio matarile sin despeinarse. En compañía del infante don Sancho participó en la guerra del rey moro de Zaragoza contra el rey cristiano de Aragón -la hueste castellana ayudaba al moro, ojo al dato-; y cuando Fernando I, supongo que bastante chocho en su lecho de muerte, hizo la estupidez de partir el reino entre sus cuatro hijos, Rodrigo Díaz participó como alférez abanderado del rey Sancho I en la guerra civil de éste contra sus hermanos.

A Sancho le reventó las asaduras un sicario de su hermana Urraca; y otro hermano, Alfonso, acabó haciéndose con el cotarro como Alfonso VI. A éste, según leyenda que no está históricamente probada, Rodrigo Díaz le habría hecho pasar un mal rato al hacerle jurar en público que no tuvo nada que ver en el escabeche de Sancho. Juró el rey de mala gana; pero, siempre según la leyenda, no le perdonó a Rodrigo el mal trago, y a poco lo mandó al destierro. La realidad, sin embargo, fue más prosaica. Y más típicamente española.

Por una parte, Rodrigo había dado el pelotazo del siglo al casarse con doña Jimena Díaz, hija y hermana de condes asturianos, que además de guapa estaba podrida de dinero. Por otra parte, era joven, apuesto, valiente y con prestigio. Y encima, chulo, con lo que no dejaban de salirle enemigos, más entre los propios cristianos que entre la mahometana morisma. La envidia hispana, ya saben. Nuestra deliciosa naturaleza.

Así que la nobleza próxima al rey, los pelotas y tal, empezaron a hacerle la cama a Rodrigo, aprovechando diversos incidentes bélicos en los que lo acusaban de ir a su rollo y servir sus propios intereses. Al final, Alfonso VI lo desterró; y el Cid -para entonces los moros ya lo llamaban Sidi, que significa señor- se fue a buscarse la vida con una hueste de guerreros fieles, imagínense la catadura de la peña, en plan mercenario. Como para ponerse delante.

No llegó a entenderse con los condes de Barcelona, pero sí con el rey moro de Zaragoza, para el que estuvo currando muchos años con éxito, hasta el punto de que derrotó en su nombre al rey moro de Lérida y a los aliados de éste, que eran los catalanes y los aragoneses. Incluso se dio el gustazo de apresar al conde de Barcelona, Berenguer Ramón II, tras darle una amplia mano de hostias en la batalla de Pinar de Tévar.

Así estuvo la tira de años, luchando contra moros y contra cristianos en guerras sucias donde todos andaban revueltos, acrecentado su fama y ganando pasta con botines, saqueos y tal; pero siempre, como buen y leal vasallo que era, respetando a su señor natural, el rey Alfonso VI. Y al cabo, cuando la invasión almorávide acogotó a Alfonso VI en Sagrajas, haciéndolo comerse una derrota como el sombrero de un picador, el rey se tragó el orgullo y le dijo al Cid: «Oye, Sidi, échame una mano, que la cosa está chunga». Y éste, que en lo tocante a su rey era un pedazo de pan, campeó por Levante -de paso saqueó la Rioja cristiana, ajustando cuentas con su viejo enemigo el conde García Ordóñez-, conquistó Valencia y la defendió a sangre y fuego.

Y al fin, en torno a cumplir 50 tacos, cinco días antes de la toma de Jerusalén por los cruzados, temido y respetado por moros y cristianos, murió en Valencia de muerte natural el más formidable guerrero que conoció España. Al que van como un guante otros versos que, éstos sí, me gustan porque explican muchas cosas terribles y admirables de nuestra Historia: «Por necesidad batallo / y una vez puesto en la silla / se va ensanchando Castilla / delante de mi caballo». 

Una historia de España (XII)

Para el siglo XIII o por ahí, mientras en el norte se asentaban los reinos de Castilla, León, Navarra, Aragón, Portugal y el condado de Cataluña, los moros de Al Andalus se habían vuelto más bien blanditos, dicho en términos generales: casta funcionarial, recaudadores de impuestos, núcleos urbanos más o menos prósperos, agricultura, ganadería y tal. Gente por lo general pacífica, que ya no pensaba en reunificar los fragmentados reinos islámicos hispanos, y mucho menos en tener problemas con los cada vez más fuertes y arrogantes reinos cristianos. La guerra, para la morisma, era más bien defensiva y si no quedaba más remedio.

La clase dirigente se había tirado a la bartola y era incapaz de defender a sus súbditos; pero lo que peor veían los ultrafanáticos religiosos era que los preceptos del Corán se llevaban con bastante relajo: vino, carne de cerdo, poco velo y tal. Todo eso era visto con indignación y cierto cachondeo desde el norte de África, donde alguna gente, menos barnizada por el confort, miraba todavía hacia la península con ganas de buscarse la vida. De qué van estos mierdas, decían. Que los cristianos se los están comiendo sin pelar, no se respeta el Islam y esto es una vergüenza moruna.

De manera que, entre los muslimes de aquí, que a veces pedían ayuda para oponerse a los cristianos, y la ambición y el rigor religioso de los del otro lado, se produjeron diversas llegadas a Al Andalus de tropas frescas, nuevas, con ganas, guerreras como las de antes. Peligrosas que te mueres.

Una de estas tribus fue la de los almohades, gente dura de narices, que proclamó la Yihad, la guerra santa -igual el término les suena-, invadió el sur de la vieja Ispaniya y le dio al rey Alfonso VIII de Castilla -otra vez se había dividido el reino entre hijos, para no perder la costumbre, separándose León y Castilla- una paliza de padre y muy señor mío en la batalla de Alarcos, donde al pobre Alfonso lo vistieron de primera comunión.

El rey castellano se lo tomó a pecho, y no descansó hasta que pudo montarles la recíproca a los moros en las Navas de Tolosa, que fue un pifostio de mucha trascendencia por varios motivos. En primer lugar, porque allí se frenó aquella oleada de radicalismo guerrero-religioso islámico. En segundo, porque con mucha habilidad el rey castellano logró que el papa lo proclamase cruzada contra los sarracenos, para evitar así que, mientras se enfrentaba a los almohades, los reyes de Navarra y León -que, también para variar, se la tenían jurada al de Castilla, y viceversa- le hicieran la puñeta apuñalándolo por la espalda. En tercer lugar, y lo que es más importante, en las Navas el bando cristiano, aparte de voluntarios franceses y de duros caballeros de las órdenes militares españolas, estaba milagrosamente formado por tropas castellanas, navarras y aragonesas, puestas de acuerdo por una vez en su puta vida. Milagros de la Historia, oigan. Para no creerlo ni con fotos. Y nada menos que con tres reyes al frente, en un tiempo en el que los reyes se la jugaban en el campo de batalla, y no casándose con lady Di o cayéndose en los escalones del bungalow mientras cazaban elefantes.

El caso es que Alfonso VIII se presentó con su tropa de Castilla, Pedro II de Aragón, como buen caballero que era -había heredado de su padre el reino de Aragón, que incluía el condado de Cataluña-, fue a socorrerlo con tropas aragonesas y catalanas, y Sancho VII de Navarra, aunque se llevaba fatal con el castellano, acudió con la flor de su caballería. Faltó a la cita el rey de León, Alfonso IX, que se quedó en casa, aprovechando el barullo para quitarle algunos castillos a su colega castellano. El caso es que se juntaron allí, en las Navas, cerca de Despeñaperros, 27.000 cristianos contra 60.000 moros, y se atizaron de una manera que no está en los mapas. La carnicería fue espantosa.

Parafraseando unos versos de Zorrilla -de La leyenda del Cid, muy recomendable podríamos decir eso de: «Costumbres de aquella era / caballeresca y feroz / donde acogotando al otro / se glorificaba a Dios». Ganaron los cristianos, pero en el último asalto. Y hubo un momento magnífico cuando, viéndose al filo de la derrota, el rey castellano, desesperado, dijo «aquí morimos todos», picó espuelas y cargó ciegamente contra el enemigo. Y los reyes de Aragón y de Navarra, por vergüenza torera y no dejarlo solo, hicieron lo mismo. Y allá fueron, tres reyes de la vieja Hispania y la futura España, o lo que saliera de aquello, cabalgando unidos por el campo de batalla, seguidos por sus alféreces con las banderas, mientras la exhausta y ensangrentada infantería, entusiasmada al verlos llegar juntos, gritaba de entusiasmo mientras abría las filas para dejarles paso.

