Música y Vino

Puedo intentar ser sincero pero nunca seré imparcial…
Miércoles, a 4 de Diciembre de 2013


Hispania romana (distribución provincial)

Hispania romana (principales ciudades)

Una historia de España (I)

Érase una vez una piel de toro con forma de España -llamada Ishapan: tierra de buenos conejos :-), les juro que la palabra significaba eso-, habitada por un centenar de tribus, cada una de las cuales tenía su lengua e iba a su rollo. Es más: procuraban destriparse a la menor ocasión, y sólo se unían entre sí para reventar al vecino que (a) era más débil, (b) destacaba por tener las mejores cosechas o ganados, o (c) tenía las mujeres más guapas, los hombres más apuestos y las chozas más lujosas.

Fueras cántabro, astur, bastetano, mastieno, ilergete o lo que se terciara, que te fueran bien las cosas era suficiente para que se juntaran unas cuantas tribus y te pasaran por la piedra, o por el bronce, o por el hierro, según la época prehistórica que tocara. Envidia y mala leche al cincuenta por ciento (véanse carbono 14 y pruebas genéticas de ADN).

El caso es que así, en plan general, toda esa pandilla de hijos de puta, tan prolífica a largo plazo, podía clasificarse en dos grandes grupos étnicos: iberos y celtas. Los primeros eran bajitos, morenos, y tenían más suerte con el sol, las minas, la agricultura, las playas, el turismo fenicio y griego y otros factores económicos interesantes (véanse folletos de viajes de la época). Los celtas, por su parte, eran rubios, ligeramente más bestias y a menudo más pobres, cosa que resolvían haciendo incursiones en las tierras del sur, más que nada para estrechar lazos con las iberas; que aunque menos exuberantes que las rubias de arriba, tenían su puntito meridional y su morbo cañí (véase Dama de Elche).

Los iberos, claro, solían tomarlo a mal, y a menudo devolvían la visita. Así que cuando no estaban descuartizándose en su propia casa, iberos y celtas se la liaban parda unos a otros, sin complejos ni complejas. Facilitaba mucho el método una espada genuinamente aborigen llamada falcata: prodigio de herramienta forjada en hierro (véase Diodoro de Sicilia, que la califica de magnífica), que cortaba como hoja de afeitar y que, cual era de esperar en manos adecuadas, deparó a iberos, celtas y resto de la peña apasionantes terapias de grupo y bonitos experimentos colectivos de cirugía en vivo y en directo.

Ayudaba mucho que, como entonces la península estaba tan llena de bosques que una ardilla podía recorrerla saltando de árbol en árbol, todas aquellas ruidosas incursiones, destripamientos con falcata y demás actos sociales podían hacerse a la sombra, y eso facilitaba las cosas. Y las ganas. Animaba mucho, vamos.

De cualquier modo, hay que reconocer que en el arte de picar carne propia o ajena, tanto iberos como celtas, y luego esos celtíberos resultado de tantas incursiones románticas piel de toro arriba o piel de toro abajo, eran auténticos virtuosos. Feroces y valientes hasta el disparate (véanse el No-do de entonces y los telediarios de Teleturdetania), la vida propia o ajena les importaba literalmente un carajo; morían matando cuando los derrotaban y cantando cuando los crucificaban, se suicidaban en masa cuando palmaba el jefe de la tribu o perdía su equipo de fútbol, y las señoras eran de armas tomar.

O sea. Si eras enemigo y caías vivo en sus manos, más te valía no caer. Y si además aquellas angelicales criaturas de ambos sexos acababan de trasegar unas litronas de caelia -cerveza de la época, como la San Miguel o la Cruzcampo, pero en basto-, ya ni te cuento. Imaginen los botellones que liaban mis primos. Y primas. Que en lo religioso, por cierto, a falta todavía de monseñores que pastoreasen sus almas prohibiéndoles la coyunda, el preservativo y el aborto, y a falta también del bañador de Falete y de Sálvame para babear en grupo, rendían culto a los ríos -de ahí procede el refrán celtíbero de perdidos, al río-, las montañas, los bosques, la luna y otros etcéteras.

Y éste era, siglo arriba o siglo abajo, el panorama de la tierra de conejos cuando, sobre unos 800 años antes de que el Espíritu Santo en forma de paloma visitara a la Virgen María, unos marinos y mercaderes con cara de pirata, llamados fenicios, llegaron por el Mediterráneo trayendo dos cosas que en España tendrían desigual prestigio y fortuna: el dinero -la que más- y el alfabeto -la que menos-. También fueron los fenicios quienes inventaron la burbuja inmobiliaria adquiriendo propiedades en la costa, adelantándose a los jubilados anglosajones y a los simpáticos mafiosos rusos que bailan los pajaritos en Benidorm.

Pero de los fenicios, de los griegos y de otra gente parecida, hablaremos en un próximo capítulo. O no.

Una historia de España (II)

Como íbamos diciendo, griegos y fenicios se asomaron a las costas de Hispania, echaron un vistazo al personal del interior -si nos vemos ahora, imagínennos entonces en Villailergete del Arévaco, con nuestras boinas, garrotas, falcatas y demás- y dijeron: pues va a ser que no, gracias, nos quedamos aquí en la playa, turisteando con las minas y las factorías comerciales, y lo de dentro que lo colonice mi prima, si tiene huevos.

Y los huevos, o parte, los tuvieron unos fulanos que, en efecto, eran primos de los fenicios -«Venid, que lo tenéis fácil», dijeron éstos aguantándose la risa- y se llamaban cartagineses porque vivían a dos pasos, en Cartago, hoy Túnez o por allí. Y bueno. Llegaron los cartagineses muy sobrados a fundar ciudades: Ibiza, Cartagena y Barcelona -esta última lo fue por Amílcar Barça, creador también del equipo de fútbol que lleva su apellido y de la famosa frase Cartago is not Roma-.

Hubo, de entrada, un poquito de bronca con algunos caudillos celtíberos (socios del Madrid según Estrabón, lo que puede explicarlo todo) llamados Istolacio, Indortes y Orisón, entre otros, que fueron debidamente masacrados y crucificados; entre otras cosas, porque allí cada uno iba a su aire, o se aliaba con los cartagineses el tiempo necesario para reventar a la tribu vecina, y luego si te he visto no me acuerdo (me parece que eso es Polibio quien lo dice).

Así que los de Cartago destruyeron unas cuantas ciudades: Belchite -que se llamaba Hélice- y Sagunto, que era próspera que te rilas. La pega estuvo en que Sagunto, antigua colonia griega, también era aliada de los romanos: unos pavos que por aquel entonces (siglo III antes de Cristo, echen cuentas) empezaban a montárselo de gallitos en el Mediterráneo. Y claro. Se lió una pajarraca notable, con guerra y tal.

Encima, para agravar la cosa, el nieto de Amílcar, que se llamaba Aníbal y era tuerto, no podía ver a Roma ni por el ojo sano, o sea, ni en fotos, porque de pequeño lo habían obligado a zamparse Quo Vadis en la tele cada Semana Santa, y acabó, la criatura, jurando odio eterno a los romanos.

Así que tras desparramar Sagunto, reunió un ejército que daba miedo verlo, con númidas, elefantes y crueles catapultas que arrojaban películas de Pajares y Esteso. Además, bajo el lema Vente con Aníbal, Pepe, alistó a 30.000 mercenarios celtíberos, cruzó los Alpes -ésa fue la primera mano de obra española cualificada que salió al extranjero- y se paseó por Italia dando estiba a diestro y siniestro.

El punto chulo de la cosa es que, gracias al tuerto, nuestros honderos baleares, jinetes y acuchilladores varios, precursores de los tercios de Flandes y de la selección española, participaron en todas las sobas que Aníbal dio a los de Roma en su propia casa, que fueron unas cuantas: Tesino, Trebia, Trasimeno y la final de copa en Cannas, la más vistosa de todas, donde palmaron 50.000 enemigos, romano más, romano menos.

La faena fue que luego, en vez de seguir todo derecho hasta Roma por la vía Apia y rematar la faena, Aníbal y sus huestes, hispanos incluidos, se quedaron por allí dedicados al vicio, la molicie, las romanas caprichosas, las costumbres licenciosas y otras rimas procelosas. Y mientras ellos se tiraban a la bartola, o a la Bartola, según, un general enemigo llamado Escipión desembarcó astutamente en España a la hora de la siesta, pillándolos por la retaguardia.

Luego conquistó Cartagena y acabó poniéndole al tuerto los pavos a la sombra; hasta que éste, retirado al norte de África, fue derrotado en la batalla de Zama, donde se suicidó para no caer en manos enemigas, por vergüenza torera, ahorrándose así salir en el telediario con los carpetanos, los cántabros y los mastienos que antes lo aplaudían como locos cuando ganaba batallas, amontonados ahora ante el juzgado -actitudes ambas típicamente celtíberas- llamándolo cobarde y chorizo.

El caso es que Cartago quedó hecho una piltrafa, y Roma se calzó Hispania entera. Sin saber, claro, dónde se metía. Porque si la Galia, con toda su vitola irreductible de Astérix, Obélix y demás, Julio César la conquistó en nueve años, para España los romanos necesitaron doscientos. Calculen la risa. Y el arte.

Pero es normal. Aquí nunca hubo patria, sino jefes (lo dice Plutarco en la biografía de Sertorio). Uno en cada puto pueblo: Indíbil, Mandonio, Viriato. Y claro. A semejante peña había que ir dándole matarile uno por uno. Y eso, incluso para gente organizada como los romanos, lleva su tiempo.

Una historia de España (III)

Estábamos con Roma. En que Escipión, vencedor de Cartago, una vez hecha la faena, dice a sus colegas generales «Ahí os dejo el pastel», y se vuelve a la madre patria. Y mientras, Hispania, que aún no puede considerarse España pero promete, se convierte, en palabras de no recuerdo qué historiador, en sepulcro de romanos: doscientos años para pacificar el paisaje, porque pueblos tipo Astérix tuvimos a punta de pala.

El sistema romano era picar carne de forma sistemática: legiones, matanza, crucifixión, esclavos. Lo típico. Lo gestionaban unos tíos llamados pretores, Galba y otros, que eran cínicos y crueles al estilo de los malos de las películas, en plan sheriff de Nottingham, especialistas en engañar a las tribus con pactos que luego no cumplían ni de lejos. El método funcionó lento pero seguro, con altibajos llamados Indíbil, Mandonio y tal.

El más altibajo de todos fue Viriato, que dio una caña horrorosa hasta que Roma sobornó a sus capitanes y éstos le dieron matarile. Su tropa, mosqueada, resistió numantina en una ciudad llamada Numancia, que aguantó diez años hasta que el nieto de Escipión acabó tomándola, con gran matanza, suicidio general (eso dicen Floro y Orosio, aunque suena a pegote) y demás.

Otro que se puso en plan Viriato fue un romano guapo y listo llamado Sertorio, quien tuvo malos rollos en su tierra, vino aquí, se hizo caudillo en el buen sentido de la palabra, y estuvo dando por saco a sus antiguos compatriotas hasta que éstos, recurriendo al método habitual -la lealtad no era la más acrisolada virtud local- consiguieron que un antiguo lugarteniente le diera las del pulpo.

Y así, entre sublevaciones, matanzas y nuevas sublevaciones, se fue romanizando el asunto. De vez en cuando surgían otras numancias, que eran pasadas por la piedra de amolar sublevatas. Una de las últimas fue Calahorra, que ofreció heroica resistencia popular -de ahí viene el antiguo refrán «Calahorra, la que no resiste a Roma es zorra»-. Etcétera.

La parte buena de todo esto fue que acabó, a la larga, con las pequeñas guerras civiles celtíberas; porque los romanos tenían el buen hábito de engañar, crucificar y esclavizar imparcialmente a unos y a otros, sin casarse ni con su padre. Aun así, cuando se presentaba ocasión, como en la guerra civil que trajeron Julio César y los partidarios de Pompeyo, los hispanos tomaban partido por uno u otro, porque todo pretexto valía para quemar la cosecha o violar a la legítima del vecino, envidiado por tener una cuadriga con mejores caballos, abono en el anfiteatro de Mérida u otros privilegios.

El caso es que paz, lo que se dice paz, no la hubo hasta que Octavio Augusto, el primer emperador, vino en persona y le partió el espinazo a los últimos irreductibles cántabros, vascones y astures que resistían en plan hecho diferencial, enrocados en la pelliza de pieles y el queso de cabra -a Octavio iban a irle con reivindicaciones autonómicas, mis primos-. El caso es que a partir de entonces, los romanos llamaron Hispania a Hispania, dividiéndola en cinco provincias.

Explotaban el oro, la plata y la famosa triada mediterránea: trigo, vino y aceite. Hubo obras públicas, prosperidad, y empresas comunes que llenaron el vacío que (véase Plutarco, chico listo) la palabra patria había tenido hasta entonces.

A la gente empezó a ponerla eso de ser romano: las palabras hispanus sum, soy hispano, cobraron sentido dentro del cives romanus sum general. Las ciudades se convirtieron en focos económicos y culturales, unidos por carreteras tan bien hechas que algunas se conservan hoy.

Jóvenes con ganas de ver mundo empezaron a alistarse como soldados de Roma, y legionarios veteranos obtuvieron tierras y se casaron con hispanas que parían hispanorromanitos con otra mentalidad: gente que sabía declinar rosa-rosae y estudiaba para arquitecto de acueductos y cosas así.

También por esas fechas llegaron los primeros cristianos; que, como monseñor Rouco aún no había sido ordenado obispo -aunque estaba a punto-, todavía se dedicaban a lo suyo, que era ir a misa, y no daban la brasa con el aborto y esa clase de cosas. Prueba de que esto pintaba bien era la peña que nació aquí por esa época: Trajano, Adriano, Teodosio, Séneca, Quintiliano, Columela, Lucano, Marcial... Tres emperadores, un filósofo, un retórico, un experto en agricultura internacional, un poeta épico y un poeta satírico. Entre otros.

En cuanto a la lengua, pues oigan. Que veintitantos siglos después el latín sea una lengua muerta, es inexacto. Quienes hablamos en castellano, gallego o catalán, aunque no nos demos cuenta, seguimos hablando latín.

Una historia de España (IV)

Pues aquí estábamos, cuatro o cinco siglos después de Cristo, en plena burbuja inmobiliaria, viviendo como ciudadanos del imperio romano; que era algo parecido a vivir como obispos pero en laico, con minas, agricultura, calzadas y acueductos, prósperos y tal, con el último modelo de cuadriga aparcado en la puerta, hipotecándonos para ir de vacaciones a las termas o comprar una segunda domus en el litoral de la Bética o la Tarraconense. Viviendo de puta madre. Y con el boom del denario, y la exportación de ánforas de vino, y la agricultura, la ganadería, las minas y el comercio y las bailarinas de Gades todo iba como una traca.

Y entonces -en asuntos de Historia todo está inventado hace rato- llegó la crisis. La gente dejó el campo para ir a las ciudades, la metrópoli absorbía cada vez más recursos empobreciendo las provincias, los propietarios se tornaron más ambiciosos y rapaces atrincherados en sus latifundios, los pobres fueron más pobres y los ricos más ricos. Y por si éramos pocos, parió la abuela: nos hicimos cristianos para ir al Cielo.

Ahí echaron sus primeros dientes el fanatismo y la intransigencia religiosa que ya no nos abandonarían nunca, y el alto clero hispano empezó a mojar en todas las salsas, incluida la gran propiedad rural y la política.

A todo esto, los antiguos legionarios que habían conquistado el mundo se amariconaron mucho, y en vez de apiolar bárbaros (originalmente, bárbaro no significa salvaje, sino extranjero) como era su obligación, se metieron también en política, poniendo y quitando emperadores. Treinta y nueve hubo en medio siglo; y muchos, asesinados por sus colegas.

Entonces, para guarnecer las fronteras, el limes del Danubio, el muro de Adriano y sitios así, les dijeron a los bárbaros de enfrente: «Oye, Olaf, quédate tú aquí de guardia con el casco y la lanza que yo voy a Roma a por tabaco». Y Olaf se instaló a este lado de la frontera con la familia, y cuando se vio solo y con lanza llamó a sus compadres Sigerico y Odilón y les dijo: «Venid pacá, colegas, que estos idiotas nos lo están poniendo a huevo». Y aquí se vinieron todos, afilando el hacha. Y fue lo que se llamaron invasiones bárbaras. Y para más Inri (que es una palabra romana) dentro de Roma estaban otros inmigrantes, que eran los teutones, partos, pictos, númidas, garamantes y otros fulanos que habían venido como esclavos, por la cara, o voluntarios para hacer los trabajos que a los romanos, ya muy tiquismiquis, les daba pereza hacer; y ahora con la crisis esos desgraciados no tenían otra que meterse a gladiadores -que no tenían seguridad social- y luego rebelarse como Espartaco, o buscarse la vida aun de peor manera.

Y a ésos, por si fueran pocos, se les juntaron los romanos de carnet, o sea, las clases media y baja empobrecidas por la crisis económica, enloquecidas por los impuestos de los Montorus Hijoputus de la época, asfixiadas por los latifundistas y acogotadas por los curas que encima prohibían fornicar, último consuelo de los pobres.

Así que entre todos empezaron a hacerle la cama al imperio romano desde fuera y desde dentro, con muchas ganas.

Imagínense a la clase política de entonces, más o menos como ahora la clase dirigente española, con el imperio-estado hecho una piltrafa, la corrupción, la mangancia y la vagancia, los senadores Anasagastis, la peña indignada cuando todavía no se habían puesto de moda las maneras políticamente correctas y todo se arreglaba degollando.

Añadan el ‘sálvese quien pueda’ habitual, y será fácil imaginar cómo aquello crujió por las costuras, acabándose lo de «Para frenar el furor de la guerra, inclinar la cabeza bajo las mismas leyes» (que escribió un tal Prudencio, de nombre adecuado al caso).

Las invasiones empezaron en plan serio a principios del siglo V: suevos y vándalos, que eran pueblos germánicos rubios y tal, y alanos, que eran asiáticos, morenos de pelo, y que se habían dado -calculen, desde Ucrania o por allí- un paseo de veinte pares de narices porque habían oído que Hispania era Jauja y había dos tabernas por habitante. El caso es que, uno tras otro, esos animales liaron la pajarraca saqueando ciudades e iglesias, violando a las respetables matronas que aún fueran respetables, y haciendo otras barbaridades, como el sustantivo indica, propias de bárbaros. Con lo que la Hispania civilizada, o lo que quedaba de ella, se fue a tomar por saco.

Para frenar a esas tribus, Roma ya no tenía fuerzas propias. Ni ganas. Así que contrató mano de obra temporal para el asunto. Godos, se llamaban. Con nombres raros como Ataúlfo y Turismundo. Y eran otra tribu bárbara, aunque un poquito menos.

Una historia de España (V)

Y fue el caso, o sea, que mientras el imperio se iba a tomar por saco entre bárbaros por un lado y decadencia romana por otro, y el mundo civilizado se partía en pedazos, en la Hispania ocupada por los visigodos se discutía sobre el trascendental asunto de la Santísima Trinidad. Y es que de entonces (siglo V más o menos), datan ya nuestros primeros pifostios religiosos, que tanto iban a dar de sí en esta tierra antaño fértil en conejos y siempre fértil en fanáticos y en gilipollas.

Porque los visigodos, llamados por los romanos para controlar esto, eran arrianos. O sea, cristianos convertidos por el obispo hereje Arrio, que negaba que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tuvieran los mismos galones en la bocamanga; mientras que los nativos de origen romano, católicos obedientes a Roma, sostenían lo de un Dios uno, trino y no hay más que hablar porque lo quemo a usted si me discute.

Así prosiguió ese tira y afloja de las dos Hispanias, nosotros y ellos, quien no está conmigo está contra mí, tan español como la tortilla de patatas o el paredón al amanecer, con los obispos de unos y otros comiéndole la oreja a los reyes godos, que se llamaban Ataúlfo, Teodoredo y tal. Hasta que en tiempos de Leovigildo, arriano como los anteriores, consiguieron que su hijo Hermenegildo se hiciera católico y liaron nuestra primera guerra civil; porque el niñato, con el fanatismo del converso y la desvergüenza del ambicioso, se sublevó contra su papi. Que en líneas generales estaba resultando ser un rey bastante decente y casi había logrado, con mucho esfuerzo y salivilla, unificar de nuevo esta casa de putas, a excepción de las abruptas tierras vascas; donde, bueno es reconocerlo históricamente, la peña local seguía belicosamente enrocada en sus montañas, bosques, levantamiento de piedras e irreductible analfabetismo prerromano.

El caso es que al nene Hermenegildo acabó capturándolo su padre Leovigildo y le dio matarile por la que había liado; pero como el progenitor era listo y conocía el paño, se quedó con la copla. Esto de una élite dominante arriana y una masa popular católica no va a funcionar, pensó. Con estos súbditos que tengo.

Así que cuando estaba recibiendo los óleos llamó a su otro hijo Recaredo -la monarquía goda era electiva, pero se las arreglaron para que el hijo sucediera al padre- y le dijo: mira, chaval, éste es un país con un alto porcentaje de hijos de puta por metro cuadrado, y su naturaleza se llama guerra civil. Así que hazte católico, pon a los obispos de tu parte y unifica, que algo queda. Si no, esto se va al carajo.

Recaredo, chico listo, abjuró del arrianismo, organizó el tercer concilio de Toledo, dejó que los obispos proclamaran santo y mártir al capullo de su hermano difunto, desaparecieron los libros arrianos -primera quema de libros de nuestra muy inflamable historia- y la iglesia católica inició su largo y provechoso, para ella, maridaje con el Estado español, o lo que esto fuera entonces; luna de miel que, con altibajos propios de los tiempos revueltos que trajeron los siglos, se prolongaría hasta hace poco en la práctica (confesores del rey, pactos, concordatos) y hasta hoy mismo (véase la simpática cara de monseñor Rouco) en las consecuencias.

De todas formas, justo es reconocer que cuando los clérigos no andaban metidos en política desarrollaban cosas muy decentes. Llenaron el paisaje de monasterios que fueron focos culturales y de ayuda social, y de sus filas salieron fulanos de alta categoría, como el historiador Paulo Orosio o el obispo Isidoro de Sevilla -San Isidoro para los amigos-, que fue la máxima autoridad intelectual de su tiempo, y en su influyente enciclopedia Etimologías, que todavía hoy ofrece una lectura deliciosa, resumió con admirable erudición todo cuanto su gran talento pudo rescatar de las ruinas del imperio devastado; de la noche que las invasiones bárbaras habían extendido sobre Occidente, y que en Hispania fue especialmente oscura.

Con la única luz refugiada en los monasterios, y la influyente iglesia católica moviendo hilos desde concilios, púlpitos y confesionarios, los reyes posteriores a Recaredo, no precisamente intelectuales, se enzarzaron en una sangrienta lucha por el poder que habría necesitado, para contarla, al Shakespeare que, como tantas otras cosas, en España nunca tuvimos. De los treinta y cinco reyes godos, la mitad palmaron asesinados. Y en eso seguían cuando hacia el año 710, al otro lado del Estrecho de Gibraltar, resonó un grito que iba a cambiarlo todo: No hay otro Dios que Alá, y Mahoma es su profeta.

Una historia de España (VI)

En el año 711, como dicen esos guasones versos que con tanta precisión clavan nuestra historia: «Llegaron los sarracenos / y nos molieron a palos; / que Dios ayuda a los malos / cuando son más que los buenos». Suponiendo que a los hispano-visigodos se los pudiera llamar buenos. Porque a ver.

De una parte, dando alaridos en plan guerra santa a los infieles, llegaron por el norte de África las tribus árabes adictas al Islam, con su entusiasmo calentito, y los bereberes convertidos y empujados por ellos. Para hacerse idea, sitúen en medio un estrecho de solo quince kilómetros de anchura, y pongan al otro lado una España, Hispania o como quieran llamarla -los musulmanes la llamaban Ispaniya, o Spania-, al estilo de la de ahora, pero en plan visigodo, o sea, cuatro millones de cabrones insolidarios y cainitas, cada uno de su padre y de su madre, enfrentados por rivalidades diversas, regidos por reyes que se asesinaban unos a otros y por obispos entrometidos y atentos a su negocio, con unos impuestos horrorosos y un expolio fiscal que habría hecho feliz a Mariano Rajoy y a sus más infames sicarios.

Unos fulanos, en suma, desunidos y bordes, con la mala leche de los viejos hispanorromanos reducidos a clases sociales inferiores, por un lado, y la arrogante barbarie visigoda todavía fresca en su prepotencia de ordeno y mando. Añadan el hambre del pueblo, la hipertrofia funcionarial, las ambiciones personales de los condes locales, y también el hecho de que a algún rey de los últimos le gustaban las señoras más de lo prudente -tampoco en eso hay ahora nada nuevo bajo el sol-, y los padres, y tíos, y hermanos y tal de algunas prójimas le tenían al lujurioso monarca unas ganas horrorosas. O eso dicen.

De manera que una familia llamada Witiza, y sus compadres, se compincharon con los musulmanes del otro lado, norte de África, que a esas alturas y por el sitio (Mauretania) se llamaban mauras, o moros: nombre absolutamente respetable que han mantenido hasta hoy, y con el que se les conocería en todas las crónicas de historias escritas sobre el particular -y fueron unas cuantas- durante los siguientes trece siglos. Y entre los partidarios de Witiza y un conde visigodo que gobernaba Ceuta le hicieron una cama de cuatro por cuatro al rey de turno, que era un tal Roderico, Rodrigo para los amigos. Y en una circunstancia tan española -para que luego digan que no existimos- que hasta humedece los ojos de emoción reconocernos en eso tantos siglos atrás, prefirieron entregar España al enemigo, y que se fuera todo a tomar por saco, antes que dejar aparte sus odios y rencores personales.

Así que, aprovechando -otra coincidencia conmovedora- que el tal Rodrigo estaba ocupado en el norte guerreando contra los vascos, abrieron la puerta de atrás y un jefe musulmán llamado Tariq cruzó el Estrecho (la montaña Yebel-Tariq, Gibraltar, le debe el nombre) y desembarcó con sus guerreros, frotándose las manos porque, gobierno y habitantes aparte, la vieja Ispaniya tenía muy buena prensa entre los turistas muslimes: fértil, rica, clima variado, buena comida, señoras guapas y demás. Y encima, con unas carreteras, las antiguas calzadas romanas, que eran estupendas, recorrían el país y facilitaban las cosas para una invasión, nunca mejor dicho, como Dios manda.

De manera que cuando el rey Rodrigo llegó a toda candela con su ejército en plan a ver qué diablos está pasando aquí, oigan, le dieron las suyas y las del pulpo. Ocurrió en un sitio del sur llamado La Janda, y allí se fueron al carajo la España cristianovisigoda, la herencia hispanorromana, la religión católica y la madre que las parió. Porque los cretinos de Witiza, el conde de Ceuta y los otros compinches creían que luego los moros iban a volverse a África; pero Tariq y otro fulano que vino con más guerreros, llamado Muza, dijeron «Nos gusta esto, chavales. Así que nos quedamos, si no tenéis inconveniente». Y la verdad es que inconvenientes hubo pocos.

Los españoles de entonces, a impulsos de su natural carácter, adoptaron la actitud que siempre adoptarían en el futuro: no hacer nada por cambiar una situación; pero, cuando alguien la cambia por ellos y la nueva se pone de moda, apuntarse en masa. Lo mismo da que sea el Islam, Napoleón, la plaza de Oriente, la democracia, no fumar en los bares, no llamar moros a los moros, o lo que toque. Y siempre, con la estúpida, acrítica, hipócrita, fanática y acomplejada fe del converso.

Así que, como era de prever, después de La Janda las conversiones al Islam fueron masivas, y en pocos meses España se despertó más musulmana que nadie. Como se veía venir.

Una historia de España (VII)

Estábamos en que los musulmanes, o sea, los moros, se habían hecho en sólo un par de años con casi toda la España visigoda; y que la peña local, acudiendo como suele en socorro del vencedor, se convirtió al Islam en masa, a excepción de una estrecha franja montañosa de la cornisa cantábrica.

El resto se adaptó al estilo de vida moruno con facilidad, prueba inequívoca de que los hispanos estaban de la administración visigoda y de la iglesia católica hasta el extremo del cimbel. La lengua árabe sustituyó a la latina, las iglesias se convirtieron en mezquitas, en vez de rezar mirando a Roma se miró a La Meca, que tenía más novedad, y la Hispania de romanos y visigodos empezó a llamarse Al Andalus ya en monedas acuñadas en el año 716.

Calculen cómo fue de rápido el asunto, considerando que, sólo un siglo después de la conquista, un tal Álvaro de Córdoba se quejaba de que los jóvenes mozárabes -cristianos que aún mantenían su fe en zona musulmana- ya no escribían en latín, y en los botellones de entonces, o lo que fuera, decían «Qué fuerte, tía» en lengua morube. El caso fue que, con pasmosa rapidez, los cristianos fueron cada vez menos y los moros más. Cómo se pondría la cosa que, en Roma, el papa de turno emitió decretos censurando a los hispanos o españoles cristianos que entregaban a sus hijas en matrimonio a musulmanes. Pero claro: ponerte estrecho es fácil cuando eres papa, estás en Roma y nombras a tus hijos cardenales y cosas así; pero cuando vives en Córdoba o Toledo y tienes dirigiendo el tráfico y cobrando impuestos a un pavo con turbante y alfanje, las cosas se ven de otra manera. Sobre todo porque ese cuento chino de una Al Andalus tolerante y feliz, llena de poetas y gente culta, donde se bebía vino, había tolerancia religiosa y las señoras eran más libres que en otras partes, no se lo traga ni el idiota que lo inventó.

Porque había de todo. Gente normal, claro. Y también intolerantes hijos de la gran puta. Las mujeres iban con velo y estaban casi tan fastidiadas como ahora; y los fanáticos eran, como siguen siendo, igual de fanáticos, lleven crucifijo o media luna.

Lo que, naturalmente, tampoco faltó en aquella España musulmana fue la división y el permanente nosotros y ellos.

Al poco tiempo, sin duda contagiados por el clima local, los conquistadores de origen árabe y los de origen bereber ya se daban por saco a cuenta de las tierras a repartir, las riquezas, los esclavos y demás parafernalia. Asomaba de nuevo las orejas la guerra civil que en cuanto pisas España se te mete en la sangre -para entonces ya llevábamos unas cuantas-, cuando ocurrió algo especial: como en los cuentos de hadas, llegó de Oriente un príncipe fugitivo joven, listo y guapo. Se llamaba Abderramán, y a su familia le había dado matarile el califa de Damasco.

Al llegar aquí, con mucho arte, el chaval se proclamó una especie de rey -emir, era el término técnico- e independizó Al Andalus del lejano califato de Damasco y luego del de Bagdad, que hasta entonces habían manejado los hilos y recaudado tributos desde lejos.

El joven emir nos salió inteligente y culto -de vez en cuando, aunque menos, también nos pasa- y dejó la España musulmana como nueva, poderosa, próspera y tal. Organizó la primera maquinaria fiscal eficiente de la época y alentó los llamados viajes del conocimiento, con los que ulemas, alfaquíes, literatos, científicos y otros sabios viajaban a Damasco, El Cairo y demás ciudades de Oriente para traerse lo más culto de su tiempo.

Después, los descendientes de Abderramán, Omeyas de apellido, fueron pasando de emires a califas, hasta que uno de sus consejeros, llamado Almanzor, que era listo y valiente que te rilas, se hizo con el poder y estuvo veinticinco años fastidiando a los reinos cristianos del norte -cómo crecieron éstos desde la franja cantábrica lo contaremos otro día- en campañas militares o incursiones de verano llamadas aceifas, con saqueos, esclavos y tal, una juerga absoluta, hasta que en la batalla de Calatañazor le salió el cochino mal capado, lo derrotaron y palmó. Con él se perdió un tipo estupendo.

Idea de su talante lo da un detalle: fue Almanzor quien acabó de construir la mezquita de Córdoba; que no parece española por el hecho insólito de que, durante doscientos años, los sucesivos gobernantes la construyeron respetando lo hecho por los anteriores; fieles, siempre, al bellísimo estilo original. Cuando lo normal, tratándose de moros o cristianos, y sobre todo de españoles, habría sido que cada uno destruyera lo hecho por el gobierno anterior y le encargara algo nuevo al arquitecto Calatrava.

Una historia de España (VIII)

Al principio de la España musulmana, los reinos cristianos del norte sólo fueron una nota a pie de página de la historia de Al Andalus. Las cosas notables ocurrían en tierra de moros, mientras que la cristiandad bastante tenía con sobrevivir, más mal que bien, en las escarpadas montañas asturianas.

Todo ese camelo del espíritu de reconquista, el fuego sagrado de la nación hispana, la herencia visigodo-romana y demás parafernalia vino luego, cuando los reinos norteños crecieron, y sus reyes y pelotillas cortesanos tuvieron que justificar e inventarse una tradición y hasta una ideología. Pero la realidad era más prosaica.

Los cristianos que no tragaban con los muslimes, más bien pocos, se echaron al monte y aguantaron como pudieron, a la española, analfabetos y valientes en plan Curro Jiménez de la época, puteando desde los riscos inaccesibles a los moros del llano.

Don Pelayo, por ejemplo, fue seguramente uno de esos bandoleros irreductibles, que en un sitio llamado Covadonga pasó a cuchillo a algún destacamento moro despistado que se metió donde no debía, le colocó hábilmente el mérito a la Virgen y eso lo hizo famoso. Así fue creciendo su vitola y su territorio, imitado por otros jefes dispuestos a no confraternizar con la morisma.

El mismo Pelayo, que era asturiano, un tal Íñigo Arista, que era navarro, y otros animales por el estilo -los suplementos culturales de los diarios no debían de mirarlos mucho, pero manejaban la espada, la maza y el hacha con una eficacia letal- crearon así el embrión de lo que luego fueron reinos serios con más peso y protocolo, y familias que se convirtieron en monarquías hereditarias. Prueba de que al principio la cosa reconquistadora y las palabras nación y patria no estaban claras todavía, es que durante siglos fueron frecuentes las alianzas y toqueteos entre cristianos y musulmanes, con matrimonios mixtos y enjuagues de conveniencia, hasta el extremo de que muchos reyes y emires de uno y otro bando tuvieron madres musulmanas o cristianas; no esclavas, sino concertadas en matrimonio a cambio de alianzas y ventajas territoriales.

Y al final, como entre la raza gitana, muchos de ellos acabaron llamándose primos, con lo que mucha degollina de esa época quedó casi en familia. Esos primeros tiempos de los reinos cristianos del norte, más que una guerra de recuperación de territorio propiamente dicha fueron de incursiones mutuas en tierra enemiga, cabalgadas y aceifas de verano en busca de botín, ganado y esclavos -una algara de los moros llegó a saquear Pamplona, reventando, supongo, los Sanfermines ese año-.

Todo esto fue creando una zona intermedia peligrosa, despoblada, que se extendía hasta el valle del Duero, en la que se produjo un fenómeno curioso, muy parecido a las películas de pioneros norteamericanos en el Oeste: familias de colonos cristianos pobres que, echándole huevos al asunto, se instalaban allí para poblar aquello por su cuenta, defendiéndose de los moros y a veces hasta de los mismos cristianos, y que acababan uniéndose entre sí para protegerse mejor, con sus granjas fortificadas, monasterios y tal; y que, a su heroica, brutal y desesperada manera, empezaron la reconquista sin imaginar que estaban reconquistando nada.

En esa frontera dura y peligrosa surgieron también bandas de guerreros cristianos y musulmanes que, entre salteadores y mercenarios, se ponían a sueldo del mejor postor, sin distinción de religión; con lo que se llegó al caso de mesnadas moras que se lo curraban para reyes cristianos y mesnadas cristianas al servicio de moros.

Fue una época larga, apasionante, sangrienta y cruel, de la que si fuéramos gringos tendríamos maravillosas películas épicas hechas por John Ford; pero que, siendo españoles como somos, acabó podrida de tópicos baratos y posteriores glorias católico-imperiales. Aunque eso no le quite su interés ni su mérito.

También por ese tiempo el emperador Carlomagno, que era francés, quiso quedarse con un trozo suculento de la península; pero guerrilleros navarros -imagínenselos- le dieron las suyas y las de un bombero en Roncesvalles a la retaguardia del ejército gabacho, picándola como una hamburguesa, y Carlomagno tuvo que conformarse con el vasallaje de la actual Cataluña, conocida como Marca Hispánica.