Una historia de España (XIII)

En los albores del siglo XIII, el reino de Aragón se hacía rico, fuerte y poderoso. Petronila (una huerfanita de culebrón casi televisivo, heredera del reino) se había casado y comido perdices con el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV; así que en el reinado del hijo de éstos, Alfonso II (el que se batió como un tigre en Las Navas), quedaron asentados Aragón y Cataluña bajo las cuatro barras de la monarquía aragonesa.

Aquella familia tuvo la suerte de parir un chaval fuera de serie: se llamaba Jaime, fue el primer rey de Aragón con ese nombre, y pasó a la Historia con el apodo de El Conquistador no por las señoras entre las que anduvo, que también -era muy aficionado a intercambiar fluidos-, sino porque triplicó la extensión de su reino.

Hombre culto, historiador y poeta, Jaime I dio a los moros leña hasta en el turbante, tomándoles Valencia y las Baleares, y poniendo en el Mediterráneo un ojo de águila militar y comercial que aragoneses y catalanes ya no entornarían durante mucho tiempo.

Su hijo Pedro III arrebató Sicilia a los franceses en una guerra que salió bordada: el almirante Roger de Lauria los puso mirando a Triana en una batalla naval -hasta Trafalgar nos quedaban aún seiscientos años de poderío marítimo-, y en el asedio de Gerona los gabachos salieron por pies con epidemia de peste incluida.

La expansión mediterránea catalano-aragonesa fue desde entonces imparable, y las barras de Aragón se pasearon de tan triunfal manera por el que pasó a ser Mare Nostrum que hasta el cronista Desclot escribió -en fluida lengua catalana- que incluso «los peces llevan las cuatro barras de la casa de Aragón pintadas en la cola».

Hubo, eso sí, una ocasión de aún mayor grandeza perdida cuando Sancho el Fuerte de Navarra, al palmar, dejó su reino al rey de Aragón. Esto habría cambiado tal vez el eje del poder en la historia futura de España; pero los súbditos vascongados no tragaron, subió al trono un sobrino del conde de Champaña, y la historia de la Navarra hispana quedó por tres siglos vinculada a Francia hasta que la conquistó, incorporándola por las bravas a Aragón y Castilla, Fernando el Católico (el guapo que sale en la tele con la serie Isabel).

Pero el episodio más admirable de toda esta etapa aragonesa y catalana de nuestra peripecia nacional es el de los almogávares, las llamadas compañías catalanas: gente de la que ahora se habla poco, porque no era, ni mucho menos, políticamente correcta. Y su historia es fascinante.

Eran una tropa de mercenarios catalanes, aragoneses, navarros, valencianos y mallorquines en su mayor parte, ferozmente curtidos en la guerra contra los moros y en los combates del sur de Italia. Como soldados resultaban temibles, valerosos hasta la locura y despiadados hasta la crueldad. Siempre, incluso cuando servían a monarcas extranjeros, entraban en combate bajo la enseña cuatribarrada del rey de Aragón; y sus gritos de guerra, que ponían la piel de gallina al enemigo, eran Aragó, Aragó, y Desperta ferro: despierta, hierro.

Fueron enviados a Sicilia contra los franceses; y al acabar el desparrame, los mismos que los empleaban les habían cogido tanto miedo que se los traspasaron al emperador de Bizancio, para que lo ayudaran a detener a los turcos que empujaban desde Oriente.

Y allá fueron, 6.500 tíos con sus mujeres y sus niños, feroces vagabundos sin tierra y con espada. De no figurar en los libros de Historia, la cosa sería increíble: letales como guadañas, nada más desembarcar libraron tres sucesivas batallas contra un total de 50.000 turcos, haciéndoles escabechina tras escabechina.

Y como buenos paisanos nuestros que eran, en los ratos libres se codiciaban las mujeres y el botín, matándose entre ellos. Al final fue su jefe el emperador bizantino quien, acojonado, no viendo manera de quitarse de encima a fulanos tan peligrosos, asesinó a los jefes durante una cena, el 4 de abril de 1305. Luego mandó un ejército de 26.000 bizantinos a exterminar a los supervivientes.

Pero, resueltos a no dar gratis el pellejo, aquellos tipos duros decidieron morir matando: oyeron misa, se santiguaron, gritaron Aragó y Desperta ferro, e hicieron en los bizantinos una matanza tan horrorosa que, según cuenta el cronista Muntaner, que estaba allí, «no se alzaba mano para herir que no diera en carne».

Después, ya metidos en faena, los almogávares saquearon Grecia de punta a punta, para vengarse. Y cuando no quedó nada por quemar o matar, fundaron los ducados de Atenas y Neopatria, y se instalaron en ellos durante tres generaciones, con las bizantinas y tal, haciendo bizantinitos hasta que, ya más blandos con el tiempo, los cubrió la marea turca que culminaría con la caída de Constantinopla.

Una historia de España (XIV)

En la España cristiana de los siglos XIV y XV, como en la mora (ya sólo había 5 reinos peninsulares: Portugal, Castilla, Navarra, Aragón y Granada), la guerra civil empezaba a ser una costumbre local tan típica como la paella, el flamenco y la mala leche -suponiendo que entonces hubieran paella y flamenco, que no creo-.

Las ambiciones y arrogancia de la nobleza, la injerencia del clero en la vida política y social, el bandidaje, las banderías y el acuchillarse por la cara, daban el tono; y tanto Castilla como Aragón, con su Cataluña incluida, iban a conocer en ese período unas broncas civiles de toma pan y moja, que ya contaremos cuando toque; y que, como en episodios anteriores, habrían proporcionado materia extraordinaria para varias tragedias shakesperianas, en el caso de que en España hubiéramos tenido ese Shakespeare que para nuestra desgracia -y vergüenza- nunca tuvimos. Ríanse ustedes de Ricardo III y del resto de la británica tropa.

Hay que reconocer, naturalmente, que en todas partes se cocían habas, y que ni italianos ni franceses, por ejemplo, hacían otra cosa. La diferencia era que en la península ibérica, teóricamente, los reinos cristianos tenían un enemigo común, que era el Islam. Y viceversa.

Pero ya hemos visto que, en la práctica, el rifirrafe de moros y cristianos fue un proceso complicado, hecho de guerras pero también de alianzas, chanchullos y otros pasteleos, y que lo de Reconquista como idea de una España cristiana en plan Santiago cierra y tal fue cuajando con el tiempo, más como consecuencia que como intención general de unos reyes que, cada uno por su cuenta, iban a lo suyo, en unos territorios donde, invasiones sarracenas aparte, a aquellas alturas tan de aquí era el moro que rezaba hacia la Meca como el cristiano que oraba en latín.

Los nobles, los recaudadores de impuestos y los curas, llevaran tonsura o turbante, eran parecidísimos en un lado y en otro; de manera que a los de abajo, se llamaran Manolo o Mojamé, como ahora en el siglo XXI, siempre los fastidiaban los mismos.

En cuanto a lo que algunos afirman de que hubo lugares, sobre todo en zona andalusí, donde las tres culturas -musulmana, cristiana y judía- convivían fructíferamente mezcladas entre sí, con los rabinos, ulemas y clérigos besándose en la boca por la calle, hasta con lengua, más bien resulta un cuento chino. Entre otras cosas porque las nociones de buen rollito, igualdad y convivencia nada tenían que ver entonces con lo que por eso entendemos ahora.

La idea de tolerancia, más o menos, era: chaval, si permites que te reviente a impuestos y me pillas de buenas, no te quemo la casa, ni te confisco la cosecha, ni violo a tu señora. Por supuesto, como ocurrió en otros lugares de frontera europeos, la proximidad mestizó costumbres, dando frutos interesantes. Pero de ahí a decir (como Américo Castro, que iba a otro rollo tras la Guerra Civil del 36) que en la Península hubo modelos de convivencia, media un abismo.