También, por aquel entonces, desde La Rioja empezó a extenderse una lengua magnífica que hoy hablan 450 millones de personas en todo el mundo. Y que ese lugar, cuna del castellano, no esté hoy en Castilla, es sólo uno de los muchos absurdos disparates que la peculiar historia de España iba a depararnos en el futuro.

Una historia de España (IX)

Estábamos en que la palabra Reconquista vino luego, a toro pasado, y que los patriohistoriadores dedicados a glorificar el asunto de la empresa común hispánica y tal mintieron como bellacos; así como también mienten, sobre etapas posteriores, ciertos neohistoriadores del ultranacionalismo periférico.

En el tiempo que nos ocupa, los enclaves cristianos del norte bastante tenían con arreglárselas para sobrevivir, y no estaban de humor para soñar con recomponer Hispanias perdidas: unos pagaban tributo de vasallaje a los moros de Al Andalus y todos se lo montaban como podían, a menudo haciéndose la puñeta entre ellos, traicionándose y aliándose con el enemigo, hasta el punto de que los emires musulmanes del sur, dándose con el codo, se decían unos a otros: tranqui, colega Mojamé, colega Abdalá, que no hay color, dejemos que esos cantamañanas se desuellen unos a otros -lo que demuestra, por otra parte, que como profetas los emires tampoco tenían ni puta idea-.

Cómo estarían las cosas reconquistadoras de poco claras por ese tiempo, que el primer rey cristiano de Pamplona del que se tiene noticia, Íñigo Arista, tenía un hermano carnal llamado Muza que era caudillo moro, y entre los dos le dieron otra soba después de Roncesvalles a Carlomagno; que en sus ambiciones sobre la Península siempre tuvo muy mal fario y se diría que lo hubiese mirado un tuerto.

El caso es que así, poco a poco, entre incursiones, guerras y pactos a varias bandas que incluían alianzas y tratados con moros o cristianos, según convenía, poco a poco se fue formando el reino de Navarra, crecido a medida que el califato cordobés y los musulmanes en general pasaban por períodos -españolísimos, también ellos- de flojera y bronca interna, en un período en el que cada perro se lamía su cipote, dicho en plata, y que acabó llamándose reinos de taifas, con reyezuelos que, como su propio nombre indica, iban a su rollo moruno.

Y de ese modo, entre colonos que se la jugaban en tierra de nadie y expediciones militares de unos y otros para saqueo, esclavos y demás parafernalia -eso de saquear, violar y esclavizar era práctica común de la época en todos los bandos, aunque ahora suene más bien raro-, la frontera cristiana se fue desplazando alternativamente hacia arriba y hacia abajo, pero sobre todo hacia abajo.

Sancho III el Mayor, rey navarro, uno de los que le había puesto a Almanzor los pavos a la sombra, pegó un soberbio braguetazo con la hija del conde de Castilla, que era la soltera más cotizada de entonces, y organizó un reino bastante digno de ese nombre, que al morir dividió entre sus hijos -prueba de que eso de unificar España y echar de aquí a la mahometana morisma todavía no le pasaba a nadie por la cabeza-.

Dio Navarra a su hijo García, Castilla a Fernando, Aragón a Ramiro, y a Gonzalo los condados de Sobrarbe y Ribagorza. De esta forma se fue definiendo el asunto: los de Castilla y Aragón tomaron el título de rey, y a partir de entonces pudo hablarse, con más rigor, de reinos cristianos del norte y de Al Andalus islámico al Sur.

En cuanto a Cataluña, entonces feudataria de los vecinos reyes francos, fue ensanchándose con gobernantes llamados condes de Barcelona. El primero de ellos que se independizó de los gabachos fue Wifredo, por apodo el Pilós o Velloso, que además de peludo debía de ser piadoso que te rilas, pues llenó el condado de magníficos monasterios.

Ciertos historiadores de pesebre presentan ahora al buen Wifredo como primer rey de una supuesta monarquía catalana, pero no dejen que les coman el tarro: reyes en Cataluña con ese nombre no hubo nunca. Ni de coña.

Los reyes fueron siempre de Aragón, y la cosa se ligó más tarde, como contaremos cuando toque. De momento eran condes catalanes, a mucha honra. Y punto.

Por cierto, hablando de monasterios, dos detalles. Uno, que mientras en el sur morube la cultura era urbana y se centraba en las ciudades, en el norte, donde la gente era más bestia, se cultivaba en los monasterios, con sus bibliotecas y todo eso. El otro punto es que por ese tiempo la Iglesia Católica, que iba adquiriendo grandes posesiones rurales de las que sacaba enormes ingresos, inventó un negocio estupendo, que podríamos llamar truco o timo del monje ausente: cuando una aceifa mora asolaba la tierra y saqueaba el correspondiente monasterio, los monjes lo abandonaban una larga temporada para que los colonos que se buscaban la vida en la frontera se instalaran allí y pusieran de nuevo las tierras en valor, cultivándolas. Y cuando la propiedad ya era próspera de nuevo, los monjes reclamaban su derecho y se adueñaban de todo, por la cara.

Una historia de España (X)

Mientras Al Andalus se estancaba militarmente, con una sociedad artesana y rural que cada vez era menos inclinada a las trompetas y fanfarrias bélicas, los reinos cristianos del norte, monarquías jóvenes y ambiciosas, se lo montaban más de chulitos y agresivos, ampliando territorios, estableciendo alianzas y jugándose unos a otros la del chino Fumanchú en aquel tira y afloja que ahora llamamos Reconquista, pero que entonces sólo era buscarse la vida sin miras nacionales.

Prueba de que aún no había conciencia moderna de España ni sentimiento patriótico general es que, ya metidos en el siglo XII, Alfonso VII repartió el reino de Castilla -unido entonces a León- entre sus dos hijos, Castilla a uno y León a otro, y que Alfonso I dejó Aragón nada menos que a las órdenes militares. Ese partir reinos en trozos, tan diferente al impulso patriótico cristiano que a los de mi quinta nos vendieron en el cole -y que tan actual sigue siendo en la triste España del siglo XXI-, no era ni es nuevo.

Se dio con frecuencia, prueba de que los reyes hispanos y sus niños -añadamos una nobleza tan oportunista y desnaturalizada como nuestra actual clase política- iban a lo suyo, y lo de la patria unificada tendría que esperar un rato; hasta el punto de que todavía la seguimos esperando, o más bien ya ni se la espera.

El ejemplo más bestia de esa falta de propósito común en la España medieval es Fernando I, rey de Castilla, León, Galicia y Portugal, que en el siglo onceno hizo un esfuerzo notable, pero a su muerte lo echó a perder repartiendo el reino entre sus hijos Sancho, Alfonso, García y Urraca, dando lugar a otra de nuestras tradicionales y entrañables guerras civiles, entre hermanos para variar, que tuvo consecuencias en varios sentidos incluido el épico, pues de ahí surgió la figura de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, cuya vida quedó contada en una buena película -Charlton Heston y Sophia Loren- que, por supuesto, rodaron los norteamericanos.

En esto del Cid, de quien hablaremos con detalle en el siguiente capítulo, conviene precisar que por aquel tiempo, con los moros locales bastante amariconados en la cosa bélica, poco amigos del alfanje y tibios en cuanto a rigor islámico, empezaron a producirse las invasiones de tribus fanáticas y belicosas que venían del norte de África para hacerse cargo del asunto en plan Al Qaida.

Fueron, por orden, los almorávides, los almohades y los benimerines: gente dura, de armas tomar, que sobre todo al principio no se casaba ni con su padre, y que a menudo dio a los monarcas cristianos cera hasta en el carnet de identidad.

El caso es que así, poquito a poco, a trancas y barrancas, con altibajos sangrientos, haciéndose pirulas, casándose, aliándose, construyendo cada cual su catedral, matándose entre sí cuando no escabechaban moros, los reyes de Castilla, León, Navarra, Aragón y los condes de Cataluña, cada uno por su cuenta -Portugal iba aún más a su aire-, fueron ampliando territorios a costa de la morisma hispana; que aunque se defendía como gato panza arriba y traía, como dije, refuerzos norteafricanos para echar una mano -y luego no podía quitárselos de encima-, se replegaba despacio hacia el sur, perdiendo ciudades a chorros.

La cosa empezó a estar clara con Fernando III de Castilla y León, pedazo de rey, que tomó a los muslimes Córdoba, Murcia y Jaén, hizo tributario al rey de Granada, y reforzado con tropas de éste conquistó Sevilla, que había sido mora durante 500 años, y luego Cádiz.

Su hijo Alfonso X fue uno de esos reyes que por desgracia no frecuentan nuestra historia: culto, ilustrado, pese a que hizo frente a otra guerra civil -la enésima, y las que vendrían- y a la invasión de los benimerines, tuvo tiempo de componer, u ordenar hacerlo, tres obras fundamentales: la Historia General de España -ojo al nombre-, las Cantigas y el Código de las Siete Partidas.

Por esa época, en Aragón, un rey llamado Ramiro II el Monje, conocedor de la idiosincrasia hispana, sobre todo la de los nobles -los políticos de entonces- tuvo un detalle simpático: convocó a la nobleza local, los decapitó a todos y con sus cabezas hizo una bonita exposición -hoy lo llamaríamos arte moderno- conocida como La campana de Huesca.

Por esas fechas, un plumilla moro llamado Ibn Said, chico listo y con buen ojo, escribió una frase sobre los bereberes que no me resisto a reproducir, porque define perfectamente a los españoles musulmanes y cristianos de aquellos siglos turbulentos, y también a buena parte de los de ahora mismo: «Son unos pueblos a los que Dios ha distinguido particularmente con la turbulencia y la ignorancia, y a los que en su totalidad ha marcado con la hostilidad y la violencia».

Una historia de España (XI)

Tenía pensado hablarles hoy del Cid Campeador, en monográfico, porque el personaje es para darle de comer aparte. De él se ha usado y abusado a la hora de hablar de moros, cristianos, Reconquista y tal; y en tiempos de la historiografía franquista fue uno de los elementos simbólicos más sobados por la peña educativa en plan virtudes de la raza ibérica, convirtiéndolo en un patriota reunificador de la España medieval y dispersa, muy en la línea de los tebeos del Capitán Trueno y el Guerrero del Antifaz; hasta el punto de que en mis libros escolares del curso 58-59 figuraban todavía unos versos que cito de memoria: «La hidra roja se muere / de bayonetas cercada / y el Cid, con camisa azul / por el cielo azul cabalga». Para que se hagan idea.

Pero la realidad estuvo lejos de eso. Rodrigo Díaz de Vivar, que así se llamaba el fulano, era un vástago de la nobleza media burgalesa que se crió junto al infante don Sancho, hijo del rey Fernando I de Castilla y León. Está probado que era listo, valiente, diestro en la guerra y peligroso que te rilas, hasta el punto de que en su juventud venció en dos épicos combates singulares: uno contra un campeón navarro y otro contra un moro de Medinaceli, y a los dos dio matarile sin despeinarse. En compañía del infante don Sancho participó en la guerra del rey moro de Zaragoza contra el rey cristiano de Aragón -la hueste castellana ayudaba al moro, ojo al dato-; y cuando Fernando I, supongo que bastante chocho en su lecho de muerte, hizo la estupidez de partir el reino entre sus cuatro hijos, Rodrigo Díaz participó como alférez abanderado del rey Sancho I en la guerra civil de éste contra sus hermanos.

A Sancho le reventó las asaduras un sicario de su hermana Urraca; y otro hermano, Alfonso, acabó haciéndose con el cotarro como Alfonso VI. A éste, según leyenda que no está históricamente probada, Rodrigo Díaz le habría hecho pasar un mal rato al hacerle jurar en público que no tuvo nada que ver en el escabeche de Sancho. Juró el rey de mala gana; pero, siempre según la leyenda, no le perdonó a Rodrigo el mal trago, y a poco lo mandó al destierro. La realidad, sin embargo, fue más prosaica. Y más típicamente española.

Por una parte, Rodrigo había dado el pelotazo del siglo al casarse con doña Jimena Díaz, hija y hermana de condes asturianos, que además de guapa estaba podrida de dinero. Por otra parte, era joven, apuesto, valiente y con prestigio. Y encima, chulo, con lo que no dejaban de salirle enemigos, más entre los propios cristianos que entre la mahometana morisma. La envidia hispana, ya saben. Nuestra deliciosa naturaleza.

Así que la nobleza próxima al rey, los pelotas y tal, empezaron a hacerle la cama a Rodrigo, aprovechando diversos incidentes bélicos en los que lo acusaban de ir a su rollo y servir sus propios intereses. Al final, Alfonso VI lo desterró; y el Cid -para entonces los moros ya lo llamaban Sidi, que significa señor- se fue a buscarse la vida con una hueste de guerreros fieles, imagínense la catadura de la peña, en plan mercenario. Como para ponerse delante.

No llegó a entenderse con los condes de Barcelona, pero sí con el rey moro de Zaragoza, para el que estuvo currando muchos años con éxito, hasta el punto de que derrotó en su nombre al rey moro de Lérida y a los aliados de éste, que eran los catalanes y los aragoneses. Incluso se dio el gustazo de apresar al conde de Barcelona, Berenguer Ramón II, tras darle una amplia mano de hostias en la batalla de Pinar de Tévar.

Así estuvo la tira de años, luchando contra moros y contra cristianos en guerras sucias donde todos andaban revueltos, acrecentado su fama y ganando pasta con botines, saqueos y tal; pero siempre, como buen y leal vasallo que era, respetando a su señor natural, el rey Alfonso VI. Y al cabo, cuando la invasión almorávide acogotó a Alfonso VI en Sagrajas, haciéndolo comerse una derrota como el sombrero de un picador, el rey se tragó el orgullo y le dijo al Cid: «Oye, Sidi, échame una mano, que la cosa está chunga». Y éste, que en lo tocante a su rey era un pedazo de pan, campeó por Levante -de paso saqueó la Rioja cristiana, ajustando cuentas con su viejo enemigo el conde García Ordóñez-, conquistó Valencia y la defendió a sangre y fuego.

Y al fin, en torno a cumplir 50 tacos, cinco días antes de la toma de Jerusalén por los cruzados, temido y respetado por moros y cristianos, murió en Valencia de muerte natural el más formidable guerrero que conoció España. Al que van como un guante otros versos que, éstos sí, me gustan porque explican muchas cosas terribles y admirables de nuestra Historia: «Por necesidad batallo / y una vez puesto en la silla / se va ensanchando Castilla / delante de mi caballo». 

Una historia de España (XII)

Para el siglo XIII o por ahí, mientras en el norte se asentaban los reinos de Castilla, León, Navarra, Aragón, Portugal y el condado de Cataluña, los moros de Al Andalus se habían vuelto más bien blanditos, dicho en términos generales: casta funcionarial, recaudadores de impuestos, núcleos urbanos más o menos prósperos, agricultura, ganadería y tal. Gente por lo general pacífica, que ya no pensaba en reunificar los fragmentados reinos islámicos hispanos, y mucho menos en tener problemas con los cada vez más fuertes y arrogantes reinos cristianos. La guerra, para la morisma, era más bien defensiva y si no quedaba más remedio.

La clase dirigente se había tirado a la bartola y era incapaz de defender a sus súbditos; pero lo que peor veían los ultrafanáticos religiosos era que los preceptos del Corán se llevaban con bastante relajo: vino, carne de cerdo, poco velo y tal. Todo eso era visto con indignación y cierto cachondeo desde el norte de África, donde alguna gente, menos barnizada por el confort, miraba todavía hacia la península con ganas de buscarse la vida. De qué van estos mierdas, decían. Que los cristianos se los están comiendo sin pelar, no se respeta el Islam y esto es una vergüenza moruna.

De manera que, entre los muslimes de aquí, que a veces pedían ayuda para oponerse a los cristianos, y la ambición y el rigor religioso de los del otro lado, se produjeron diversas llegadas a Al Andalus de tropas frescas, nuevas, con ganas, guerreras como las de antes. Peligrosas que te mueres.

Una de estas tribus fue la de los almohades, gente dura de narices, que proclamó la Yihad, la guerra santa -igual el término les suena-, invadió el sur de la vieja Ispaniya y le dio al rey Alfonso VIII de Castilla -otra vez se había dividido el reino entre hijos, para no perder la costumbre, separándose León y Castilla- una paliza de padre y muy señor mío en la batalla de Alarcos, donde al pobre Alfonso lo vistieron de primera comunión.

El rey castellano se lo tomó a pecho, y no descansó hasta que pudo montarles la recíproca a los moros en las Navas de Tolosa, que fue un pifostio de mucha trascendencia por varios motivos. En primer lugar, porque allí se frenó aquella oleada de radicalismo guerrero-religioso islámico. En segundo, porque con mucha habilidad el rey castellano logró que el papa lo proclamase cruzada contra los sarracenos, para evitar así que, mientras se enfrentaba a los almohades, los reyes de Navarra y León -que, también para variar, se la tenían jurada al de Castilla, y viceversa- le hicieran la puñeta apuñalándolo por la espalda. En tercer lugar, y lo que es más importante, en las Navas el bando cristiano, aparte de voluntarios franceses y de duros caballeros de las órdenes militares españolas, estaba milagrosamente formado por tropas castellanas, navarras y aragonesas, puestas de acuerdo por una vez en su puta vida. Milagros de la Historia, oigan. Para no creerlo ni con fotos. Y nada menos que con tres reyes al frente, en un tiempo en el que los reyes se la jugaban en el campo de batalla, y no casándose con lady Di o cayéndose en los escalones del bungalow mientras cazaban elefantes.

El caso es que Alfonso VIII se presentó con su tropa de Castilla, Pedro II de Aragón, como buen caballero que era -había heredado de su padre el reino de Aragón, que incluía el condado de Cataluña-, fue a socorrerlo con tropas aragonesas y catalanas, y Sancho VII de Navarra, aunque se llevaba fatal con el castellano, acudió con la flor de su caballería. Faltó a la cita el rey de León, Alfonso IX, que se quedó en casa, aprovechando el barullo para quitarle algunos castillos a su colega castellano. El caso es que se juntaron allí, en las Navas, cerca de Despeñaperros, 27.000 cristianos contra 60.000 moros, y se atizaron de una manera que no está en los mapas. La carnicería fue espantosa.

Parafraseando unos versos de Zorrilla -de La leyenda del Cid, muy recomendable podríamos decir eso de: «Costumbres de aquella era / caballeresca y feroz / donde acogotando al otro / se glorificaba a Dios». Ganaron los cristianos, pero en el último asalto. Y hubo un momento magnífico cuando, viéndose al filo de la derrota, el rey castellano, desesperado, dijo «aquí morimos todos», picó espuelas y cargó ciegamente contra el enemigo. Y los reyes de Aragón y de Navarra, por vergüenza torera y no dejarlo solo, hicieron lo mismo. Y allá fueron, tres reyes de la vieja Hispania y la futura España, o lo que saliera de aquello, cabalgando unidos por el campo de batalla, seguidos por sus alféreces con las banderas, mientras la exhausta y ensangrentada infantería, entusiasmada al verlos llegar juntos, gritaba de entusiasmo mientras abría las filas para dejarles paso.

Una historia de España (XIII)

En los albores del siglo XIII, el reino de Aragón se hacía rico, fuerte y poderoso. Petronila (una huerfanita de culebrón casi televisivo, heredera del reino) se había casado y comido perdices con el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV; así que en el reinado del hijo de éstos, Alfonso II (el que se batió como un tigre en Las Navas), quedaron asentados Aragón y Cataluña bajo las cuatro barras de la monarquía aragonesa.

Aquella familia tuvo la suerte de parir un chaval fuera de serie: se llamaba Jaime, fue el primer rey de Aragón con ese nombre, y pasó a la Historia con el apodo de El Conquistador no por las señoras entre las que anduvo, que también -era muy aficionado a intercambiar fluidos-, sino porque triplicó la extensión de su reino.

Hombre culto, historiador y poeta, Jaime I dio a los moros leña hasta en el turbante, tomándoles Valencia y las Baleares, y poniendo en el Mediterráneo un ojo de águila militar y comercial que aragoneses y catalanes ya no entornarían durante mucho tiempo.

Su hijo Pedro III arrebató Sicilia a los franceses en una guerra que salió bordada: el almirante Roger de Lauria los puso mirando a Triana en una batalla naval -hasta Trafalgar nos quedaban aún seiscientos años de poderío marítimo-, y en el asedio de Gerona los gabachos salieron por pies con epidemia de peste incluida.

La expansión mediterránea catalano-aragonesa fue desde entonces imparable, y las barras de Aragón se pasearon de tan triunfal manera por el que pasó a ser Mare Nostrum que hasta el cronista Desclot escribió -en fluida lengua catalana- que incluso «los peces llevan las cuatro barras de la casa de Aragón pintadas en la cola».

Hubo, eso sí, una ocasión de aún mayor grandeza perdida cuando Sancho el Fuerte de Navarra, al palmar, dejó su reino al rey de Aragón. Esto habría cambiado tal vez el eje del poder en la historia futura de España; pero los súbditos vascongados no tragaron, subió al trono un sobrino del conde de Champaña, y la historia de la Navarra hispana quedó por tres siglos vinculada a Francia hasta que la conquistó, incorporándola por las bravas a Aragón y Castilla, Fernando el Católico (el guapo que sale en la tele con la serie Isabel).

Pero el episodio más admirable de toda esta etapa aragonesa y catalana de nuestra peripecia nacional es el de los almogávares, las llamadas compañías catalanas: gente de la que ahora se habla poco, porque no era, ni mucho menos, políticamente correcta. Y su historia es fascinante.

Eran una tropa de mercenarios catalanes, aragoneses, navarros, valencianos y mallorquines en su mayor parte, ferozmente curtidos en la guerra contra los moros y en los combates del sur de Italia. Como soldados resultaban temibles, valerosos hasta la locura y despiadados hasta la crueldad. Siempre, incluso cuando servían a monarcas extranjeros, entraban en combate bajo la enseña cuatribarrada del rey de Aragón; y sus gritos de guerra, que ponían la piel de gallina al enemigo, eran Aragó, Aragó, y Desperta ferro: despierta, hierro.

Fueron enviados a Sicilia contra los franceses; y al acabar el desparrame, los mismos que los empleaban les habían cogido tanto miedo que se los traspasaron al emperador de Bizancio, para que lo ayudaran a detener a los turcos que empujaban desde Oriente.

Y allá fueron, 6.500 tíos con sus mujeres y sus niños, feroces vagabundos sin tierra y con espada. De no figurar en los libros de Historia, la cosa sería increíble: letales como guadañas, nada más desembarcar libraron tres sucesivas batallas contra un total de 50.000 turcos, haciéndoles escabechina tras escabechina.

Y como buenos paisanos nuestros que eran, en los ratos libres se codiciaban las mujeres y el botín, matándose entre ellos. Al final fue su jefe el emperador bizantino quien, acojonado, no viendo manera de quitarse de encima a fulanos tan peligrosos, asesinó a los jefes durante una cena, el 4 de abril de 1305. Luego mandó un ejército de 26.000 bizantinos a exterminar a los supervivientes.

Pero, resueltos a no dar gratis el pellejo, aquellos tipos duros decidieron morir matando: oyeron misa, se santiguaron, gritaron Aragó y Desperta ferro, e hicieron en los bizantinos una matanza tan horrorosa que, según cuenta el cronista Muntaner, que estaba allí, «no se alzaba mano para herir que no diera en carne».

Después, ya metidos en faena, los almogávares saquearon Grecia de punta a punta, para vengarse. Y cuando no quedó nada por quemar o matar, fundaron los ducados de Atenas y Neopatria, y se instalaron en ellos durante tres generaciones, con las bizantinas y tal, haciendo bizantinitos hasta que, ya más blandos con el tiempo, los cubrió la marea turca que culminaría con la caída de Constantinopla.

Una historia de España (XIV)

En la España cristiana de los siglos XIV y XV, como en la mora (ya sólo había 5 reinos peninsulares: Portugal, Castilla, Navarra, Aragón y Granada), la guerra civil empezaba a ser una costumbre local tan típica como la paella, el flamenco y la mala leche -suponiendo que entonces hubieran paella y flamenco, que no creo-.

Las ambiciones y arrogancia de la nobleza, la injerencia del clero en la vida política y social, el bandidaje, las banderías y el acuchillarse por la cara, daban el tono; y tanto Castilla como Aragón, con su Cataluña incluida, iban a conocer en ese período unas broncas civiles de toma pan y moja, que ya contaremos cuando toque; y que, como en episodios anteriores, habrían proporcionado materia extraordinaria para varias tragedias shakesperianas, en el caso de que en España hubiéramos tenido ese Shakespeare que para nuestra desgracia -y vergüenza- nunca tuvimos. Ríanse ustedes de Ricardo III y del resto de la británica tropa.

Hay que reconocer, naturalmente, que en todas partes se cocían habas, y que ni italianos ni franceses, por ejemplo, hacían otra cosa. La diferencia era que en la península ibérica, teóricamente, los reinos cristianos tenían un enemigo común, que era el Islam. Y viceversa.

Pero ya hemos visto que, en la práctica, el rifirrafe de moros y cristianos fue un proceso complicado, hecho de guerras pero también de alianzas, chanchullos y otros pasteleos, y que lo de Reconquista como idea de una España cristiana en plan Santiago cierra y tal fue cuajando con el tiempo, más como consecuencia que como intención general de unos reyes que, cada uno por su cuenta, iban a lo suyo, en unos territorios donde, invasiones sarracenas aparte, a aquellas alturas tan de aquí era el moro que rezaba hacia la Meca como el cristiano que oraba en latín.

Los nobles, los recaudadores de impuestos y los curas, llevaran tonsura o turbante, eran parecidísimos en un lado y en otro; de manera que a los de abajo, se llamaran Manolo o Mojamé, como ahora en el siglo XXI, siempre los fastidiaban los mismos.

En cuanto a lo que algunos afirman de que hubo lugares, sobre todo en zona andalusí, donde las tres culturas -musulmana, cristiana y judía- convivían fructíferamente mezcladas entre sí, con los rabinos, ulemas y clérigos besándose en la boca por la calle, hasta con lengua, más bien resulta un cuento chino. Entre otras cosas porque las nociones de buen rollito, igualdad y convivencia nada tenían que ver entonces con lo que por eso entendemos ahora.

La idea de tolerancia, más o menos, era: chaval, si permites que te reviente a impuestos y me pillas de buenas, no te quemo la casa, ni te confisco la cosecha, ni violo a tu señora. Por supuesto, como ocurrió en otros lugares de frontera europeos, la proximidad mestizó costumbres, dando frutos interesantes. Pero de ahí a decir (como Américo Castro, que iba a otro rollo tras la Guerra Civil del 36) que en la Península hubo modelos de convivencia, media un abismo.

Moros, cristianos y judíos, según donde estuvieran, vivían acojonados por los que mandaban, cuando no eran ellos; y tanto en la zona morube como en la otra hubo estallidos de violento fanatismo contra las minorías religiosas. Sobre todo a partir del siglo XIV, con el creciente radicalismo atizado por la cada vez más arrogante Iglesia católica, las persecuciones contra moros y judíos menudearon en la zona cristiana (hubo un poco en todas partes, pero los navarros se lo curraron con verdadero entusiasmo en plan Sanfermines, asaltando un par de veces la judería de Pamplona, y luego arrasando la de Estella, calentados por un cura llamado Oillogoyen, que además de estar como una cabra era un hijo de puta con balcones a la calle).

En cualquier caso, antijudaísmo endémico aparte -también los moros daban leña al hebreo-, las tres religiones y sus respectivas manifestaciones sociales coexistieron a menudo en España, pero nunca en plan de igualdad, como afirman ciertos buenistas y muchos cantamañanas. Lo que sí mezcló con la cristiana las otras culturas fueron las conversiones: cuando la cosa era ser bautizado, salir por pies o que te dejaran torrefacto en una hoguera, la peña hacía de tripas corazón y rezaba en latín.

De ese modo, familias muy interesantes, tanto hebreas como mahometanas, se pasaron al cristianismo, enriqueciéndolo con el rico bagaje de su cultura original. También intelectuales doctos o apóstoles de la conversión de los infieles estudiaron a fondo el Islam y lo que aportaba. Tal fue el caso del brillantísimo Ramón Llull: un niño pijo mallorquín al que le dio por salvar almas morunas y llegó a escribir, el tío, en árabe mejor que en catalán o en latín. Que ya tiene mérito. 

Continuará…

 

 

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Sábado, a 18 de Mayo de 2013

 

En recuerdo del gran locutor y doblador español Constantino Romero (29 de mayo de 1947 – 12 de mayo de 2013), publico esta entrada en la él nos lee con esa voz majestuosa, apabullante y hermosa que tenía, el poema Any System  del libro de poemas The Energy of Slaves (1973), de Leonard Cohen.

Hoy más que nunca, los versos de L. Cohen son un símbolo de la lucha contra un sistema corrupto y canallesco que prima y cuida al capital, pero no así a las personas. Y Constantino nos lo dice claro y alto: “Cualquier sistema que montéis sin nosotros será derribado”.

Alfredo Webmaster

Any system (Cualquier sistema) - Leonard Cohen

Cualquier sistema que montéis sin nosotros
será derribado.
Ya os avisamos antes
y nada de lo que construisteis ha perdurado.
Oídlo mientras os inclináis sobre vuestros planos.
Oídlo mientras os arremangáis.
Oídlo una vez más.
Cualquier sistema que montéis sin nosotros
será derribado.
Tenéis vuestras drogas.
Tenéis vuestras Pirámides, vuestros Pentágonos.
Con toda vuestra hierba y vuestras balas
ya no podéis cazarnos.
Lo único que revelaremos de nosotros
es este aviso.
Nada de lo que construisteis ha perdurado.
Cualquier sistema que montéis sin nosotros
será derribado.

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Miércoles, a 27 de Febrero de 2013

 

No hace falta que diga mucho más, vosotros sabéis a lo que me refiero: este vídeo hace referencia a lo que estáis viviendo.

Un abrazo para vosotros,

Alfredo Webmaster

Domingo, a 2 de Diciembre de 2012

Fui militante de la Juventudes Socialistas en los 70 y principios de los 80; fui colaborador de Paco Vázquez en sus mítines; fui interventor del PSOE en las primeras elecciones democráticas y conseguí, gracias a mis argumentos sobre la ilegalidad que presentaban algunas papeletas del Alianza Popular (de la derecha, la semilla del actual Partido Popular), que en la mesa electoral en la que yo estaba ganara la izquierda.

En el 82 dejé la militancia activa y abandoné el partido. No sé si hice bien o hice mal, pero me pareció que los principios humanistas, marxistas y morales no iban a mejorar con el paso de los años ni con los cambios que se avecinaban.

Después de 30 años de aquellos primeros destellos de democracia y libertad, he decidido que me voy a volver a afiliar al PSOE.

Me voy a afiliar porque sé que podemos cambiar España; me voy a afiliar porque sé que si las bases del partido no luchan, los responsables no lo harán; me voy a afiliar porque sé que la corrupción y el nepotismo sólo se evitan si entre todos eliminamos las malas hierbas y arrancamos de cuajo del PSOE a los fulanos/tipejos que parasitan la vida política de mi país.

Y sobre todo, me voy a afiliar porque sé que si no nos involucramos todos los que tenemos conciencia social, esto irá a peor... y al final existirá una España de dos velocidades: una España en la que vivan algunos ricos y malvivan el resto de sus habitantes.

Alfredo Webmaster

Miércoles, a 14 de Noviembre de 2012

 

 

 

 

 

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Miércoles, a 30 de Mayo de 2012
 
 
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Martes, a 29 de Mayo de 2012

Nuestros actuales dirigentes (el gobierno central y la mayoría de los gobiernos autonómico en manos del Partido Popular) proyectan privatizar la SANIDAD PÚBLICA para enriquecerse... ¡PERO ENRIQUECERSE A LO BESTIA!

La táctica que están usando los políticos del Partido Popular es tratar de hacernos ver que la sanidad pública no funciona, para así ponerla en manos del sector privado.

A fecha de hoy -por poner un ejemplo- los recortes han supuesto que en el hospital de Guadalajara una resonancia magnética haya pasado de una lista de espera de 18 días a 250 días; y si quieres hacerte una resonancia más rápido, ¡tienes que ir a una clínica privada!

En la Comunidad  de Castilla-La Mancha están al borde de la privatización  4 hospitales públicos con  la excusa de que no son rentables (¡¿...?!). Pero, ¿DESDE CUANDO LA ATENCIÓN DE LA SALUD SE MIDE POR CRITERIOS ECONOMICISTAS? Se podrán aplicar medidas de contención del gasto, de calidad del servicio, pero nunca se podrá medir la rentabilidad de un hospital igual que la de una fábrica de lavadoras.

¿Quién está detrás de éste filón? Entre otras, la empresa CAPIO SANIDAD.

El 'insigne' Rodrigo Rato, hasta hace unos días presidente de BANKIA y antiguo vicepresidente del gobierno de José María Aznar, el ministro que impulsor de la ley de liberalización del suelo en España, génesis de la crisis del sector de la construcción de viviendas en España, tiene intereses económicos y es accionista en CAPIO SANIDAD. Esto no es ilegal, pero… ¡qué casualidad, ¿no?!

¿Sabéis quien es Ignacio López del Hierro? Pues este fulano es el marido de María Dolores de Cospedal, la actual Presidenta de la Junta de Castilla-La Mancha y Secretaria General del PP. El tal Ignacio se dedicado a muchas actividades empresariales, pero, ¡oh, sorpresa!, también tiene intereses en la gestión de hospitales.

¿Sabías que el Consejero de Sanidad y Asuntos Sociales de la Junta de Comunidad de Castilla-La Mancha, José Ignacio Echániz, es hermano de Teresa Echániz Salgado, subdirectora de investigación de CAPIO SANIDAD? ¡Otra casualidad! Ya vamos teniendo claro porqué CAPIO SANIDAD se va a llevar las gestión de los hospitales de la región..

Lo cierto es que CAPIO SANIDAD ya controla buena parte de la sanidad pública de este país. Para quien no sepa que es CAPIO SANIDAD, leed esto: La sanidad madrileña en manos del grupo CAPIO SANIDAD.

Mas datos: el hospital de Elche-Crevillente está siendo gestionado de forma privada por RIBERA SALUD. Esta empresa es la principal beneficiada de la privatización de salud pública de la Comunitat Valenciana. Además de ese hospital, esta sociedad también participa en la gestión de los hospitales de Alzira, Manises, Torrevieja, Elx y Dénia.

Los accionistas de RIBERA SALUD (mayoritariamente, Bankia y CAM) se encuentran en proceso de negociación con CAPIO SANIDAD para venderle la propiedad. Pese a que la negociación está estancada, sobre todo por los problemas que atraviesa Bankia y CAM, el proceso se encuentra en fase de negociación del precio definitivo de la operación y la fórmula de financiación.

CAPIO SANIDAD tiene los ojos puestos en muchos otros concursos, sobre todo en las comunidades en las que el Partido Popular gobierna.

Pero no sólo CAPIO SANIDAD es la única interesada en profundizar en el negocio de la gestión de la sanidad pública: ATITLÁN Capital SGECR, S. A. el fondo de inversión que dirige Roberto Centeno (yerno del presidente de Mercadona, Juan Roig), está intentando entrar en un mercado que le permita diversificar su actividad.

¡¿Cómo es posible que algo que “no es rentable" para el sector público se los esté disputando el capital privado! ¡¿Qué hay detrás de todo este entramado de intereses y rapiñas?! Parece claro que el objetivo es cargarse el sistema universal, público y gratuito de salud que tenemos en España.

Además del propio negocio de la gestión privada de la salud pública (la de todos nosotros), también está todo el entramado de sinvergonzonerías que entremezclar la financiación pública con la privada, como, por ejemplo, las concesiones de las obras de edificios e infraestructuras (es decir, la financiación y gestión -y en algunos casos la prestación de servicios- corre a cargo de consorcios integrados de empresas constructoras –las que levantan los edificios-), las entidades bancarias (las adelantan el dinero y en algunos casos son parte del capital) y las aseguradoras (gestionan los servicios).

Una vez entregado el centro de salud público a la gestión privada, el gobierno de España (o sea, todos nosotros) tenemos que pagar un canon anual por 20-30-40 años como si fuera un contrato de servicios (como el de las basuras), cantidad que se abona con cargo al gasto corriente del presupuestos (no al capítulo de inversiones), por lo que no computa como deuda pública a pesar de que el coste de los centros (endeudamiento real) se multiplica sobre el coste real de los mismos, como se ha comprobado donde se ha implantado este sistema (por ejemplo, en Madrid: ver su brutal desviación del déficit del año 2011, déficit que ocultaron por lo vergonzoso que resultaba reconocer que lo tenían).