Moros, cristianos y judíos, según donde estuvieran, vivían acojonados por los que mandaban, cuando no eran ellos; y tanto en la zona morube como en la otra hubo estallidos de violento fanatismo contra las minorías religiosas. Sobre todo a partir del siglo XIV, con el creciente radicalismo atizado por la cada vez más arrogante Iglesia católica, las persecuciones contra moros y judíos menudearon en la zona cristiana (hubo un poco en todas partes, pero los navarros se lo curraron con verdadero entusiasmo en plan Sanfermines, asaltando un par de veces la judería de Pamplona, y luego arrasando la de Estella, calentados por un cura llamado Oillogoyen, que además de estar como una cabra era un hijo de puta con balcones a la calle).

En cualquier caso, antijudaísmo endémico aparte -también los moros daban leña al hebreo-, las tres religiones y sus respectivas manifestaciones sociales coexistieron a menudo en España, pero nunca en plan de igualdad, como afirman ciertos buenistas y muchos cantamañanas. Lo que sí mezcló con la cristiana las otras culturas fueron las conversiones: cuando la cosa era ser bautizado, salir por pies o que te dejaran torrefacto en una hoguera, la peña hacía de tripas corazón y rezaba en latín.

De ese modo, familias muy interesantes, tanto hebreas como mahometanas, se pasaron al cristianismo, enriqueciéndolo con el rico bagaje de su cultura original. También intelectuales doctos o apóstoles de la conversión de los infieles estudiaron a fondo el Islam y lo que aportaba. Tal fue el caso del brillantísimo Ramón Llull: un niño pijo mallorquín al que le dio por salvar almas morunas y llegó a escribir, el tío, en árabe mejor que en catalán o en latín. Que ya tiene mérito. 

Continuará…

 

 

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Sábado, a 13 de Febrero de 2010

Plano de Cartagena de Indias, del año 1743

 

 La hermosísima Fortaleza de San Felipe de Barajas (de noche, con su iluminación monumental)


 

 Retrato del

Almirante Blas de Lezo y Olavarrieta

 

Históricamente, los españoles hemos sentido una especia de urticaria o desazón ante todo “lo” británico (y sus primos hermanos americanos, los yanquis).

Las razones? Muchas y muy variadas, todas entrelazadas entre si por un pasado compartido de conquistas de nuevos mundos, por la paulatina pérdida de nuestros imperios, por las muchas batallas navales y económicas que protagonizamos durante siglos y por la propia idiosincrasia de cada cual: ellos, tan anglosajones en todo, concienzudos, tenaces y profundamente religiosos; nosotros, una mezcla explosiva entre lo latino y lo mediterráneo, con una religiosidad a medio camino entre el todo (aparente) y la nada.

Una de las historias más alucinantes y a la par olvidadas de ese pasado de amores y odios compartidos, es el de la batalla por la conquista de Cartagena de Indias, en 1741: el desembarco anfibio más importante de toda la historia hasta el de Normandia, de 1944.

El 13 de marzo de 1741, la mayor flota naval que conocieron los tiempos trató de conquistar la ciudad española, ahora colombiana, en la que estaba situada la fortaleza más poderosa de toda América, un enclave fundamental para la protección del continente: la fortaleza de San Felipe de Barajas.

Allí, en la defensa de las murallas de esa histórica ciudad al borde del caribe, estaban sólo 3.600 españoles: 1.100 soldados veteranos de las guerras americanas, la mayoría de ellos bastante mayores, 400 reclutas sin ninguna experiencia en combate, 600 milicianos criollos y mulatos y unos 600 indios, negros libres y mestizos. Al frente de los soldados estaba el Almirante Blas de Lezo y Olavarrieta, un bregado militar de dilatadísima experiencia en las “américas” y famoso por su extraordinaria capacidad para la lucha, producto de sus más de 30 batallas ganadas y su delicado estado de salud: le faltaba el ojo, la pierna izquierda y tenía la mano derecha lisiada, además, por culpa de la humedad y el calor caribeño, sufría por una grave alergia en la piel que le causaba tremendos dolores.

Frente a ellos, como contrincantes, 36 navíos de línea –los acorazados de la época-, ocho de ellos de tres puentes (del tamaño del Victory, el famoso buque insignia del almirante Nelson), 28 navíos más de dos puentes, 12 fragatas, 2 bombardas, varios brulotes y 130 buques más que transportaban más de 27.000 soldados y marinos y 2.000 cañones. Era, según el título que le concedieron antes de salir del Reino Unido, la “Invencible Armada”, la flota naval más grande de la historia (hasta 200 años después). Al mando de esta colosal máquina de guerra estaba el Almirante Edward Vermon, al que se unió, ya en tierras americanas, Lawrence Washington, hermano de George Washington (primer presidente de EEUU y el que "puso" la cara en el billete verde), acompañado de sus 4.000 reclutas de Virginia.

Toda esa maquina de guerra, tan poderosa, tan “invencible”, tan apabullante en medios humanos y materiales, sucumbió ante sólo 3.600 españoles y criollos, en la más dolorosa de las derrotas militares que jamás tuvo el Reino Unido.

¿Por qué cito aquí una  batalla de hace más de 200 años? Muy sencillo: por que para los ingleses y los yanquis, para sus historiadores y cronistas, esa batalla no existió. Como la historia la suelen escribir los vencedores, el recuerdo de esa batalla sólo existe en los libros de historia de España y Colombia.

El Almirante Vermon, a las pocas horas de empezar las batallas contra los españoles, en uno de esos arrebatos de soberbia tan típicamente ingleses, se permitió el lujo de enviar correos navales a Londres con la noticia de su victoria sobre las tropas españolas. Tres días después, en plena guerra, para reafirmar esa supuesta victoria, volvió a mandar nuevos correos navales hablando de las hazañas de sus soldados…

Desgraciadamente para él, esas noticias las envió poco tiempo antes de ser humillantemente derrotado durante la noche del 19 al 20 de abril, cuando con bayoneta calada los seiscientos supervivientes españoles y criollos que quedaban defendiendo la fortaleza de San Felipe de Barajas, decidieron cargar “temerariamente” contra los miles de ingleses que aún seguían con vida rodeando el castillo.

Los soldados españoles supervivientes, muchos de ellos malheridos y agotados por los días de batallas incesantes, redoblaron sus ansias de victoria y su afán guerrero al ver que el propio Almirante Blas de Lezo salía a campo abierto a luchar al lado de sus hombres, aún siendo cojo, manco y medio ciego… además de enfermo.

La masacre que los españoles hicieron entre los miles de ingleses que atacaron la ciudad fue de tal magnitud, tan tremenda, que Blas de Lezo se apiadó de ellos y dejó huir a los pocos cientos de ingleses que no murieron.

El 9 de mayo, humillado y rendido, el Almirante Vermon huyó para Jamaica después de mandar una carta al Almirante Blas de Lezo, que decía: “Hemos decidido retirarnos pero para volver pronto a esta plaza, después de reforzarnos en Jamaica”.

El Almirante Blas de Lero, con ironía, le respondió: “Para volver a Cartagena es necesario que el Rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, por que la suya ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres. Llegaron con la misma arrogancia de siempre y fueron derrotados con los métodos de siempre: nuestro orgullo y amor a la patria”.

Mientras esto sucedía en Cartagena de Indias, en Inglaterra, en cuanto llegó el barco que portaba la noticia de la falsa victoria y en medio del júbilo desbordado entre todos los londinenses, Jorge II, Rey de Inglaterra, ordenó que se acuñaron monedas conmemorativas del fastuoso momento en que las fuerzas británicas habían humillado y arrodillado a Blas de Lezo, monedas que incluían una leyenda que decía: "el orgullo español humillado por Vernon".

Cuando el 9 de mayo se supo la cruda realidad de lo sucedido en Cartagena de Indias y las gravísimas consecuencias que para la flota naval inglesa tuvo la derrota, el mismo Jorge II, Rey de Inglaterra, ordenó borrar de los libros, crónicas y gacetas, toda referencia a la derrota, incluso hablar de ello. En su humillante delirio, prohibió la verdad, como si la verdad se pudiera borrar.