Si la sanidad pública va tan mal y es tan deficitaria como dice el Partido Popular (pese a que los organismos de salud a nivel mundial la consideran modélica), ¡¡¿por qué hay tantos especuladores privados y sanguijuelas políticas tratando de quedarse con ella?!!

¡¡No a la privatización de la sanidad pública!!

 

Martes, a 29 de Mayo de 2012

Con relación al producto interno bruto, España paga menos que Alemania en intereses de la deuda pública.

Por Manuel Lago para lavozdegalicia.com, 17/05/2012

La utilización de la denominada prima de riesgo como el indicador principal, sino único, de la evolución de la economía española es una barbaridad. Más aún, la elevación a los altares de algo tan lateral a los fundamentos de la economía de un país es la constatación del grado de dominio de lo financiero, de la especulación financiera en realidad, sobre la actividad económica general.

Ni tan siquiera debería aceptarse como indicador de las decisiones de política económica. El análisis económico lleva décadas desarrollando indicadores estables, complejos y profundos para analizar la realidad de un país que ahora se olvidan para utilizar algo lateral, inestable, parcial y manipulable como es la prima de riesgo. Una estafa intelectual, pero sobre todo financiera y política que le reporta elevados beneficios a los que la realizan.

La denominada prima de riesgo se determina en un mercado secundario dominado por un número reducido de inversores financieros en busca de rentabilidades inmediatas con un elevadísimo nivel especulativo. Es por lo tanto un mercado manejable, tanto hacia arriba como hacia abajo.

Hacia arriba porque existen fondos de inversión poderosos, que acaban actuando de forma coordinada que ganan mucho dinero si consiguen hacer que la prima suba. Hacia abajo porque como se demostró hace dos meses la compra por el BCE de deuda española e italiana en este mercado hizo bajar la prima en más de cien puntos.

Hay que recordar otra vez que estas operaciones se realizan en un mercado secundario, esto es, entre inversores que compran y venden deuda entre ellos en busca de beneficios a corto plazo y no para financiar a los Estados, en este caso el español.

El Estado solo se financia cuando realiza la emisión de deuda, en cifras muy inferiores a lo que después se renegocia una y cien veces en el mercado secundario.

La prima de riesgo no se puede utilizar como indicador de la evolución de la economía de un país, pero ni siquiera de la propia deuda pública. Porque lo que está pasando estos dos últimos años no tiene relación real con las variables fundamentales de la deuda española.

Ahí van algunos datos. En el 2011, último año con datos cerrados, los intereses pagados por España por la deuda pública fueron el 2,2 % de su PIB, una cifra que es menos de la mitad de lo que pagábamos en 1996 y que está por debajo de la de la mismísima Alemania, el guardián de la ortodoxia financiera.

El tipo de interés al que se emiten los bonos a diez años estuvo en mínimos históricos en el 2009 y el 2010, el 4,5 %, y aunque aumentó algo desde entonces todavía está por debajo del 5,5 %, una cifra similar a la del 2000 y muy inferior a la de 1996. Pero lo que es más importante, es que dado el período medio de vencimiento de la deuda española es de 6,2 años, los incrementos en los dos últimos años apenas han tenido consecuencias en el tipo medio del total de deuda. En marzo del 2012 es del 4,7 %, una cifra que está entre los mínimos históricos.

Crecimiento mínimo

Eso quiere decir que, aunque durante todo el año 2012 España emitiera deuda a los precios que marca la prima de riesgo, el 6,5 %, el coste medio de nuestra deuda apenas crecería en 3 décimas. Siendo esto así y sabiéndolo como lo saben todos los que participan en el juego diabólico de la prima, ¿por qué suceden estos episodios de especulación extrema? Pues porque los que lo hacen obtienen enormes beneficios y los que lo podrían evitar, el BCE dirigido por Merkel, utilizan esta presión de los mercados para imponer sus políticas de ajuste. El BCE no tiente problemas en prestar a la banca española más de 250.000 millones de euros, pero cuando se trata de financiar al Estado la décima parte de esa cantidad le parece un sacrilegio. Los especuladores saben que Merkel les va a dejar hacer su negocio porque eso le sirve para obligar a los Gobiernos del sur a aceptar resignadamente su estrategia de austeridad.

 

Martes, a 29 de Mayo de 2012

Por Pepe Álvarez de las Asturias

Yo no sé qué te han contado en casa. Ni qué has aprendido en la ikastola. No sé si practicas el mismo odio rabioso que tu padre o crees que es un hombre de paz.

Ignoro tu nombre, no sé si te llamas Leire, Goiatz, Iratxe, Loiola, Aintza o simplemente Itziar. Así que te llamaré hija de Otegui, que supongo a ti no te resultará ofensivo. Sé que estás pasando malos momentos por tener a tu padre en la cárcel y que incluso estás recibiendo apoyo psicológico, según dicen. A los 14 años, en plena adolescencia, debe ser doblemente duro. Leo también que tu madre y tu abuelo paterno están delicados de salud. ¡Vaya por Dios! Parece que la mala suerte se ha cebado con tu familia.

Tal vez sea verdad lo de tus secuelas psicológicas. O tal vez no. Tal vez sea una coincidencia que uno de los hijos de tito Joseba (Permach) se encuentre también en tratamiento en el mismo hospital por la misma razón. O tal vez no. Permítenos que dudemos, hija de Otegui, porque después de tantos años entrando y saliendo de la cárcel, entrando y saliendo de Francia y entrando y saliendo de ETA, que te den las secuelas psicológicas justo en este momento, cuando se prepara la ofensiva política de tu aita y su cuadrilla para (re)negociar la resolución del conflicto y estar en las próximas elecciones (de ahí la necesidad de salir del trullo), pues se me antoja cuando menos sospechoso. Presunto, digamos.

Pero mira, voy a creerme tus secuelas. Echas de menos a tu aita y la amatxo está malita. Afortunada tú. Porque yo conozco mucha gente que echa de menos a su padre y sólo le queda la posibilidad de llevarle flores a su tumba. Y conozco a muchas madres que llevan años sin dormir, con fuertes depresiones o síndromes postraumáticos severos; y que cuando duermen, lo que ven son los restos de sus hijos desperdigados por un parking tras una explosión asesina. Y conozco niñas que a tu edad quedaron salvajemente mutiladas para siempre, sin piernas o sin brazos o sin ojos o, simplemente, sin ganas de vivir (eso sí que son secuelas, ¿verdad?). Y otros niños más pequeños que tú que vieron morir a sus padres a tiros, delante de sus inocentes ojos (eso trauma mucho, te lo aseguro). Y otros muchos que han quedado huérfanos, o que han desarrollado enfermedades psicológicas y físicas, o que han perdido a sus amigos del colegio o a sus hermanos o a sus abuelos. Todos ellos echan de menos a sus seres queridos y a esa parte de su infancia o adolescencia que murió con ellos.

Y de todos esos traumas y secuelas, hija de Otegui, es responsable tu padre. El que está en la cárcel. El que tanto echas de menos.

Yo no sé qué te han contado en casa. Ni qué has aprendido en la ikastola. No sé si practicas el mismo odio visceral y rabioso que tu padre hacia los que no piensan como él. No te conozco. A lo mejor le has rogado, con llanto en los ojos, que deje de ser parte de la serpiente. O tal vez pienses, como otros, que es un hombre de paz. Pero me inclino a pensar que no sabes quién es realmente tu padre. Ni qué es. Pues yo te lo voy a contar.

Tu padre es un asesino. Tú aún no habías nacido cuando le llamaban "el Gordo" y militaba en ETA político militar. A los 20 años ya era el encargado de vigilar a los empresarios vascos secuestrables (Lipperheide, Olarra, nombres que no te sonarán). Cuando ETA-pm se autodisolvió, integró con otros "polimilis" el grupo "miliki" que acabó por incorporarse a la ETA actual. Tu padre fue juzgado por el secuestro de Javier Rupérez y absuelto por falta de pruebas (la víctima no pudo identificar a los secuestradores porque iban encapuchados). En cambio sí fue condenado por el secuestro en 1978 del empresario Luis Abaitua, al que ocultó en una cueva de su pueblo, Elgoibar. Un año después, integrado en el comando "Kalimotxo", junto a José María Estolaza, Luis Alcorta y demás gudaris, trató de secuestrar al político Gabriel Cisneros (uno de los padres de la Constitución), quien recibió un tiro en la espalda al intentar huir, resultando herido de gravedad en el estómago y en la pierna izquierda, y provocándole secuelas (secuelas de las de verdad, hija de Otegui) que perduraron hasta su muerte, en 2007. En el juicio, celebrado en 1990, uno de los secuestradores (Marhuenda) inculpó a tu padre y a los demás, pero aún así se libraron de la cárcel. En cambio sí fue condenado a 6 años por el secuestro de Abaitua, de los que cumplió sólo la mitad. Un chollo, ¿no crees?

Tu padre siempre ha sido parte de ETA. Siempre ha seguido las directrices de ETA. Cuando era militante activo y cuando se pasó a la política (aprovechando el encarcelamiento de la Mesa Nacional de Batasuna, en 1997). Cuando pactó con el PNV, EA y demás abertzales en Lizarra para salvar a una moribunda ETA del linchamiento social, tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco, y cuando negoció con Zapatero la resolución del conflicto en el falso proceso de paz. Y también cada vez que enaltece a un compañero gudari y cada vez que escupe las soflamas de ETA, en Gara o en Anoeta. Tu padre ha sido, es y será una parte importante de la serpiente etarra. Y como tal es responsable de todos y cada uno de sus crímenes desde que se integró en ETA, allá por 1977, mucho antes de que tú nacieras.

Sí, hija de Otegui, tu padre está en su derecho de pedir su libertad para que tú no sufras, como ha hecho sufrir él a cientos de niñas de tu edad. La diferencia es que tu padre eligió ser un terrorista y sus víctimas no. Y que sepamos, aún no se ha arrepentido de serlo. Por eso, nosotros estamos en nuestro derecho a pedir que cumpla su condena hasta el último segundo. Aunque sea un pobre consuelo por todas las vidas que ha roto; por todas las secuelas que ha dejado a su paso. Y por todas las que dejará.

Y para terminar, sólo quería hacerte una pregunta que me inquieta. ¿Realmente te provoca secuelas psicológicas el hecho de que tu padre esté en la cárcel durante unos meses y no el hecho de que sea un asesino terrorista desde hace años?

 

 

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Viernes, a 11 de Mayo de 2012

Por S. McCoy, 10/05/2012

Bankia como entidad privada ha muerto. Está por ver si los nuevos gestores son capaces de resucitarla antes o después o se limitarán a certificar su defunción y a vender sus restos completos o por partes al mejor postor. Me inclino por lo segundo. Sea como fuere, hoy es un cadáver maloliente, de tanta mierda como ha rodeado su caída. Porque no ha fallecido por causas naturales: ha sido vilmente asesinada. No de un golpe certero y eficaz sino mediante un proceso parsimonioso e indiferente de envenenamiento que ha terminado por colapsar el sistema respiratorio de su solvencia y en circulatorio de su liquidez. No hay un único culpable. Son muchos. Y su enumeración es paradigma de lo que ha sucedido en España en los últimos 20 años, en los que el interés propio, público o particular, ha pasado como una apisonadora por encima del bien común. El comportamiento miserable de unos pocos, los de siempre, costeado por todos, lo de siempre. Hora de poner los puntos sobre las íes.

Yo acuso, por orden cronológico,

a los antiguos gestores de las cajas posteriormente fusionadas, a saber: Caja Madrid, Bancaja, Caja Avila, Caja Segovia, Caja Laietana, Caja Canarias y Caja de La Rioja, que llevaron a cabo una gestión absolutamente suicida en buena parte de sus instituciones lo que, con el estallido de la crisis, provocó su inviabilidad operativa, esto es: como negocio (La banca española descubre el top-less, 25-01-2008 y también Adiós al sueño imperialista de Rato en Caja Madrid, 19-05-2010). Apuesta comercial por el minorista menos solvente a través de una estructura sobredimensionada (En España sobra el 40% de las sucursales bancarias, 07-04-2009), concentración de riesgo promotor vía no solo crediticia sino societaria (Patada a Miguel Blesa en el culo de Carlos Vela, 22-07-2008), errática gestión de la cartera industrial guiada por criterios poco profesionales (Los miedos de Blesa y las extrañas compras de Caja Madrid, 19-11-2008 y también La extraordinaria chapuza de Caja Madrid, 27-05-2009), desequilibrio entre activo y pasivo minorista y así sucesivamente.

al Partido Popular por su empeño en crear, cuando estaba una oposición, una gran ‘caja popular’ a través de la unión de firmas con perfiles muy similares en términos de modelo y riesgo de la cuenta de resultados y del balance (Bancaja y Caja Madrid, el burro grande ande o no ande, 11-06-2010), idea de la que finalmente escapó Caixa Galicia en contra de la autoridad del propio Mariano (Galicia, a la espera de un milagro imposible para salvar sus cajas, 08-03-2011 y El imposible sueño gallego de NCG, 14-06-2011). Dio igual. Las tres cajas de sus zonas tradicionales de influencia –Madrid, Valencia, Galicia- han terminado finalmente nacionalizadas, mientras que las grandes de Castilla y León se han visto salvadas por la campana de Unicaja. Un absoluto desastre que pone de manifiesto una forma de gobernanza más que preocupante.

al Gobierno socialista, incapaz de comprender de inicio la dimensión de lo que estaba viniendo y de adoptar las medidas adecuadas, como una recapitalización forzosa y acelerada de la banca (Un análisis de la solvencia del sistema bancario español, 02-04-2009 y también Pues claro que el sistema bancario español está quebrado, 08-04-2010) o la creación de un banco malo cuando hubiera habido inversores para él, cuando comenzaron a aflorar los problemas (Una solución para la banca española, 24-01-2009). Eso por no hablar de los SIPs (Uniones de cajas, no está el patio para chorradas, 11-06-2009, Camino expedito para La Gran Pifia, 16-11-2009 y también Vergonzoso cierre en falso de la restructuración bancaria en España, 03-06-2010) cuando fuera estaba todo inventado (Hora de privatizar las cajas, el modelo italiano, 25-05-2010). No solo el presidente Zapatero situó nuestra banca en un pedestal del que nos ha bajado la realidad a patadas sino que el empecinamiento de Elena Salgado de alentar salidas precarias a bolsa está detrás de las importantes pérdidas que han sufrido muchos incautos accionistas. Los constantes cambios regulatorios generaron, además, un clima de esquizofrenia del que aún no ha salido el sector.

al Banco de España, otro que tal baila. Es increíble su dejación de funciones cuando tenía perfectamente identificados los problemas que afectaban a la industria y los riesgos principales a los que el sistema se enfrentaba (Por qué la crisis bancaria no está resuelta, 07-04-2008; El peligroso juego del sistema bancario español, 10-09-2008; La banca necesita ampliar capital, al menos, un 20% en 2009-2010, 08-11-2008). Su negación inicial de la vulnerabilidad del mismo, su concesión a que se impusieran criterios políticos y no profesionales en los procesos de concentración, su errática trayectoria regulatoria y supervisora (Las sospechosas decisiones del Banco de España, 15-09-2009 y también Súper Banco de España al rescate de la deuda soberana de la banca, 24-11-2010), su falta de diligencia para abortar la concentración de riesgos (Dios Mío, el crédito promotor sigue creciendo, 26-01-2010 y también La banca española, ¿siempre pierde?, 04-02-2010) y su contemporización con los problemas (El BdE lo sabe, las intervenciones de cajas no han terminado, 04-10-2011), harán recordar a MAFO, como gobernador que ha sido durante estos años, como un manifiesto incompetente. En su epitafio y como corolario, haber dado el visto bueno a los planes de viabilidad de Bankia quince días antes de su intervención (Días de pánico en el Banco de España, 31-01-2011, Hora de liquidar el BdE y enseñar la puerta a MAFO, 08-06-2011 y también El Gobernador del BdE bate récords de desfachatez, 20-04-2012).

a los gestores actuales y, en especial, a Rodrigo Rato que, pese a sus pataleos, mantuvo a los gestores anteriores, dando incluso primacía a los que venían de Bancaja (Rodrigo Rato y su extraña familia, 24-01-2011 y también Rodrigo Rato y la imposible búsqueda de un CEO para Bankia, 24-03-2011), no tuvo la valentía al descubrir el agujero de la caja levantina de partir peras con Olivas como hizo Menéndez de Caja Asturias con la CAM (Bancaja, Bancaja, Bancaja, la pesadilla de Rato y Bankia, 28-04-2011 y Rato, el timo de la Bancajita y su cadena perpetua, 23-02-2012) , bailó números, se dedicó a trampear contablemente y cortar y vender el jamón bueno que había en el balance mientras el negocio ordinario se colapsaba (MEH Confidencial, la solución definitiva del gobierno a la banca, 02-03-2011), se empeñó en seguir en solitario pese a las alternativas que se le presentaron y así sucesivamente (Cómo y cuándo se producirá la fusión Caixa-BAnkia, 09-02-2012). Será bueno para los recaos, va en el ADN político, pero ha probado ser un desastre para los polinomios.

a la CNMV, que ha consentido, para tratar de paliar los problemas de capital o de disponible de la entidad, la emisión de todo tipo de productos que, siendo formalmente lícitos y técnicamente impecables, han conducido a la ruina a los que confiaron en que su labor de control actuaba como una suerte de garantía sobre los mismos (Que Dios pille confesadas a las incautas abuelitas españolas, 18-01-2011 y ¡Por fin! La banca ayuda a cruzar la acera a las ancianitas, 05-01-2011). Estamos hablando de su negligente aquiescencia a las preferentes o a OPVs de cuyos riesgos no alertó suficientemente. El haber mantenido la acción de Bankia cotizando libremente esta semana es la guinda del pastel de los despropósitos en su actuación.

a los auditores de la sociedad, cómplices necesario, si no por acción, sí por omisión (Un 30% del capital a un 30% de descuento, la entrada del estado en BFA, 13-12-2010). Es curioso que sea precisamente ahora cuando alerte del desfase patrimonial en BFA, una realidad que ya existía desde el mismo momento de la salida a bolsa de Bankia al precio de colocación. Por aquel entonces, tenía un desfase patrimonial de 700 millones que el declive bursátil de la acción no ha hecho sino engordar (Se regala banco a estrenar, razón Bankia, 07-07-2011 y 2012, el año en que Bankia se jugará su ser o no ser, 12-01-2012). A pocos les ha importado, y a ellos menos of course, el permanente conflicto de intereses, que linda con lo legalmente correcto, derivado del hecho de que los mismos que ponen su sello a la imagen fiel de las cuentas auditadas, facturen más por otros conceptos como consultoría y asesoramiento (Sobre el escandaloso papel de las auditoras de las cajas de ahorro, 20-05-2011).

al BCE que, no solo ha convertido a las firmas bancarias más débiles en adictas a su ayuda (Cuando la banca española clama: Virgencita, Virgencita, 04-09-2008, Trichet, yo también quiero dinero al 1%, 26-06-2009 y también, Si el BCE cierra el grifo, adiós a un 17% del beneficio de nuestra banca, 18-11-2010), sino que ha incurrido en auténtico fraude de ley al establecer un sistema indirecto de ayudas a los gobiernos a través de la financiación, extraordinaria en tipo de interés e ilimitada en cuantía, a los bancos privados a fin de soslayar su prohibición de adquirir títulos soberanos de estados miembros en el mercado primario (El otro agujero de la banca del que no interesa hablar, 27-10-2011, La banca pedo total en la fiesta navideña del BCE, 21-12-2011 y España, víctima de los errores garrafales del BCE, 12-04-2012). Una estrategia de ‘extend and pretend’ que ha evitado el saneamiento natural del sistema, alargando temporal e innecesariamente los problemas.

tanto a la European Banking Association como al BIS por tres motivos: uno, han metido una innecesaria presión adicional a la banca en el peor de los momentos posible, obligándole de forma errática e ineficiente a computar mayor capital por determinados activos y reforzar simultáneamente su patrimonio neto (Jarro de agua fría, los olvidos de los stress test cuestionan su validez, 26-07-2010 y también La gran mentira de Basilea III o por qué la norma yerra el tiro, 13-09-2010); dos, no han valorado el ejercicio de transparencia realizado por el conjunto del sector a nivel nacional frente a otros estados que apenas han presentado modelos a la foto de su realidad financiera; y tres, se han dejado guiar más por los intereses de los países core, fundamentalmente Alemania, que por los del conjunto de la industria europea (Ya es oficial, Alemania pone la proa bancaria mirando a España, 27-06-2011).

al Gobierno actual cuya negligencia a la hora de hacer los deberes cuando estaba en la oposición le ha impedido tener un plan definido, decidido y definitivo para reformar, de una vez por todas, el sector financiero. Una dejación que es más significativa aún si se tiene en cuenta el papel jugado por el actual Ministro de Economía en la empresa privada, donde fue responsable del área bancaria de una de las cuatro grandes. Nadie mejor que De Guindos para saber cuál es el problema genérico, cuál el específico y la forma de solucionarlo (¿Saben qué? El capital de la banca importa un comino, 28-01-2011). Contemporizar hasta que llega lo inevitable y ceder al interés privado frente al común es lo que tiene: que acabas causando una alarma mayor de la que pretendes evitar. Lo acontecido en los últimos cuatro días, entrará por sus propios méritos en el Olimpo del despropósito (El mundo al revés, la banca se alegra de que venga el CoCo, 26-10-2010). Definitivamente, la crisis se le ha ido de las manos a Rajoy.

y a los medios de comunicación que, lejos de alertar de manera objetiva de una realidad y de prevenir y a alertar a los ciudadanos de los riesgos asociados a determinadas instituciones y los productos que comercializaban (Silencio, lo que la banca española esconde a la opinión pública, 08-04-2011), han incurrido en el doble pecado de informar de manera reactiva y hacerlo de manera absolutamente alarmista. Prueba de ello es lo sucedido en los últimos días donde el amarillismo ha copado cientos de páginas cuando de todos es sabido que la nacionalización de una entidad si algo aporta es tranquilidad y garantías. Pero claro, eso no vende.

Todos ellos son culpables. Lo sucedido esta semana podía haberse producido hace ahora tres años y el daño hubiera sido mucho más limitado. Pero ha primado la política, sometida a la banca por sus necesidades de financiación (El "indúltero" Alfredo Sáenz y la financiación de los partidos, 28-11-2011), incapaz de adoptar soluciones que vayan más allá del rédito electoral inmediato. Y la conveniencia, enemiga siempre de la consistencia; una destruye y la otra crea. Se han hecho las cosas tan mal que lo que podría haber sido un punto y aparte hecho en tiempo y forma se ha convertido en punto y seguido en el que las dudas instaladas en el subconsciente de los inversores van a tardar mucho, demasiado, tiempo en disiparse en perjuicio de todos. A veces uno echa de menos ese ‘que le corten la cabeza’ de la Reina de Corazones de Alicia en el País de las Maravillas. La muerte dulce es, sin duda, la más trágica y cruel de todas. El crimen, en cualquier caso, quedará impune para vergüenza de todos. Al tiempo.

 

Viernes, a 11 de Mayo de 2012

Por Alberto Garzón Espinosa, 09/05/2012

Ayer pedimos la nacionalización total de Bankia. Hoy parece que el gobierno nos hará caso parcialmente, es decir, nacionalizará una parte de la entidad. ¿Quiere decir esto que tendremos por fin banca pública en España?, ¿significa que ya hemos dado por fin un paso adelante para salir de la crisis? Estas son las cuestiones que trataré de resolver en este post.

La banca pública

El sistema financiero es, en teoría, el conjunto de entidades que velan para que el ahorro de los sujetos económicos (empresas, Estados e individuos) pueda ser utilizado por aquellos otros sujetos económicos que deseen consumir o invertir. De ahí que hagan una labor de intermediación, por la cual evidentemente se cobra una comisión. El sistema financiero puede ser muy simple o muy complejo, dependiendo del grado de desarrollo, pero siempre se basa en la lógica de la rentabilidad. Ello quiere decir que el dinero siempre se mueve hacia donde es más rentable invertirlo.

Las entidades participantes en el sistema financiero (fondos de inversión, fondos de pensiones, bancos, cajas, cooperativas de crédito, etc.) pueden ser, como cualquier entidad económica, tanto de naturaleza pública como de naturaleza privada. En el caso de ser entidades privadas significa que la gestión queda en mano de directivos que a su vez responden ante accionistas privados. En el caso de ser entidades públicas significa que la gestión queda en mano de directivos que a su vez responden ante accionistas públicos -el Estado-. Decir lo anterior parece una tontería, pero es muy importante.

Los propietarios de cualquier empresa (los accionistas en el caso de las grandes entidades) son los que mandan. Son los que deciden quién dirige la empresa (ponen y quitan a los directivos) y son quienes presionan para que la rentabilidad sea mayor o menor (de modo que condicionan las políticas estratégicas de las entidades). En el caso de entidades privadas la designación de la junta directiva se toma por la vía de la correlación de fuerza en la junta de accionistas. Si una gran fortuna tiene el 90% de las acciones de un banco privado, por ejemplo, es obvio que decidirá sin problemas quién es el presidente y la mayoría de consejeros. En el caso público, sin embargo, esas decisiones se toman a partir de criterios políticos que hay que definir.

Y hay muchos tipos de criterios diferentes. Voy a poner tres ejemplos posibles. En el primero, un consejo de dirección elegido por el partido dominante en el poder. Es obvio que estamos ante un riesgo de enchufismo y utilización partidista de las entidades públicas. En el segundo, un consejo de dirección elegido a partir de una ponderación definida de actores sociales (sindicatos, partidos, trabajadores, etc.), que era el modelo dominante en las cajas de ahorro. También hay espacio para la utilización partidista y en favor de las oligarquías provinciales (como explicamos aquí). En el tercero, un consejo de dirección elegido por el parlamento pero que esté compuesto por técnicos o personas con las manos atadas a partir de unos criterios muy delimitados de gestión. Un funcionamiento parecido al del BCE, por ejemplo. En este caso el problema pasa a ser el tipo de criterios para la gestión. Como se puede observar, diferentes opciones, combinables, que determinarán la eficacia y eficiencia de la entidad. Más allá de la naturaleza de su propiedad.

La diferencia fundamental entre una entidad privada y otra pública, más allá del mencionado control de la entidad, es la legitimidad de la apropiación de los beneficios. En el caso privado los beneficios son repartidos entre los accionistas (o por lo menos distribuidos de acuerdo a sus preferencias) y en el caso público es el Estado quien los ingresa para fortalecer sus presupuestos generales (o cualquier otra opción que considere).

La especulación financiera

A nivel internacional la banca privada no ha realizado las funciones que le correspondía como intermediario financiero porque ha preferido especular en los mercados financieros que prestar a las empresas de la economía real. En el caso español esto no ha sido tanto así, porque su especulación se realizaba, precisamente, en la economía real. A la banca y las cajas de ahorro les salía más rentable prestar a empresas constructoras e inmobiliarias que a cualquier pequeña y mediana empresa. Y como dijimos anteriormente, la lógica financiera es mover el dinero hacia donde es más rentable. También, por supuesto, la banca y las cajas especulaban en los mercados financieros con el uso de derivados y otros productos financieros que durante el boom financiero proporcionaron ingentes beneficios.

La clave está, por lo tanto, no en la propiedad de la empresa sino en el modelo de gestión.  Los bancos operan bajo el criterio financiero, su lógica, de modo que es normal que especularan en el mercado financiero internacional y en la construcción. Las cajas, en cambio, no tenían esa presión del mercado y si actuaron así fue debido a otros motivos (ya descritos en este artículo).

Quiere decir esto que si, por ejemplo, Bankia es completamente nacionalizada, no hay nada que asegure que se comportará de forma diferente a como se ha comportado de forma privada. Los mecanismos que pueden garantizar un comportamiento diferente han de ser aprobados con respecto a la forma de gestión.

Lo que necesita nuestra economía ahora es financiar la economía real -si bien no es ni de lejos el principal problema- y el dinero del sistema financiero no está fluyendo porque el flujo de crédito que llega del BCE se está destinando a la especulación con mercados de deuda pública o para esperar una tormenta (la aceptación de pérdidas).

El caso de Bankia y el banco malo

Durante el boom inmobiliario y financiero, cajas y bancos hicieron extraordinarios beneficios. En el caso de las entidades privadas se repartieron entre los accionistas y en el caso de las cajas se destinaron a la Obra Social y a impresionantes y aberrantes remuneraciones para sus directivos. Pero esos beneficios crecían gracias a la burbuja, de modo que al estallar esta todo cambió.

Lo que cambió fue su balance contable. Lo que estaba contabilizado como activos era suelo, viviendas y préstamos que tras la crisis nunca volverían a tener ese valor. Así pues, el suelo valorado en 1 millón de euros probablemente no valga ahora ni 0’2 millones de euros. La diferencia es lo que se considera una pérdida a declarar o un activo tóxico. Sin embargo las deudas, y pasivo contable en general, siguen valiendo lo mismo. En realidad las entidades están descapitalizadas, como se dice en la jerga de los economistas. Los bancos no reconocen sus pérdidas o sus activos tóxicos, porque si lo hacen tendrán que reconocer una quiebra técnica y el sistema se viene abajo.

En este punto los gobiernos salen a rescatar al sistema financiero. Inyectan liquidez y aprueban formas de ayuda para facilitar que bancos y cajas superen sus problemas (ver aquí una explicación de todos los tipos de ayuda). El objetivo de los gobiernos es dar tiempo a los bancos para que puedan hacer beneficios suficientes con los que compensar las pérdidas. Claro, casualidades de la vida esos beneficios se extraen de la llamada explotación financiera a las familias (cobro de comisiones, etc.) o del arbitraje con la deuda pública (me prestas al 1% y te presto al 5%, de modo que gano un 4%).

Cuando todo eso ha fallado, por lento e ineficaz, vienen las nacionalizaciones. Que quiere decir que el Estado se hace cargo directa y claramente. Pero hay varias formas. Está la nacionalización parcial, que es asumir sólo parte de la propiedad (y por lo tanto la parte proporcional de activo y pasivo). Está también la nacionalización total, que es asumir la totalidad de la empresa (todo el activo y el pasivo). Y finalmente está el miserable banco malo (para más detalle véase este artículo), que significa asumir única y exclusivamente activo seleccionado, es decir, el activo más malo que exista. Por ejemplo, el suelo de 1 millón de euros del que hablábamos antes y del cual decíamos que ya no valía ni 0’2 millones.

El truco está en que el Estado compra a la entidad el suelo por 1 millón de euros, y luego es el Estado quien intenta venderlo o reconoce la pérdida de valor. De modo que se trata de la forma más fascinante y terrible de socializar pérdidas.

Las cajas de ahorro encharcadas con la basura de la burbuja inmobiliaria tuvieron que fusionarse para intentar sobrevivir. De siete de ellas nació Banco Financiero y de Ahorros (BFA), que asumió todos los activos (buenos -por ejemplo acciones de Iberia- y malos -por ejemplo suelo-). Después, la empresa separó los activos y pasivos más buenos del resto y con ellos formó Bankia. Bankia salió a Bolsa, de modo que muchos inversores privados pudieron convertirse en propietarios (además, comprando a precio de saldo). Para ver toda la historia recomiendo esta lectura.

Eso significa que en BFA quedaron los activos y pasivos más malos, incluida la ayuda del Estado a través del FROB. Esto quiere decir que BFA tiene en su balance una gran cantidad de activos tóxicos -activos que no valen casi nada respecto a lo que dicen contablemente que valen- y además acciones de Bankia. Si BFA reconociera esas pérdidas, tendríamos una quiebra inmensa. Por eso hace falta tapar el agujero con dinero, y dado que el capital privado no está dispuesto… es obvio que sólo queda el capital público, esto es, el dinero de todos nosotros.

La nacionalización de BFA, y a falta de conocer el documento completo, no implica controlar Bankia. Aunque BFA es accionista de Bankia, el Estado puede comprar sólo una parte de BFA para que al final no llegue a controlar el 50% de Bankia. Eso sí, el dinero público se va a utilizar de todas formas para tapar agujeros.

Lo que necesitamos

El sistema financiero está de resaca. Dejar quebrar las entidades es una catástrofe como se comprobó con Lehman Brothers en EEUU. Así que hay que poner dinero público. La pregunta es ¿cómo y para qué?

El cómo ya lo respondimos ayer: nacionalizando la totalidad de las entidades afectadas. Nada de quedarnos sólo con la basura financiera y dejar los activos buenos a los accionistas privados. Eso es socializar pérdidas y privatizar ganancias, es una política de clase social alta -propia del PP- y no es admisible. Lo que hay que hacer es asumir toda la entidad; al completo.

Nacionalizando la totalidad de BFA y Bankia, por ejemplo, el Estado recupera instrumentos muy útiles para salir de la crisis. Por ejemplo, recupera participación en empresas industriales -como Iberia- y adquiere activos inmobiliarios que puede utilizar para crear un stock de viviendas públicas de alquiler barato (comenzando a resolver así el problema de la vivienda en España). Además, establece un polo fuerte de presión pública sobre las entidades privadas y puede ser utilizada para competir con éstas.

Obviamente eso requiere establecer y definir un modelo de gestión distinto al visto en las cajas de ahorro. Es decir, necesitamos establecer unos criterios sociales y de financiación de la economía productiva que sean eficaces para poner en marcha un plan estratégico de salida social a la crisis.

¿El problema? Que incluso aunque el sistema financiero sea público, no podrá mantenerse vivo si la economía no crece. El sistema financiero no crece en el aire sino que se alimenta de los ingresos que genera la actividad económica. Ni el Estado, ni las empresas ni las familias devuelven los préstamos si no reciben ingresos adecuadamente. De modo que el sistema financiero está condenado a ser un cáncer mientras a) sea privado y b) no crezca la economía.

Por eso incluso la nacionalización de la banca es insuficiente para salir de la crisis. Debe ser una medida imprescindible en un pack mucho más importante de reactivación económica que, entre otras medidas, conlleve medidas de redistribución de la renta y de la riqueza.

 

Jueves, a 10 de Mayo de 2012
 
 
 
 
 
 
 
 
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Jueves, a 10 de Mayo de 2012

Por Sergio Dario, Cantabria (España)

He leído con atención los recientes post que has publicado en esta tu/nuestra página Alfredo, sobre quién gobierna la política económica y, por ende, casi todo lo demás en este nuestro jodido mundo (A. Garzón Espinosa, 04/05/2012), y también esa atrevida, original y probablemente acertada (aunque inviable en un país que no genera recursos) propuesta para solucionar la crisis financiera de A. España (Antonio España, 01/05/2012). Ambas me parecen altamente recomendables: una vez más aciertas en la selección de contenidos.

Hubiera querido colgar algún comentario antes, pero no estoy de humor, seguro que tu lo comprendes... lo siento.

Alberto Garzón acierta de lleno en sus declaraciones: esto es una chapuza tanto en la forma como en el fondo. Es tanto lo que se puede, y se debe, decir que me pongo a escribir a vuela pluma, ni me lo voy a pensar. Iré descubriendo lo que quiero echar fuera según lea lo que vaya escribiendo.

1º) El negocio bancario es así. Consiste en dar licencia a los más ricos para que "creen" dinero de la nada, como queda perfectamente explicado en el enlace a "reserva fraccionaria" del post de Antonio España. Los Bancos no fabrican el dinero que nos venden. Lo compran al por mayor y lo venden más caro, pero mayormente "se lo inventan", y lo van recuperando, junto con sus beneficios en forma de intereses, con las amortizaciones... salvo cuando el dinero NO VUELVE a los Bancos.

2º) Los banqueros ya se cuidan muy mucho de asegurarse de que el dinero va a volver. Les va en ello su Capital y su Beneficio... y el de sus amigos los Accionistas... ¡ojo! con el dinero no se juega. Hace sólo 5 o 6 décadas muy pocos tenían acceso al crédito. Los banqueros se prestaban dinero entre sí, pero no por amistad. No hay "amigos" con el Capital Privado en juego.

3º) La banca semipública ya estaba inventada hace muchos años. La banca semipública prestaba a las clases menos pudientes. Préstamos para fines domésticos y personales, en importes de ‘andar por casa’: que si un coche, que si arreglar la casa, que si un pequeño comercio, que si una vivienda con garantía hipotecaria... menudencias. Muchas menudencias que con el incremento del poder adquisitivo de la clase media acaparó la mitad del mercado financiero español. Mucho, muchísimo negocio.