¿Y qué sucedió en EEUU? Derrotado, humillado y destrozado el grueso de los 4.000 reclutas de Virginia de Lawrence Washington (sólo se salvaron 800 reclutas), a su vuelta a yanquilandia se decidió conmemorar la supuesta victoria (en realidad, una terrible derrota), dándole el nombre de Mount Vermon, en honor al marino inglés, a la residencia oficial del primer presidente yanqui, George Washington, hermano del derrotado Lawrence.

Hoy, doscientos sesenta años después, aún sigue latente la inquina entre España y Reino Unido… y sino, ver lo que sucede estos días con el Financial Times y sus agoreros neocons.

Alfredo Webmaster

 

 

Posdata: existe un excelente y documentadísimo trabajo sobre esta batalla, publicado en la página todoababor.es.

Otra posdata: si os resulta curioso que los ingleses y yanquis oculten/escondan esta tremenda derrota, resultará aún más curioso (y sorprendente) que nosotros hagamos lo mismo no hablando de la victoria... y en una de esas típicas (ilógicasy vergonzantes) quijotadas españolas, en ningún libro de historia de mi país se cita esta batalla, ¡pero sí hablamos de la de Trafalgar!

 

Domingo, a 17 de Enero de 2010

En los próximos meses y años, se empezarán a celebrar por toda Latinoamérica el Bicentenario de las independencias de los diversos países que componen el cono sur del continente.

Siendo como son actos de reafirmación de los valores patrios y de exaltación del momento histórico en que se conquistó la independencia de la metrópoli, España, muchos de ellos también serán de recuerdo para las muchas barbaries que cometieron, en la conquista de América, nuestros antepasados.

A estas alturas de la historia, no creo que nadie niegue que los españoles que llegaron a la América en los siglos XV, XVI y XVII, además de ser portadores de algunos valores reseñable de cultura y modernidad, también fuimos la mano ejecutora de actos nada honrosos y de destrucción, ya sea de las culturas precolombinas como de pueblos enteros, que no sobrevivieron al empuje de los conquistadores. Es parte de la historia común que compartimos entre todos. Es historia común; no se puede, no se debe, olvidar. Pasó, y pasó.

Asumiendo la parte de culpa que como país tuvimos en algunos de los desastres, también es de justicia reconocer que después de los 300 años de dominación colonial española, vinieron 200 años de independencia y soberanía local. Esos dos últimos siglos (parte del XIX, XX e inicio del XXI) fueron para la humanidad en su conjunto, los más prodigiosos en avances (industria, cultura, calidad de vida, libertad) y prosperidad. Lo que ese espectacular progreso significo en cada uno de los países americanos, es, en todo caso, responsabilidad de los nuevos gobiernos independientes, para lo bueno y para lo malo.

Igual que ahora, en pleno siglo XXI, los españoles no nos podemos sentir orgullosos de que unos poquísimo miles de nuestros soldados fueran capaces de conquistar un continente completo, a sangre y fuego, ¡cierto!, tampoco tenemos por que sentirnos culpables de algo que ya es parte de la historia. Ni debe haber recuerdos de glorias pasadas ni tampoco reproches por lo que otras gentes hicieron en otro tiempo.

Pasó, y pasó: Latinoamérica y España tiene que aprender a convivir con una historia común, que es muchísima y muy valiosa.

Alfredo Webmaster

 

 



 

La traca del Bicentenario, por Miguel Ángel Bastenier para elpais.com, 13/01/2009

Comienza la gran traca del Bicentenario. Los 200 años de las primeras declaraciones latinoamericanas que hoy se asimilan, redondeando conceptos, a proclamaciones de independencia, estallarán durante 2010, con España como monigote de pim pam pum y huésped de honor en el banquillo de los acusados.

Lo que se declaraba no era la independencia, sino que ante la soberanía cesante de España, sojuzgada por Napoleón, los criollos reivindicaban su autogobierno, aunque únicamente, se entiende, hasta que Fernando VII recobrara su augusto trono. Cabe argumentar que una declaración de ruptura con España no era directamente asumible por aquellas repúblicas de propietarios en un mar de indigentes de otro color, con lo que habría que ver esa rebeldía como táctica que no osaba aún ser estrategia; pero, también, que la fórmula transaccional permitía imaginar otro final contando con que parte del “criollato” —que sí existió— aceptara una soberanía interior sin desvinculación completa de la metrópoli, como ha argumentado el historiador ecuatoriano José Cañizares Esguerra y, sobre todo, con la prudencia de las Cortes de Cádiz —que no existió— para reconocer en pie de igualdad al mundo hispanoamericano. Pero esa solución era demasiado moderna.

Los propósitos que animan a los gobernantes latinoamericanos son tan variados como su procedencia. La Colombia del presidente Uribe, con mucho criollo en el poder, quisiera celebraciones apacibles sin réprobos ni verdugos, pero ya se encargarán algunos fierabrás de la izquierda de hablar de genocidio; y lo mismo cabría decir de México, cuya dirigencia aunque es más hispánica que el sepulcro del Cid, el mestizaje del país y lo a mano que cae recordar a Hernán Cortés crearán tensiones en todo el espectro político. Y Argentina, una presunta Europa en el cono sur, que gobierna una diarquía de apellido Fernández —¿o es Kirchner?— bailará al son que convenga para sobrevivir a una sociedad cada día más díscola en su proliferación de peronismos. Pero el maremoto es, sobre todo, caribe y andino.

El bolivariano Chávez concibe las celebraciones como una recuperación de tono muscular ante unas elecciones legislativas en septiembre, que si hay que creer a las encuestas deberían preocuparle. El presidente Evo Morales, indio aymara, presenta enmienda a la totalidad: “No hubo colonización, sino invasión para robarse nuestros recursos”, ha dicho y, puestos a festejar, considera mucho más reivindicables algunas algaradas indígenas del XVIII, que el torpor con que La Paz enfocó la independencia, más preocupada por librarse de Buenos Aires que de Madrid, razón por la cual no hubo grito de independencia hasta 1825.

¿Qué va a ser de España en ese ‘acompañamiento’ votivo? Celebrar, financiar y no tomar ninguna iniciativa sin consensuarla con México, Colombia, Argentina, Perú y Chile; dialogar con Bolivia y Venezuela, que con Ecuador, bajo Rafael Correa y pese a su bolivarianismo, no hay problema. Y explorar cómo puede España reconocer su responsabilidad, pero sólo conjuntamente con el criollo que fue brazo ejecutor de tanto abuso y crimen contra el indígena y el esclavo durante la colonia y en la independencia, porque los pecados del pasado, como subraya el guatemalteco Severo Martínez Peláez en “La patria del criollo”, no se olvidan; y España necesita hacer borrón y cuenta nueva.

 

 

Viernes, a 23 de Octubre de 2009

 

Título: Ágora

Dirección: Alejandro Amenábar

País: Estados Unidos, España

Año: 2009

Duración: 126 min.

Guión: Alejandro Amenábar, Mateo Gil

Reparto: Rachel Weisz (Hipatia), Max Minghella (Davo), Oscar Isaac (Orestes), Ashraf Barhom (Armonio), Michael Lonsdale (Teón), Rupert Evans (Silesio), Richard Durden (Olimpio), Sami Samir (Cirilo), Manuel Cauchi (Teófilo), Homayoun Ershadi (Aspasio), Oshri Cohen (Medoro), Harry Borg, Charles Thake, Amber Rose Revah, Christopher Dingli, Clint Dyer, Jordan Kiziuk, Alan Paris, Charles Sammut, Andre Agius, Reuben Fenech, Juan Serrano, Wesley Ellul, Angele Galea, Paul Barnes, Samuel Montague, Christopher Raikes

Web: www.agoralapelicula.com

Distribuidora: 20th Century Fox

Presupuesto: 73.000.000,00 $ (50.000.000 €)

Dirección artística: Dominique Arcadio, Frank Walsh, Jason Knox-Johnston, Matthew Gray, Stuart Kearns

Diseño de producción: Guy Dyas

Fotografía: Xavi Jiménez

Música: Alejandro Amenábar y Dario Marianelli

 

Sabía quién era y cómo terminaría su vida, pero hasta que visioné Ágora, la última película de Alejandro Amenábar, no conocía los detalles más importantes de su existencia y el escabroso final de su vida.