4º) La banca semipública no tenía "accionistas" privados. Los beneficios obtenidos en su actividad recaían en la sociedad por mandato estatutario, por ley. ¿Y quién gestionaba y dirigía la actividad bancaria?: gestores profesionales contratados para ello ¿Y quién contrataba y auditaba a estos profesionales?: los poderes públicos.

5º) Pero los beneficios empezaron a ser descomunales… y el pastel se hizo irresistible. Y los poderes públicos pasaron a ser gestores, administradores... y auditores de la banca semipública. Juez y Parte. Así los gestores son nombrados por Consejos de Administración compuestos por y entre partidos políticos, centrales sindicales, representantes de ayuntamientos y gobiernos regionales (más políticos y partidos políticos...), y representantes de otros poderes públicos, organismos y colectivos como cámaras de comercio, empleados y usuarios.

6º) La banca semipública gestiona sin rendir cuentas a una junta de accionistas de lo que se viene haciendo con "su dinero" con su capital privado. Los beneficios son públicos, pero las pérdidas también lo son. Los representantes de los Consejos de Administración de la banca semipública NO EXPONEN UN EURO DE SU PATRIMONIO PARTICULAR en su gestión. Si hay beneficio, se cobra un plus, un bonus, ‘un patí y un pamí’, pero si se ha gestionado mal, cada uno lo cuenta a su manera y no pasa nada.

7º) La banca semiública, las defenestradas Cajas de Ahorros, llamemos por su nombre ya, tuvieron su "fortaleza" en el sector hipotecario, mientras que la banca privada era líder indiscutible en el sector empresarial. Pero todo se enredó con la liberalización del suelo (Ley 7/1997, de 14 de abril, de Medidas liberalizadoras en materia de suelo y de Colegios Profesionales y en el año 1998 con la Ley 6/1998, aprobada el 13 de abril de 1998, de Régimen del suelo y valoraciones), con la generalización de las tasaciones comerciales (tibiamente reconvenidas por el órgano rector de las prácticas bancarias, el Banco de España) y el aparentemente interminable flujo financiación proveniente de una fantasmagórica economía mundial. Un océano de dinero que no existía.

8º) El Banco de España hubiera tenido, porque podía y sólo él podía hacerlo, que cortar de raíz ese recurso de trilero de tasar "a la carta" del promotor. Ese autoengaño corto de vista que proporcionaba una velocidad inaudita de acceso al crédito y que encareció el suelo, la construcción, los gremios, el material, las viviendas...

9º) Por contrapartida, los números de la banca se multiplicaron como los ingresos por licencias de obra, Impuestos, etc.,... pero ¿de qué ha servido? En apenas dos años el sistema financiero, las entidades locales y los gobiernos regionales cuelgan el cartel de "en ruina".

10º) Los préstamos hipotecarios a particulares entre los años 2000 y 2007 se dieron peor que en tiempos anteriores, cuando se respetaba la Ley Hipotecaria y se exigía disponer del 20% del valor de la vivienda (tasación técnica) o de su precio de venta. La morosidad a particulares ha subido hasta el 3,00% o el 4,00% desde un 0,75% o 1,50% que se consideraba "normal", pero la morosidad a constructores y promotores supera el 30%, y esas operaciones se concedieron en los más altos comités de riesgo... y ¿quién y a quién se concedieron?

11º) La Ley de Sociedades, de la que NADIE habla, de la que NADIE propone ni de lejos una actualización como la que se nos ha impuesto a los particulares, permite a una persona abrir tantas empresas como le dé la gana. Con un puñado de euros y los contactos necesarios, puedes poner en marcha 100 proyectos... y quebrar los 100 a la vez... Gerardo Díaz Ferrán, presidente de la CEOE durante un porrón de años quebró más de cincuenta sociedades. Un "pensamiento" suyo: “La mejor empresa pública es la que no existe... más libertad empresa, más mercado, más desregulación y más competencia”... pero cuando se trata de quiebras la limitada la de las personas jurídicas, no para él como propietario. Un chollazo.

12º) Como el beneficio no está limitado (Dios nos libre, ¡anatema!) y no existe un beneficio máximo antónimo del salario mínimo, la empresa se puede descapitalizar tanto como de la gana. Luego las deudas con el Estado, la Seguridad Social, los empleados, proveedores... son de la sociedad anónima o limitada, pero ¡mi capital privado ni tocarlo! El dinero QUE NO VOLVIÓ a las entidades financieras que se lo prestado, SI fue entregado a "alguien"... Si ese dinero aún existe (¡y seguro que existe!), ESTÁ EN PODER DE PARTICULARES, ya sea en bienes inmuebles, bienes muebles o en paraísos fiscales.

13º) De toda la mierda que dejó esas artimañas en los balances de los bancos, de tantos préstamos multimillonarios incobrables para pisos, promociones, inmuebles, obras inacabadas y suelos improductivos, el porcentaje de préstamos a particulares para compra de sus viviendas habituales es tan residual como doloroso. Y desde luego, todas esas macro operaciones multimillonarias no se autorizaron en los despachos de los directores de oficina. Aun así, creo que sería de justicia social imponer la aceptación de la dación de pago, a solicitud del moroso, en todas las operaciones en las que, en su concesión, se haya rebasado los límites de endeudamiento razonables. Incluso, cuando la operación fuera manifiestamente inviable, la pérdida de la propiedad debería conllevar el derecho del titular a habitar el inmueble con ciertas condiciones... Los errores profesionales de la banca que los pague la banca.

14º) Pero volvamos a la “barra libre” de dinero en la que se convirtieron los altos Comités de Riesgo. En esa barra se apoyaron y pidieron su consumición personas muy cercanas a la política. Lo vemos una y otra vez en las noticias. Los grandes quebrados tienen grandes amistades. La trama de intereses, relaciones y contactos entre gestores públicos (Alcaldes y ediles varios, miembros de gobiernos regionales, diputaciones...) y empresarios privados era (y es y será) muy tupida. Y los gestores públicos de las cajas de ahorros estuvieron muy diligentes para atenderles. En las actas de concesión de macro préstamos de las grandes catástrofes financieras, esas que lastran toda la economía española actual, podríamos encontrar representantes, más o menos directos, de toda el espectro político y sindical de nuestro estado… los mismos que ahora se llevan las manos a la cabeza y se tiran de los pelos, o corren muy dignos en defensa de los "intereses públicos".

Conclusiones

Es muy difícil sacar la veta "social", el beneficio público y largoplacista al negocio bancario. A las pruebas de estos años me remito. Las tres décadas de mayor generación de beneficios, también para la banca semipública, ha dado en esto. El Estado, gobierne quien gobierne, debe ser exquisito en su pulcritud moral, porque el dinero, cuando es de todos/de nadie, es la más activa, rápida y eficaz vía de contagio de todos los vicios y miserias humanas. Y el déficit de pulcritud moral es elevadísimo. Sin una gestión de alto nivel ético y profesional la banca semipública no funcionará.

En lo que a actividad económica se refiere, lo privado necesita una regulación aun más urgente y profunda que lo público. La ley protege al empresario, al amparo de una limitadísima legislación, más allá de lo moralmente aceptable y de lo que interesa al bien común. Y hay que tener en cuenta que para la ciudadanía de a pié, crisis significa problemas y zozobra, pero para el capital crisis es "oportunidad"; durante estos años de crisis, el mercado de artículos de lujo ha crecido más que el PIB de ningún país. Estamos en donde "ellos" querían encontrarnos. No hay errores: "el mercado", "el sistema" funciona ASÍ.

Los que ahora toman decisiones escalofriantes para "el bien de todos", y los que las critican, son de la misma familia (incluso en ocasiones los mismos) que han alimentado "el mal de todos" del que pretenden rescatarnos. Además, están por encima de los peligros (reales e inminentes) de los que pretenden salvarnos: ni sus viviendas, ni sus puestos de trabajo, ni sus pensiones, ni su altísimo nivel de vida corren ningún riesgo. Hemos creado una casta aparte... y se la pagamos.

Estamos viviendo el dramático desguace de un Estado que, en manos de sus gestores temporales y ocasionales, vende, se desprende de bienes públicos de valor incalculable, a precios de saldo. Liquidamos y privatizamos la sanidad, la educación, la generación y distribución de energía, de agua potable...

Ahora que aflora la ruina a la que la han llevado sus gestores (públicos), nacionalizamos un banco que era semipúblico hace sólo año y medio, un banco que durante sus trescientos años anteriores fue un floreciente negocio: ¡manda collóns na Habana!

Corolario: si el país, este o cualquier otro, sigue sin producir, nos vamos todos a la mierda.

 

 

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Jueves, a 3 de Mayo de 2012

Por Rosa María Artal, 30/04/2012

8,02 de la mañana. Abro los ojos y pongo la radio, el diario acto mecánico. “Es impresentable”, dice Esperanza Aguirre (Esperanza Aguirre y Gil de Biedma, Condesa de Murillo [i] y grande de España [ii], Presidenta de la Comunidad de Madrid, famosa por sus salidas de tono, sus miserables ataques a “lo público” y sus meteduras de pata [iii]) en tono agrio. Una sola décima de segundo para incorporarme de nuevo y desconectar el aparato. Con increíble agilidad para estar apenas despierta, he decidido abortar el discurso, fuera el que fuera. Evitar contaminarme con todo lo que había de seguir en las noticias.

No sé si la recién reelegida presidenta del PP en la comunidad de Madrid dirigía su piropo al PSOE, a alguno de sus miembros en concreto, a IU, a los sindicatos, a la sociedad que protesta en la calle, o hacía un pack con todos ellos. Me daba igual, es todo tan previsible…

Pero inmersa ya en la vida diurna, no dejo de pensar en lo que realmente… es impresentable. Y que a unos políticos –sean del signo que sean- que únicamente han sido elegidos para representarnos y en nuestro nombre llevar la gestión del país, debería hacerles gritar: Es impresentable.

Es impresentable acabar con la sanidad pública, hacer pagar por las ambulancias y las sillas de ruedas, quitar los tratamientos a enfermos graves porque no tienen no sé qué papeles, abocar a las mujeres divorciadas a la tutela del marido para que les “avale” su derecho a la sanidad pública, apretar aún más la angustia de millones de jóvenes mayores de 26 años que, a su falta de trabajo, unirán quedarse sin atención médica como no se apunten al presunto servicio de creación de empleo.

Es impresentable destrozar también la educación y asumir –sin pestañear- que empeorará con los recortes, cuando el fracaso escolar y educacional de España exigía por el contrario mayores medidas de apoyo. Es impresentable reservar los estudios universitarios a los ricos, cercenar la investigación y la cultura.

Es impresentable dedicar los recursos económicos a subvencionar a la iglesia católica, el gasto militar o los toros. O mantener las intocables prebendas de los políticos.

Es impresentable asumir ahora que no van a crear un puto empleo hasta 2020 y decir que seguirá creciendo el paro, cuando además basaron en ese punto esencial la campaña para las elecciones.

Es impresentable mentir tanto y con tanto desparpajo.

Es impresentable obstinarse en el camino suicida de la austeridad, y no reconocer que la peor “herencia,” es la “peor” derecha imaginable.

Es impresentable reírse del inmenso dolor que están causando como hace Aguirre, cuya queja es que “El gobierno no recorta suficiente”.

Es impresentable que nos vendan el patrimonio público que pagamos con nuestros impuestos.

Es impresentable reprimir la disidencia, mantener en la cárcel a manifestantes, suprimir el tratado de Schengen o trabajar a toda prisa para endurecer el Código Penal y que aquí no rechiste salvo Dios.

Es impresentable atribuir toda la culpa de la crisis económica al PSOE, y decir que “de haber dejado así España no saldrían a la calle”, cuando el PP tiene en su haber el despilfarro -y alguna cosa más- de la Comunidad Valenciana, Baleares, Madrid (incluido su ayuntamiento) o Galicia, por no seguir por más.

Es impresentable seguir engañando a los ciudadanos diciendo que tras ajustar el déficit “ese dinero se destinará” a atender las necesidades de los ciudadanos, porque no funciona así en la “economía de casino” que los neoliberales defienden. Todo lo contrario, el hambre de codicia jamás se les sacia. Y no hay más que mirar a Grecia, Portugal o Irlanda.

Es impresentable la tibia oposición que está realizando el PSOE, que parece más atento a conservar su parcelita que a solucionar las causas de desesperación de los ciudadanos.

Es impresentable que los grandes medios informativos no prioricen la información que precisa conocer la sociedad y sigan distrayendo con tal irresponsabilidad.

Es impresentable que un grupo notable de ciudadanos tengan tan nulo aprecio a su condición de tales y engullan las mentiras, la situación que viven, y el futuro que se les cierra por mirar para otro lado. Es impresentable permanecer impasible ante tantos signos que alertan de una vuelta del fascismo.

Y es más que impresentable que el Gobierno de España esté “presentado” sus reformas al Gobierno alemán en un sarao en Galicia. Es impresentable, del todo impresentable la actitud prepotente y casi cruel de Rajoy con quienes considera inferiores a él, si no queréis reformas, dos tazas, y el servilismo que despliega hacia quien ve superior: Merkel. Porque además no le sirve de nada: hemos vuelto a entrar en recesión (por la pésima y errónea gestión del PP) y estamos a un paso del bono basura. 



[i]  El Condado de Murillo es un título nobiliario español creado el 21 de diciembre de 1692, por el rey Carlos II, a favor de Carlos Ramírez de Arellano y Guevara.

[ii]  La Grandeza de España es la máxima dignidad de la nobleza española en la jerarquía nobiliaria, pues está situada inmediatamente después de la de infante, que está reservada a los hijos del rey de España y a los del príncipe de Asturias. Es otorgada por el rey y generalmente va unida a un título nobiliario, por lo que es hereditaria, aunque en ocasiones se concede de forma vitalicia a una persona en concreto, como los hijos de los infantes de España, que no heredan el tratamiento de sus progenitores. Es también la más alta dignidad de su clase de toda Europa, pues sus privilegios fueron mayores que los de otras figuras similares europeas, como los pares de Francia o los peers del Reino Unido. Su origen se encuentra en las antiguas monarquías visigodas, aunque no es hasta el reinado de Carlos I de España en el siglo XVI cuando comienza a regularse y establecerse como la conocemos en la actualidad.

[iii]  Algunas frases célebres de esta condesa y grande de España:

  • No tener pagas extra (¡ojo, las tiene prorrateadas!) como presidenta (de la Comunidad de Madrid) me tiene mártir, las he tenido toda mi vida y las echo de menos en Navidad y en verano. No es que haga números a final de mes, ¡es que muchas veces no llego por culpa de que mí palacio tiene unos techos altísimos y la calefacción es eléctrica!".

  • En mi lista electoral hay gente que está imputada judicialmente por tonterías.”

  • Estos sindicatos (refiriéndose a CC.OO y UGT) caerán como el muro de Berlín.”

  • Qué suerte hemos tenido quitándole un consejero al hijoputa (refiriéndose a su compañero de partido político, Alberto Gallardón), dándoselo a IU.”

  • Porque lo considero nocivo y un atentado a la intimidad (en respuesta a su negativa a publicar su patrimonio personal).”

  • Los poderes públicos tienen la obligación de impulsar la práctica del golf.”

 

Martes, a 1 de Mayo de 2012

Por Belén Franco, de Ferrol (Galicia)

Hasta hace unos ocho años, aproximadamente, desconocía la existencia de Castrillo de los Polvazares, un pueblo ejemplar y de gran valor monumental de la comarca de la Maragatería leonesa, junto al Camino de Santiago, que ha sabido conservar, como pocos, su esencia más pura, su arquitectura popular de mampostería de piedra rojiza, el diseño de sus calles anchas totalmente empedradas con cantos -aquí el asfalto no existe-, sus costumbres, su cultura y, como no, su gastronomía, concretamente su sabroso cocido maragato.

Tuve la oportunidad de visitarlo por aquel entonces. Aprovechando los días festivos de primeros de diciembre, decidimos mi pareja y yo pasar tres días en Astorga. Recuerdo que fueron aquéllos días de frío crudo e intenso, en los que yo esperaba ver nevar. Pero el cielo plenamente azul, sin rastro de nubes, a pesar del ambiente gélido, no presagiaba nieve, en absoluto.

El día que nos acercamos hasta Castrillo, declarado Conjunto Histórico Artístico, situado a sólo cinco kilómetros de Astorga, el frío era tan cruel y despiadado que no invitaba, ni por asomo, a un tranquilo paseo por el pueblo. Después de realizar un breve y apurado recorrido por su calle principal – la Real-, decidimos entrar en uno de sus tantos restaurantes abiertos en los últimos años, para acogernos al calor y al  abrigo que su interior nos brindaba, y degustar su exquisito cocido maragato.

Este año 2012, elegimos la ciudad de León como destino vacacional para pasar los días festivos de Semana Santa. Y ya que Astorga y Castrillo de los Polvazares nos coincidían en el camino, realizamos una nueva visita a este pueblo de raigambre arriera, para saborear, otra vez, su cocido maragato.

Nos sorprendió la calurosa y rumbera bienvenida que un músico y guitarrista callejero, sentado  a la puerta de una de las casas, a la misma entrada del pueblo, ofrecía a todo visitante, dedicándole, desinteresadamente, divertidas rumbas improvisadas. Días más tarde, investigando por Internet, averigüé que se llama, o se hace llamar, José Aleluya y que se gana la vida de esta forma.

En esta nueva ocasión, la agradable temperatura sí que invitó al pausado recorrido por toda esta pequeña localidad de Castrillo, descubriendo sus auténticas viviendas arrieras de altos muros que las aíslan, celosamente, de la mirada y la curiosidad de cualquier paseante y extraño. Entrando en algunos de sus restaurantes que, en su momento, fueron casas arrieras, es posible imaginar sus antiguas dependencias, transformadas y rehabilitadas, actualmente, en los comedores de estas magníficas posadas del siglo XXI que abundan por todo el pueblo. Pero no por ello han perdido su carácter arriero. Algunas de las viviendas, además, presumen de grandes escudos en sus fachadas e intentan conservar sus motivos y utensilios decorativos más costumbristas y tradicionales. Todas ellas ofrecen un variado colorido de tonos verdes, azules y marrones en las ventanas e imponentes portalones de madera con arcos de medio punto. Y es que uno de los elementos arquitectónicos más llamativos de estas construcciones arrieras son sus grandes puertas que permitían, a través de sus amplios umbrales y del zaguán, el acceso de los carros de los arrieros a los espaciosos patios empedrados de su interior, el punto neurálgico y organizativo de la casa, donde se distribuían las cuadras de los animales y otras dependencias relacionadas con el trabajo y la vida del arriero. La planta superior estaba destinada a las habitaciones.