Hipatia (Rachel Weisz), la hija de Teón (el gran Michael Lonsdale), el último director de la Biblioteca de Alejandría (siglo IV D.C.), el centro de sabiduría y cultura más importante de toda la historia de la humanidad hasta finales del siglo XIX, era una astrónoma y filósofa neo-platónica atea, que tenía un solo dios en su vida, la ciencia, y una sola fe, la filosofía.

Educada en la inmejorable compañía de los más célebres astrónomos de la época, de los mejores filósofos y bajo el paraguas de la racionalidad pura, Hipatia dudaba de todo lo establecido e irrefutable, renegaba de todos los dogmas y dioses, y era, por ese motivo, el epicentro de los terremotos de los odios de los religiosos y popes monoteístas, ya fueran judíos o cristianos: todos eran (con iguales) iguales y todos henchidos de ansias de poder y dominación.

Su historia, ocultada durante años por los fundamentalistas y detractores del libre pensamiento, fue un ejemplo de hasta que punto puede ser de nefasto y retrógrado dejar que las creencias y la barbarie integrista rijan nuestras vidas o manejen la política de un estado.

La estética y puesta en escena de la película es prodigiosa: la reproducción de la Alejandría del siglo IV es modélica en la réplica de toda una ciudad, de su estilo de vida, de sus costumbres.

Lo que va desgranando las imágenes no deja de ser la crónica de una muerte anunciada, un relato casi documental del final de una época dorada de cultura y librepensamiento: nada ni nadie puede vencer a la barbarie intransigente del que se cree poseedor de la verdad absoluta; nada ni nadie puede luchar contra el que se arroga del derecho a poseer la iluminación divina; nada ni nadie puede evitar fenecer ante el poder del que se nombra a si mismo representante de un dios en la tierra (el dios que sea).

En la lucha en pos de la razón como motor de la vida, ni pudo Hipatia ni seguramente podrá nadie de nosotros: así nos va, sobreviviendo a siglos de luchas y odios religiosos.

Si al salir del cine, mientras pervive en tu retina la brutalidad de las piedras rompiendo el cuerpo de Hipatia, no reniegas de la irracionalidad de creer en lo increíble, significará que no has entendido el mensaje de Ágora: una pena.

Alfredo Webmaster

 

¡No lo creas Cirilo! Viven en mi corazón,

no como los ves, vestidos de formas perecederas;

sujetos hasta en el cielo a las pasiones humanas,

adorados por el vulgo y dignos de desdén,

sino como los han visto espíritus sublimes:

en el espacio estrellado que carece de moradas,

fuerzas del universo, virtudes interiores,

unión armoniosa de la tierra y el cielo

que encanta al pensamiento, el oído y los ojos,

y que ofrece su ideal accesible a los sabios,

y a la belleza del alma esplendor visible.

¡Tales son mis dioses!

 

"Hipatia y Cirilo", de Laconte de Lisle (1857)

 

 

 

 

Miércoles, a 13 de Agosto de 2008

La Torre de Hércules, el faro más antiguo del mundo todavía en funcionamiento, se erige majestuoso y solitario mientras contempla, desde su privilegiado y agreste promontorio, el grandioso mar de los ártabros y el antiguo asentamiento de Brigantium. Sólo el Obelisco Millenium, emblema del siglo XXI, es capaz de desafiar a la histórica torre romana.

Por Belén Franco


Algo de leyenda

Las ciudades antiguas siempre se han apropiado de legendarios fundadores. En el caso de la ciudad de A Coruña, su origen se sumerge en evocadoras leyendas históricas. Su héroe, por excelencia, ha sido Hércules, uno de los muchos hijos de Zeus.

Según cuenta el relato escrito por Afonso X O Sabio, en su “Estoria de Espanna”, por estas tierras existió un gigante de nombre Gerión que exigía a todos los habitantes la entrega de la mitad de sus posesiones. Agobiados por este injusto sometimiento, solicitaron la ayuda de Hércules que, no sólo venció al gigante en una lucha que duró tres días con sus correspondientes noches, sino que lo mató y enterró su cabeza, construyendo sobre el túmulo una torre sobre la que se instaló un espejo en el que se reflejaban las naves que se acercaban a la costa. Parece que una mujer, llamada Coruña, fue la primera persona en llegar hasta el lugar; y, en su honor, el semidiós quiso atribuirle este nombre a la nueva población que empezaría a nacer. De la presencia de este héroe en la ciudad, nos queda el solemne y eterno vestigio de la torre que lleva su nombre. Además, a raíz de aquel acontecimiento, el escudo de A Coruña incorpora la leyenda de Hércules con la representación del faro junto a la calavera de Gerión y dos huesos a los pies de ella.

Otra narración, de origen celta, atribuye a Breogán, caudillo de los ártabros de la Galicia prerromana, la fundación de Brigantium y la edificación de la torre. Su hijo Ith divisó, desde aquí, las costas de Irlanda, emprendiendo la navegación hacia su conquista, aunque fracasaría en este empeño.

Más allá de la literatura mitológica, la historia nos narra, gracias a una inscripción latina grabada sobre una roca que se conserva al lado del faro, que la orden de construirlo, la dio Trajano, en el siglo II de nuestra era; y que el autor del magnífico proyecto fue el lusitano Cayo Servio Lupo, natural de Aeminio (actual Coimbra), que dedicó su obra al dios Marte.

Algo de historia

Los deseos de conquista de los romanos siempre anhelaron las tierras de los cántabros, astures y galaicos. Hacia este extremo del noroeste peninsular, poblado por tribus castreñas, se orientaron campañas y expediciones de conquista dirigidas por famosos e históricos caudillos romanos en busca del  oro y del estaño de este territorio. Como manifestación de la presencia de la civilización y cultura romanas, nos quedan importantes e interesantes ejemplos arquitectónicos de gran espectacularidad por nuestras provincias gallegas. Uno de esos legados es la Torre de Hércules.

Sabemos que en Brigantium (A Coruña), debió de existir un núcleo urbano relevante, que se remonta a la época prerromana, con un importante puerto –el Magnus Portus Artabrorum-, y con una notoria actividad marinera, si tenemos en consideración la presencia de su grandioso faro romano que atestigua este lejano origen. Restos arqueológicos descubiertos han puesto de manifiesto que, quizá, uno o dos siglos antes de construir el monumento romano, existiese en el lugar un puesto de señalización y de vigilancia. Y es que  por la situación estratégica que su puerto confería, el asentamiento geográfico emergente se convierte, de esta forma, en un importante centro de rutas comerciales entre el Mediterráneo y las Islas Británicas, como así lo atestiguan los registros cerámicos. Los romanos deciden, por tanto, establecerse en esta ciudad marcadamente atlántica. Posiblemente, la relevancia que debió de alcanzar el puerto de Brigantium favoreció el levantamiento del faro, con el fin de vigilar esta costa y de orientar a las gentes del mar. A pesar de que algún cronista menciona a los colonos fenicios, que llegaban con frecuencia a estas costas, como los artífices iniciales de este colosal proyecto -quizá para atribuirle mayor antigüedad al edificio-, siempre se le ha considerado como una de las obras civiles más singulares y destacadas de la Hispania romana, comparándola con el famoso faro de Alejandría. Aunque los originarios 35 metros de la torre de Brigantium se quedan escasos frente a los 134 metros de la egipcia.

Gracias a las ilustraciones y trabajos de investigación publicados, que de esta valiosa torre nos han legado varios autores -entre ellos destaco Investigaciones sobre la fundación y fábrica de la Torre llamada de Hércules, situada a la entrada del puerto de La Coruña”, obra del siglo XVIII, del ilustrado Joseph Cornide, que se arriesgó a estudiar cómo sería la antigua estructura romana-, conocemos que, hoy en día, el faro nos muestra un aspecto diferente al que tenía en el proyecto inicial de Servio Lupo. Así sabemos que la moldura en relieve, que recorre helicoidalmente su fachada, reproduce, de manera ornamental, la antigua rampa que subía por el exterior del edificio y por la que ascendían los carros cargados con la leña para mantener encendida la hoguera (por las excavaciones arqueológicas efectuadas en el año 1992, se sabe que esta rampa estuvo protegida, de los rigores meteorológicos, por un muro perimetral exterior, siendo todos estos elementos destruidos a lo largo de los siglos posteriores); o que el remate de los tres cuerpos de que consta este faro de planta cuadrada, que hoy en día se eleva unos 55 metros sobre el nivel del mar, estaría coronado por una cúpula; o que en su remodelación neoclásica, en el último tercio del siglo XVIII, de la mano del ingeniero Eustaquio Giannini, y ante el deterioro que el edificio sufría, se realizó un recubrimiento de la estructura preexistente, utilizando bloques de granito, dándole, así, su fisonomía actual.

El aspecto exterior de la torre no muestra ninguna huella romana. Para poder disfrutar de la ancestral fábrica, perfectamente conservada, accedo a su interior. En su entrada, me recibe una escultura de Hércules que custodia celosamente las entrañas de la torre.  Inmediatamente, ante mí, se extienden los restos de sus cimientos romanos; y aprecio claramente toda la obra antigua no sólo en la organización de su interior alrededor de un eje central cruciforme, que articula las tres plantas en cuatro cámaras iguales con bóveda de cañón, sino también en el roce de cada piedra, mientras voy subiendo sus más de 200 peldaños repartidos en los tres cuerpos y que me conducen al mirador con una grandiosa vista del océano. No es difícil comprobar, tampoco, a lo largo de mi ascensión, que algunos de los vanos de la obra romana se han transformado en las ventanas actuales.

La torre ha sufrido modificaciones a lo largo de la historia. Con el declinar del Imperio Romano, el comercio por mar disminuye, lo que implicaría el abandono del faro y la pérdida de su función, pasando a convertirse en atalaya defensiva. Es posible que, en el medievo, soportase asaltos que provocarían su destrucción y su aspecto ruinoso. Se aprovecharon las piedras que caían de su muro para utilizarlas como sillares en otras construcciones. Parece que parte del castillo de San Antón se edificó con esos aparejos.

El período de abandono y de ruina que supuso la Edad Media para la Torre de Hércules se transforma en un período de renacimiento  en la Edad Moderna. La torre, que se conocía por entonces como Castillo Viejo, es reconstruida gracias al Capitán General del Reino de Galicia, duque de Uceda. Asume, entonces, la función de atalaya, con fines defensivos, por su situación privilegiada para detectar posibles ataques por mar de naves francesas; pues, por esas fechas, España estaba en guerra con Francia. Se afianza la torre como símbolo; se realizan trabajos de acondicionamiento y se dictan normas municipales que prohíben la extracción de piedra de la torre para evitar su ruina y olvido; además se taladran las bóvedas que delimitan los pisos de la torre para construir la escalera interior que permitirá subir a la cúspide del faro, trabajos ejecutados por el arquitecto Amaro Antúnez. Cuando finalizaron estas obras, los cónsules de Flandes, Holanda e Inglaterra solicitaron la construcción de dos torrecillas con faroles, con el fin de mantener una luz encendida, todas las noches, durante diez años. A cambio, establecieron un impuesto que deberían pagar todos los navíos que llegasen a cualquier puerto gallego para subvencionar el mantenimiento de los fanales. Parece, por tanto, que a partir del siglo XVI, se inicia, paulatinamente, el principio del resurgir de la torre. Además, los peregrinos procedentes de Flandes e Inglaterra que desembarcaban en la ciudad de A Coruña, es probable que se encargaran de divulgar por Europa la grandiosidad que este faro ofrecía a los ojos de cualquier visitante.

Con el trabajo de Cornide -la mejor aportación que se ha realizado, hasta ahora, sobre la construcción- se inicia una nueva etapa en la historia de la torre basada en datos y normas de carácter científico impuestas por las ideas de la Ilustración. Giannini, aconsejado por Cornide, procederá a su restauración fundamental de estilo neoclásico, evitando que se pierda la estructura romana de la torre, respetando los viejos muros romanos interiores y los antiguos vanos y manteniendo el recuerdo, por medio de una banda diagonal, del recorrido de la desaparecida rampa que llegaba hasta la parte superior del faro, alternada con diez ventanas en cada fachada, unas con vanos abiertos y otras con vanos falsos. Por otro lado, la rehabilitación del faro se aprecia en los dos cuerpos octogonales superpuestos que forman parte del cuerpo superior para albergar la antigua linterna, reemplazada hoy por un sistema óptico de iluminación que, con sus cuatro destellos de luz blanca cada 20 segundos, baña de resplandor las aguas del Atlántico. Pero la intervención de Giannini no se limitó sólo al faro, sino que también abarcó su entorno con la proyección de una plataforma y escalera en la base de la torre y un acceso  con la ciudad. Con las obras dirigidas por Giannini, la torre alcanzó su recuperación definitiva. Hay que señalar que el interés del Real Consulado de A Coruña, respaldado por el Ministro de Marina y con la ayuda técnica del Departamento de Ferrol, impulsó muy favorablemente la finalización de los trabajos de mejora y de funcionamiento del faro.

Ya a finales del siglo XX, lo más relevante han sido las excavaciones arqueológicas al pie de la torre, que sacaron a la luz los restos del muro exterior romano, y la regeneración del espacio que rodea el faro. Recorro este entorno, convertido en un conjunto especialmente armónico, con la creación del denominado “Jardín de Hércules” y sus figuras escultóricas que aluden a la leyenda de la torre y al origen de la ciudad, empleando nombres tan evocadores como “Ártabros”, “Breogán”, “Guardianes”, “Rosa de los vientos”,”Caracola”, Hércules y Gerión”, entre otros; sin olvidar los relieves de bronce de las puertas de la edificación que narran la leyenda del monumento. Trabajos con un significado fuertemente simbólico y mítico, realizados, todos ellos, por diversos artistas contemporáneos y que han ayudado a la transformación de este ámbito en un interesante enclave histórico, cultural y natural.

Desde este privilegiado emplazamiento, batido por los vientos, es de obligado cumplimiento la contemplación del magnífico paisaje urbano y del agreste mar, de espuma blanca y plateada, que rodea a una ciudad íntimamente vinculada al Atlántico, en donde los tonos verdes, azules y grises se combinan armoniosamente hasta el horizonte.

El Obelisco Millenium, con sus 50 toneladas de cristales de roca y acero y con las representaciones de diversos episodios de la historia de esta legendaria ciudad grabados en sus vidrios, se erige, desde un estanque que simula el mar, como el símbolo de la ciudad para el nuevo milenio, al mismo tiempo que, con sus 50 metros de altura, le hace un guiño a su vecina Torre de Hércules.

Camino hacia la UNESCO

Esta solemne construcción arqueológica, inspiración de pintores como Lugrís y Seoane, inmortalizada por Picasso, evocada en la literatura por Curros Enríquez, Ramón Cabanillas o Francisco Añón, ha sido propuesta a la UNESCO como candidata española para convertirse en Patrimonio de la Humanidad, argumentando el gran valor que le confiere el ser el faro romano más antiguo del mundo en activo. Junto a las cualidades de singularidad, autenticidad y universalidad -adquiridas en su largo devenir de más de dos mil años de historia- su situación estratégica en la ruta marítima entre el Mediterráneo y el Atlántico norte la convierten en un importante vestigio de la tecnología marítima y de la navegación a gran escala durante el Imperio Romano. Conserva, también, algo muy importante: el atractivo ancestral de una cultura y de un tiempo histórico, mágico y legendario; sin olvidar el destacado valor inmaterial que le otorga su vinculación con la leyenda de Hércules, el magnífico entorno paisajístico que parece abrazarla, o el haber sido testigo mudo de destacados acontecimientos en la historia de la ciudad, de intercambios culturales y comerciales y de importantes naufragios marítimos que sucedieron, en sus inmediaciones, en los últimos años.

En Galicia, el Casco Histórico de Santiago y su catedral, el Camino de Santiago y la Muralla Romana de Lugo son, por ahora, los bienes que tienen la distinción de ser Patrimonio de la Humanidad. Hay que esperar a junio del 2009 para conocer la decisión que tomará la UNESCO relativa a esta nueva candidatura. El 1 de febrero de este año, 104 faros de toda España se encendieron, al mediodía, e hicieron sonar sus sirenas para apoyar la candidatura de la vetusta torre gallega en su singladura hacia la declaración de Patrimonio de la Humanidad. Una avería de la señal acústica en el mismo faro de Hércules impidió que, ese día, funcionase correctamente. Sólo cabe esperar que ese pequeño fallo mecánico en su normal ejecución no sea la  advertencia de un mal presagio.

La Torre, uno de los faros más emblemáticos de España, es una presencia simbólica, una fuente que rebosa de personajes mitológicos, de relatos legendarios. Es la clara manifestación de una convivencia armónica entre el arte romano de su interior y el neoclásico de su exterior que la convierten en un  valioso patrimonio cultural y artístico que seguirá despertando emociones y sensaciones mientras guía al visitante por el descubrimiento de su pasado.

“…este faro, además de ser beneficioso para los navíos que frecuentan este puerto y recorren su costa, será siempre, y sobre todo, la Torre de Hércules(Eustaquio Giannini)

 

 
Interior de la Torre de Hércules (cimientos)

 

 

Vista de A Coruña desde la Torre de Hércules

 

 
Vista al mar desde la Torre de Hércules

 

Miércoles, a 4 de Junio de 2008
1

Por Mila, de Perú.

Esta es la historia de la historia de Machu Picchu y su legado histórico, patrimonio cultural peruano y de la humanidad desde julio de 2007.

En 1911, oficialmente, fue descubierta la ciudadela de Machu Picchu por Hiram Bingham, un explorarador estadounidense. Digo oficialmente porque la gente de los poblados aledaños a la ciudadela ya la conocía y ahora hay información registrada que fue descubierta en 1902 por un peruano (Agustín Lizárraga) y, por lo que se sabe, Hiram Bingham aprovechó que el descubrimiento no había sido registrado para llegar hasta la mencionada ciudadela por la información de los lugareños y anunciar su “descubrimiento”.

Cuando Bingham comenzó las exploraciones, entre 1912 y 1915, excavó tesoros de Machu Picchu (vasijas de cerámica, piedras, maderas, estatuas de oro y de plata, joyas y huesos humanos) y decidió sacar TODAS las piezas extraídas de la ciudadela inca y luego del Perú, lo hizo “en calidad de préstamo” para su estudio en la Universidad de Yale por un período de 18 meses (un años y medio), que luego fue extendido por seis meses más. Al no recibir de regreso las piezas sacadas del Perú, el gobierno comenzó a realizar las gestiones para la devolución de éstas en 1920. La National Geographic Society, que co-auspició a Hiram Bigham en sus exploraciones, ha reconocido que las piezas arqueológicas fueron tomadas en calidad de préstamo y está comprometida en velar por su retorno al Perú, pero gran cosa no hace.

Al año siguiente de su llegada a Machu Picchu, Hiram Bingham sacó las piezas arqueológicas encontradas en el lugar; aunque no se sabía a ciencia cierta la cantidad de piezas incaicas que Bingham sacó de Machu Picchu desde su descubrimiento, se dio a conocer por el año 2002 en la web del Museo Peabody que se habían catalogado 4.092 piezas en la denominada Colección Machu Picchu, información que fue retirada a los pocos días de su publicación y luego la Universidad de Yale consideró que apenas 384 piezas debían ser repatriadas al Perú y en un lapso de 2 años; no crean que me equivoqué en la cifra, es correcta: ni 10 % del total se consideró para su devolución, por ser considerada, por los responsables de Yale, la única parte de “piezas museables” (aquellas que pueden ser expuestas), lo cual es obviamente muy subjetivo, porque nadie puede determinar lo que otro desea mostrar en una exposición.

Esta información era válida hasta hace no más de unos meses atrás, cuando finalmente la Universidad de Yale decide aceptar que el gobierno peruano envie una misión de especialistas del INC (Instituto Nacional de Cultura) para que haga el conteo y la catalogación respectiva de las piezas retenidas por este centro de estudios.

Cuál no será ahora la sorpresa del gobierno peruano al encontrarse con que esta catalogación ha alcanzado a aumentar en 10 veces el número de piezas retiradas por Bingham entre 1912 y 1915; pues sí, son 40 mil las piezas que están en poder de la Universidad de Yale, que insiste en negarse a devolverlas, manteniendo que sólo devolverá 384 piezas y en un lapso de 2 años, no inmediatamente, porque para su devolución además está poniendo como condición el cumplimiento de una serie de requisitos que sabe, por la incapacidad de gestión del INC (en el que siempre hay ingerencia política) y por la falta de recursos económicos (los cuales son limitados), que no serán cumplidos en el plazo estipulado, por lo tanto continuará con las 384 reliquias en su poder, como decimos aquí hasta el día de san blando (que no se sabe cuando), además de las otras más de 39 mil.

En el Perú hay un lugar que cumple los requisitos para mantener piezas arqueológicas, es el Museo de la Nación; sin embargo, este centro está en la ciudad de Lima y Yale exige que el museo esté en la ciudad del Cuzco (muy cerca de donde está ubicada la ciudadela de Machu Picchu).

Lo que me revuelve las entrañas por este abuso sin nombre y sinsentido es que quienes están en falta (Yale, como institución) continúan, desde 1920, negándole al Perú el derecho de tener su patrimonio cultural.

Entre 2001 y 2006 hubieron negociaciones entre el gobierno peruano y la Universidad de Yale, representada por su presidente, Richard C. Levin, sin embargo éstas no prosperaron por la negativa de Levin de permitir que especialistas peruanos fueran para hacer un inventario de todas las piezas en posesión de Yale, así como tampoco aceptaron reconocer que el Perú es el PROPIETRIO ÚNICO de esas piezas arqueológicas, bajo el argumento que los arqueólogos seleccionados por el gobierno peruano no estaban capacitados para realizar el trabajo, vaya pretención de Levis, calificar, o más bien descalificar, el trabajo de personas reconocidas en Perú por su trayectoria y trabajos.

Finalmente Yale concedió al Perú el derecho de catalogar las piezas en manos de este centro de estudios; con el trabajo realizado y siendo público el número real de piezas arqueológicas (conocidas en Yale como la colección Machu Picchu), que llegan a las 40 mil, como ya mencioné antes, ahora en el museo que se deberá construir en la ciudad del Cuzco, bajo especificaciones que determine Yale, que también será la “supervisora” de este museo, y además tendrá el derecho (ganado por prepotencia y por su poder) de escoger cuáles serán las 384 piezas a ser repatriadas al Perú, piezas arqueológicas peruanas que ninguno de nosotros peruanos hemos tenido la suerte de ver; las restantes 39.616 piezas se quedarán por 99 años más en manos de Yale para ¡¡¡“investigaciones adicionales”!!!, no entiendo qué incapacidad tan grande tienen los investigadores de Yale, que teniendo las piezas desde 1912 (durante 96 años) aún quieren casi un siglo adicional. Creo que este es un hecho que debería estar en los registros de ripley, casi 200 años para estudiar los mismos objetos arqueológicos y fuera de su centro de origen.

Mi pregunta final es si realmente Yale, una institución que se muestra moderna al mundo, está dispuesta a devolver el legado histórtico de nuestros antepasados para que todos los peruanos y los que nos visitan tengamos el derecho de ver, de conocer. Esas piezas que retiraron de Machu Picchu y que luego las llevaron a Estados Unidos y de las que ilegalmente Yale pretende apropiarse por usucapión (o prescripción adquisitiva). Supongo que es una respuesta que, aunque me adelanto en darla, sólo el tiempo la definirá.

Para quien desee hacer un paseo virtual por este patrimonio de la humanidad, la maravillosa ciudadela inca de Machu Picchu, le recomiendo entrar al enlace pulsando aquí. En una próxima oportunidad les hablaré de Machu Picchu, así como del camino inca, un recorrido impactante que requieren esfuerzo medio pero de mucha resistencia, aunque el panorama y el recorrido de por sí alientan a continuar hasta el final.

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Lunes, a 17 de Diciembre de 2007
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Escrito por Verónica, desde México.

En ocasión de que justamente en estas fechas dan inicio en México las tradicionales posadas que son fiestas populares que se celebran durante los nueve días antes de Navidad, o sea del 16 al 24 de Diciembre, comparto con ustedes parte de esta tradición en México y de su significado religioso, casi olvidado en estos días, estas fiestas recuerdan el peregrinaje de María y José desde su salida de Nazareth hasta Belén donde buscan un lugar donde alojarse para esperar el nacimiento del niño Jesús, en realidad el origen de esta tradición es netamente religioso. Aunque cabe mencionar que como católica no practicante no deja de emocionarme el recordar que de niña disfruté de cada posada que se realizaba en el barrio donde yo vivía y en donde a todo pulmón entoné los villancicos caminando con una velita encendida en mi mano formada en una fila de niños que recorríamos algunas calles, siempre con el interés principal de recibir “el bolo” al final del recorrido, durante el cual se iba rezando el rosario; sin embargo, esta tradición se ha ido deformando y perdiendo al paso de los años, incluso en México la mayoría de la gente que celebra ahora “las posadas” ignora el significado y origen de esta tradición llamando “posada” a cualquier fiesta que se celebra durante el mes de diciembre para festejar la proximidad de la navidad.

Su forma y origen:

En el México prehispánico celebraban el advenimiento de Huitzilopochtli (Dios de la Guerra) durante la época invernal o Panquetzaliztli y que iba del 17 al 26 de diciembre, coincidiendo con la época donde los europeos celebraban la Navidad. Estas celebraciones fueron cambiando una vez que el pueblo fue evangelizado por los españoles y la imagen de Huitzilopochtli fue sustituida por la de José y María.

Amenizadas con cánticos o villancicos, las posadas reaniman el espíritu religioso de los participantes, están llenas de emoción, alegría y amistad que siempre se respira durante este tiempo. Los aspectos comunes más importantes son el pedir posada con los cánticos tradicionales, rezar el rosario, recibir el “bolo” (una pequeña bolsita llena de dulces, cacahuates y frutas, que se reparten a los asistentes, principalmente a los niños) la tradicional bebida llamada “ponche” que es como un té de frutas y que si se desea puede agregarse el “piquete” como decimos los mexicanos y que no es otra cosa que agregar tequila al jarrito de barro que contiene el ponche.

Los niños van cantando por las calles algunos villancicos mientras sostienen una vela encendida en su mano (cómo olvidar que yo quemaba el cabello de los niños que me antecedían en la fila mientras rezaba el rosario y cantaba villancicos) y los que encabezan la procesión llevan una charola con una representación de los peregrinos (figuras de barro de Jesús, María y José, principales actores del “nacimiento” tradicional que se coloca aún en algunas casas y se elabora en Tonalá ó Tlaquepaque, en Jalisco, estado donde yo vivo).

En el punto clave de la celebración de la posada una parte de los asistentes entra a la casa del anfitrión en turno encargado de organizar la posada y obsequiar los “bolos” y otra parte permanece en el exterior de la casa para pedir posada con los siguientes versos que se cantan representando lo que la tradición nos dice acerca de que José y María tuvieron que ir de puerta en puerta pidiendo posada, este hecho podría no ser muy relevante ya que es muy probable que no hayan sido los únicos peregrinos que no encontraban lugar para pasar la noche, pero el caso de José y María es muy especial ya que María se encontraba embarazada y a punto de dar a luz.

Este es el cántico que se entona para “pedir posada” en casa del anfitrión:

Afuera: En el nombre del cielo os pido posada pues no puede andar mi esposa amada.

Adentro: Aquí no es mesón sigan adelante yo no debo abrir no sea algún tunante.

Afuera: No seas inhumano tennos caridad que el Dios de los cielos te lo premiará.

Adentro: Ya se pueden ir y no molestar porque si me enfado os voy a apalear.

Afuera: Venimos rendidos desde Nazareth, yo soy carpintero de nombre José.

Adentro: No me importa el nombre déjenme dormir pues que ya les digo que no hemos de abrir.

Afuera: Posada te pido amado casero por sólo una noche la Reina del Cielo.

Adentro: Pues si es una reina quien lo solicita ¿Cómo es que de noche anda tan solita?

Afuera: Mi esposa es María, es Reina del Cielo, y madre va ha ser del Divino Verbo.

Adentro: ¿Eres tu José? ¿Tu esposa es María? Entren peregrinos no los conocía.

Afuera: Dios pague, señores vuestra caridad y os colme el Cielo de Felicidad.

Adentro: Dichosa la casa que alberga este día a la Virgen Pura, la hermosa María.

TODOS:

Entren santos peregrinos, peregrinos,

Reciban este rincón,

Que aunque es pobre la morada, la morada,

Os la doy de corazón.

Cantemos con alegría, alegría,

Todos al considerar,

Que Jesús, José y María y María

Nos vinieron hoy a honrar.

Luego toca el turno a romper la piñata, que es quizá la parte más divertida de la posada; sobre todo cuando eres niño. En el origen de esta costumbre, los misioneros españoles forraban una olla con papeles de colores y le ponían 7 picos que representaban los 7 pecados capitales, al romper con un palo esta representación caían encima de ellos dulces y regalos como recompensa del cielo por haber roto con los pecados. A las personas que no pueden acercarse a recoger dulces se les reparten "bolos ó aguinaldos", que son bolsitas con dulces, galletas y fruta para que nadie se quede sin los beneficios de la piñata.

Los 9 días tradicionales de las posadas se hacen en honor a los 9 meses de embarazo que vivió María. Y así las fiestas continúan de casa en casa, hasta el día de Navidad.

Rotura de la piñata

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Domingo, a 21 de Mayo de 2006

 

Mientras que ayer se celebraba el 500 Aniversario del fallecimiento del Almirante Cristóbal Colón, los forenses e historiadores aún siguen investigando si sus restos son los que están enterrados en Sevilla (España) o en Santo Domingo (República Dominicana).

Para saberlo, varios científicos están contrastando el ADN de unos pocos huesos encontrados en ambas ciudades con los de don Cristóbal Colón de Carvajal y Maroto (Almirante de la Armada, XVII Duque de Veragua y de La Vega, Almirante de la Mar Océana, Adelantado Mayor de las Indias, Marqués de Águilafuente y Grande de España) su descendiente más actual.

Si aún persiste el misterio sobre dónde está enterrado el Descubridor de América, el de su nacimiento podría haberse desvelado en un trabajo que condensa medio siglo de investigaciones sobre el origen del Descubridor.

Nombre para recordar: Alfonso Philippot, historiador y capitán de la Marina Mercante.

Alfonso es el autor del libro La identidad de Cristóbal Colón, prologado, precisamente, por el actual Cristóbal Colón cuyo ADN dirá dónde reposa su antepasado.

El Duque de Veragua dice que Philippot "es acreedor del más profundo respeto de todos cuantos, como él, hemos dedicado muchas horas de paciente lectura a un personaje histórico tan apasionante”.

Y el propio prologuista explica que el marino-historiador expone la sorprendente y creíble tesis de que Colón era en realidad el gallego don Pedro Madruga de Soutomaior, Señor de Soutomaior (Pontevedra – Galicia), noble que fue perdonado por los Reyes Católicos y no ejecutado por sus revueltas palaciegas, que navegó con el apellido Colón, el de uno de sus antepasados, un marino establecido en Pontevedra.

La tesis se desarrolla en 745 páginas, 200 fotografías y documentos, casi todos inéditos, planos geográficos y 110 árboles genealógicos.

Según esta teoría tan bien estructurada y analizada, Cristóbal Colón sería pontevedrés de Poio y toda su vida, costumbres, lengua, firmas y heráldica estarían explicadas por su pertenencia a la Casa de los Soutomaior. La investigación de Philippot es fascinante.

Como dice el actual Duque de Veragua, descendiente directo de Cristóbal Colón, la teoría Philippot es la más creíble, redonda y elegante que hay sobre su origen y nacimiento. El resto de las teorías que circulan, la genovesa o la catalana, presentan huecos y lagunas irrecuperables y fallos insalvables.

 

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