A lo largo de este tranquilo paseo por uno de los pueblos más hermosos de la comarca leonesa de la Maragatería me sorprendió el busto de la escritora Concha Espina, esculpido en la fachada de unas de las casas de la plaza, frente a la iglesia. Parece que la escritora pasó una breve temporada en Castrillo inspirándose en sus mujeres y en su entorno para escribir su obra “La esfinge maragata”.

La principal actividad económica de los antiguos habitantes de este pueblo de fuerte sabor añejo fue, por tradición, la arriería. Los arrieros eran comerciantes que se desplazaban entre Galicia y Castilla, principalmente, dedicándose al intercambio de productos entre ambas regiones, ayudados por el único medio de transporte del que, entre los siglos XVI y XIX disponían: el carro. La amplitud de sus calles es una clara consecuencia de esa actividad económica, facilitando el tránsito de esos carros y de las recuas de animales de carga. Incluso los poyos de piedras arrimados a las paredes de las viviendas, a ambos lados de los portalones, se diseñaron como ayuda para subirse a las mulas y caballos.

Con la llegada del ferrocarril, a finales del siglo XIX, y la apertura de las comunicaciones entre la meseta y Galicia, la actividad arriera y, consecuentemente, los arrieros fueron desapareciendo, pero no esta representativa villa que parece haberse estancado, por suerte, en el tiempo, manteniéndose incólume para los que somos amantes y defensores de la conservación de la arquitectura popular y tradicional.

Actualmente, Castrillo no alcanza los 100 habitantes. Pero cuando llega el fin de semana o los períodos vacacionales, las calles de este pueblo se llenan de visitantes, paseantes y turistas atraídos por los aromas y los sabores que desprende su sabroso y contundente cocido maragato. Un plato que, a diferencia de otros cocidos que estamos acostumbrados a degustar, se empieza a comer al revés. Primero, es el turno de las carnes: chorizo, partes del cerdo, ternera, pollo. A continuación, son protagonistas los deliciosos garbanzos y el repollo. Y, ya por último, es de obligado cumplimiento saborear una exquisita sopa realizada con el agua de cocción de las carnes. Y no hay que olvidar la imposición de acompañar este delicioso manjar con un buen vino.

No tengo demasiado claro la razón de porqué se come a la inversa. Hay quien establece el origen de esta peculiar forma de deglutir el cocido maragato al asedio que sufrió la localidad vecina de Astorga durante la época napoleónica. Ante una posible e inminente batalla, los soldados de Napoleón decidieron dejar la sopa para lo último y empezar por las carnes, verduras y legumbres; pues, sobre todo las primeras les proporcionaban las proteínas suficientes en caso de que el enemigo realizase un ataque por sorpresa: “de sobrar algo que sobre la sopa”. También hay quien vincula esta costumbre gastronómica del cocido a los mismos arrieros que decidían dejar el delicioso caldo para el final con el objeto de que las carnes no enfriasen. Quizá la versión más acertada sea la que explica que cuando los arrieros realizaban sus rutas por Castilla y Galicia, llevaban consigo un recipiente circular de madera donde guardaban trozos de carne de cerdo cocida. Al realizar las correspondientes paradas y descansos en las posadas de la ruta, comían primero esas carnes ya frías y, posteriormente, pedían al mesonero una sopa caliente.

El caserío de Castrillo de los Polvazares constituye un placer visual. Su tranquilo recorrido se convierte en un gratificante y didáctico paseo en el que cada arquitectura y cada piedra se ha transformado en guardián de auténticas costumbres ancestrales que cobija, además, secretos a descubrir por el viajero; y en el que el cocido, su principal identidad gastronómica, se transmuta en un deleite gustativo para el paladar, en toda una explosión de agradables aromas, sabores y sensaciones. En definitiva, una visita para no olvidar.

 


Comentarios de Alfredo Webmaster

A diferencia de Belén y su pareja, yo conocí este pueblo hace más de 25 años. Como a ellos, me sorprendió su excelsa arquitectura rural y su magnífico estado de conservación

Recuerdo muy vivamente una fría y desapacible noche de invierno de hace unos dieciocho años, cuando volvía en coche de una reunión de trabajo en Madrid. Por culpa de un temporal de nieve quedé bloqueado en la Nacional VI a la altura del puerto del Manzanal, sin posibilidad de seguir circulando hacia Galicia.

Las opciones que tenía para pasar la noche eran volver a Astorga y dormir en el Hotel Gaudí, o desviarme a Castrillo de los Polvazares. Elegí la segunda opción, y acerté.

Me hospedé en un precioso hotel rural: Cuca la Vaina, en el centro del pueblo, un edificio de estructura típica de la zona, perfectamente restaurado, lleno de detalle sorprendentes, como la espléndida galería maragata con espectaculares vistas a los Montes de Teleno, unas confortables habitaciones con todo tipo de servicios y una calefacción que ayudaba a no sentir el frío exterior. Y un restaurante de primerísimo nivel.

De esa visita a Castrillo de los Polvazares recuerdo muy especialmente el paseo nocturno por el pueblo en silencio, en absoluto silencio, la nieve que cubría el empedrado de sus calles o la luz tenue que emitían las farolas de sus calles maragatas. Mientras caminaba, mis pies dejaban un rastro de pisadas que se cubrían en poco tiempo con la nieva que caía con fuerza… Durante el recorrido, rodeado por un silencio sobrecogedor y la escasa iluminación, tuve la extraña sensación de haber retornado al siglo XVIII.

Recuerdo otra visita más, en esta ocasión en el año 2000/2001. De ese viaje desde León recuerdo el almuerzo con un cocido maragato, excepcional, que prepara Cuca la Vaina, y una cecina de Astorga ligeramente templada, aliñada con aceite de oliva virgen extra y unas pizcas de pimienta, una deliciosa cecina como jamás volví a tomar igual. Y de postre, unas peras de inverno al vino tinto ¡Casi nada!

Rrecomiendo visitar Castrillo de los Polvazares en un día de semana: los sábados y domingos, sobre todo en primavera y verano, suele estar lleno.

Alfredo Webmaster

 

 

 

Viernes, a 20 de Abril de 2012
 
 
... para que lo sepáis:
 
 
 
"Para que unos pocos vivan como viven, muchísimos tienen que vivir peor"
 
Karl Marx
 
Miércoles, a 18 de Abril de 2012

Hace unos días, en un arrebato de lujurioso liberalismo, recalcitrante mentalidad neocon y servil claudicación ante el nuevo führer sin bigotito (pero con faldas: la ínclita Angela Dorothea Merkel, la enterradora de Europa –y del europeismo-), nuestros avispados dirigentes populares tuvieron una ‘brillante’ idea: promover una amnistía fiscal en España.

Si no llega a ser por lo tremendamente injusta y canalla que es la propuesta, nos produciría risa que a alguien se le ocurriera la peregrina idea de perdonar a delincuentes el pago de los impuestos que tienen la obligación de entregar al Estado.

Ya veis lo que son las cosas: el gobierno que preside Mariano Rajoy, un fulano capaz de aplicar en todas sus políticas la famosa frase “donde dije digo, digo Diego”, os la volvió a meter doblada. A todos. También a ti. Y lo que es peor aún, a mí que no le voté.

Pero está en ti revelarte, protestar. Haz lo que hice yo: mándale al ministro de Hacienda tu más enérgica queja para que sepa que estás de muy mala leche y disconforme ante una injusticia que nos quieren aplicar de forma taimada y torticera, una política inmoral que degrada nuestro sistema fiscal para beneficiar, sólo, a delincuentes de la peor calaña.

Escríbele a Montoro. Si dejas que te sigan dando por donde te están dando, ¿cuál será la próxima vileza que perpetrarán estos políticos del PP benefactores de delincuentes?

Se me ocurre que entre todos podríamos promover una ley para hacerle saber a los delincuentes defraudadores que les damos un año para ponerse al día con la Hacienda Pública; y que si no lo hacen, a partir de ese momento, y con carácter retroactivo, cualquier fraude que le detectemos superior a los 30.000 euros, será castigado con el embargo de todos sus bienes (aquí, en Japón, en la Conchinchina o en sus paraísos fiscales) y a entre 10 y 30 años de cárcel.

Como premio al inspector fiscal que caze delincuentes, se le daría un incentivo del 1% de las cantidades que recaude. ¡¡Ya verías como pillábamos a todos estos sinvergüenzas!!

Alfredo Webmaster

 


 

Don Cristóbal Ricardo Montoro Romero

Ministro de Hacienda y Administraciones Públicas del Gobierno de España

Gobierno de España

C/. Alcalá, 9

Madrid

 

(Aquí pon el nombre de tu localidad), a *** de abril de 2012

 

Estimado señor Montoro:

El Gobierno del que Vd. forma parte ha aprobado lo que han calificado de regularización de fortunas evadidas a paraísos fiscales, cuantas opacas dentro y fuera del país, y dinero negro. Es decir, una amnistía fiscal en román paladino. Los capitales que se regularicen sólo serán gravados con un 10% de impuestos.

La necesaria igualdad ante la Ley exige que los asalariados recibamos igual trato. Nos sentimos discriminados –y lo que es casi peor- estúpidos por haber pagado lo que los evasores se quedaron íntegramente para ellos. De llevarse a cabo esa amnistía, lo justo es que sea general y con efecto retroactivo: lo ya abonado que vuelve a nuestros bolsillos.

Tenga en cuenta los grandes beneficios de los que ya disfrutan los amnistiados y los alarmantes datos de la dimensión del problema que paso a recordarle:

Según el informe 2011 del Observatorio de Responsabilidad Social Corporativa, el 82% de las empresas del IBEX 35 tienen vinculación patrimonial con empresas domiciliadas en paraísos fiscales. Los Técnicos del Ministerio de Hacienda (Gestha) por su parte estiman que las grandes fortunas y las grandes empresas son responsables del 71,8% del total del fraude fiscal en España. Y eso que –dice en este caso la Organización Profesional de Inspectores de Hacienda (IHE)- los ingresos obtenidos en el extranjero están exentos del impuesto de Sociedades en España mientras que los gastos invertidos para ello sí tienen deducciones fiscales. El mecanismo es muy simple: los ingresos no suman (computan) y los gastos financieros necesarios para obtener los ingresos sí restan (se deducen)", dicen”.

Su amnistía, Sr. Montoro, -como dice la IHE- contradice, para empezar, el artículo 31 de la Constitución: "Todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad que, en ningún caso, tendrá alcance confiscatorio". Sube los impuestos a los que pagan y se les perdonen a los que no cumplen. Y puede provocar un "derrumbe" de la conciencia fiscal de los contribuyentes con efectos muy perjudiciales sobre la economía española.

Miles de millones de euros perdidos que nunca más se pagarán porque su Gobierno les “perdona”. Si esta profunda arbitrariedad no tiene vuelta atrás, debemos reclamar el mismo trato y exigir la devolución del 90% de lo cotizado. Conscientes muchos ciudadanos de la situación de crisis que padecemos -y sin que la hayamos creado- en todo caso podría aceptar una tributación del 10% de mis ingresos, como los capitales aflorados, desde luego por toda mi vida laboral. La emigración a la que las erráticas políticas seguidas en España desde hace años –la “herencia” ¡es tan amplia, larga y profunda estimado señor Montoro!- nos abocan, sería mucho más asumible con ese patrimonio del que los ahora amnistiados –sin recargos, ni sanciones- disfrutan.

A la espera de su respuesta, atentamente,

(Pon aquí tu firma y datos personales)

 

Miércoles, a 18 de Abril de 2012

 

¿Qué lugar ocupa la Corona española en el ranking de los líderes europeos mejor pagados? ¿Nos saldría más barata una República como forma de Estado? ¿Y qué Jefe de Estado tiene la asignación económica más elevada?


Los recién aprobados Presupuestos Generales del Estado para 2012 han recortado en un 2% la asignación económica que recibe la Corona. En total, este año nuestra monarquía nos costará 8,26 millones de euros comparado con los 8,43 millones de euros del año pasado. Pero, ¿es cara o barata comparada con otras casas reales del Viejo Continente?

Según un estudio comparativo realizado por Herman Matthijs -profesor de Administración y Finanzas Públicas en Bélgica- sobre las distintas formas de Estado -monarquías y repúblicas- de los principales países europeos, la monarquía española estaría considerada la más barata.

El estudio se ha centrado en las 8 monarquías europeas -Bélgica, Dinamarca, España, Holanda, Noruega, Reino Unido, Suecia y el Gran Ducado de Luxemburgo- y en las dos repúblicas más importantes, Francia y Alemania.

En relación con el PIB y la población del país, la monarquía más barata de mantener sería la nuestra mientras que las más caras corresponderían a las de Luxemburgo y Noruega.

Pero, ¿qué hay de cierto en eso de que una República sería más barata de mantener que una Monarquía? Pues la respuesta podría variar dependiendo del país analizado. Para los daneses, holandeses, noruegos o belgas cambiar de forma de Estado -de monarquía a república- sí les saldría más barato. Sin embargo en España pagamos menos por nuestro Jefe de Estado si nos comparamos con nuestro vecino del norte.

Y es que mientras que estamos hablando de una asignación anual de 8,26 millones de euros para mantener nuestra monarquía, los franceses pagan por su república nada menos que 112 millones de euros, según el estudio del profesor Matthijs. Es decir, que la república francesa cuesta más de 103 millones de euros que la Corona española.

Otras formas de Estado mucho más caras que la nuestra son las de Reino Unido con 45,6 millones de euros, Holanda con 39,1 millones de euros, Alemania con una república de 28,7 millones de euros y Noruega con una monarquía de 25,1 millones de euros.

Y si hablamos de salarios sucede lo mismo. El sueldo anual de nuestro monarca español ronda los 180.000 euros, muy alejado de lo que cobran otros líderes europeos como Haraldde Noruega (1,2 millones de salario), Beatriz de Holanda (829.000 euros) o el Gran Duque de Luxemburgo, que cobra 645.000 euros al año en un país que apenas cuenta con apenas medio millón de habitantes.

También cobran más que el rey de España el presidente Sarkozy (273.000 euros al año), el presidente alemán con 277.000 euros, el presidente del Consejo Europeo Herman Van Rompuy (261.000 euros) y hasta el propio Barack Obama, con un sueldo anual de 355.000 euros.

 

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Miércoles, a 18 de Abril de 2012

Los nuevos explotadores, por Javier Marías

"El artista parte siempre de cero, jamás puede ser un privilegiado”


 Nunca creí que llegara a sentir, por nuestros diputados elegidos democráticamente, casi tanto desprecio como el que sin cesar sentía por sus predecesores franquistas, aquellos monigotes corruptos que se limitaban a vitorear las decisiones del dictador, con sus bigotitos ridículos y sus disfraces de domadores. Los actuales no obedecen a alguien tan ruin, pero sí a los jefes de filas de sus respectivos partidos, lo cual los convierte en meros peleles que están ahí para hacer bulto. No discrepan, no piensan, todos sumisos y dóciles. En el plazo de escasos días, estos señores y señoras han aprobado por unanimidad una ley fascistoide contra el tabaco (con delaciones anónimas; y nadie ha logrado argumentarme por qué no puede haber bares y restaurantes de autoservicio, o con camareros que fumen por costumbre, en los que se pueda encender un pitillo), y han tumbado una medrosa ley (la llamada ley Sinde) que, tras años de piratería internética totalmente impune, trataba de frenar un poco ese bandidaje. Ante la furia de los piratas, casi todos se han arrugado. No sé qué diablos hacen aún en el Congreso. Si tanto les puede el miedo, deben dedicarse a otra cosa. Es como si un policía se achanta al ver a un ladrón robando, y no trata de impedírselo por si se le enfada. Me parece una reacción normal y comprensible, pero ese individuo no está capacitado para ser policía.

También me parece normal y comprensible que la gente piratee lo que pueda, si nada va a pasarle por hacerlo. No les quepa duda de que si no estuviera penado hurtar en los almacenes, casi nadie pasaría por caja. Así que no culpo a los usuarios ni creo que deban ser perseguidos. La tentación es muy fuerte, y no estamos para resistirlas. Ahora bien, lo que no suele parecerme de recibo son las "justificaciones” y "argumentaciones” que esgrimen quienes tientan “y hacen negocio” y algunos de esos usuarios. No sólo quieren gratis películas, canciones, series televisivas y libros, sino que además pretenden tener razón y que se los aplauda por apropiarse de lo ajeno. Y poco menos que abogan por la desaparición de los derechos de autor y la supresión de la propiedad intelectual. Son los nuevos explotadores, que aspiran a tomar el relevo de quienes siempre explotaron a los artistas, los mecenas y los empresarios. Hablaré de lo que más conozco, los libros. Mucha gente sigue ignorando que el autor de una novela percibe sólo el 10%, y en las ediciones de bolsillo un 8% o incluso un 6%. Eso significa que, si una novela cuesta 20 euros, el novelista se embolsa 2 por cada ejemplar vendido. Está, por tanto, mucho más cerca del campesino que cultiva patatas que de ninguna otra figura de la larga cadena que lleva esas patatas al mercado de la esquina. Esto no siempre fue así. Durante largo tiempo fue peor. El escritor vendía su obra al editor, por una cantidad fija y normalmente miserable. El editor se convertía, con eso, en propietario único de la obra, y ya podía ésta tener un éxito demencial y vender millones de ejemplares, que el autor no veía un céntimo más, mientras que el editor se enriquecía indefinidamente con el trabajo y el talento ajenos. El reconocimiento del copyright y de la propiedad intelectual puso fin (relativo) a semejantes explotación y abuso. Ir contra esos logros es lo más reaccionario que quepa imaginar, tanto como ir contra la jornada de ocho horas y pretender que los trabajadores vuelvan a deslomarse durante doce o catorce, como en tiempos de Dickens.

A menudo se emplea el término "privilegiados” para referirse a los cineastas, cantantes y escritores de éxito. Un artista no es nunca un "privilegiado”, no puede serlo. Cada uno saca su creación y la pone ahí, en el mercado. No obliga a nadie a verla, escucharla o leerla, no está en su mano. No elige a sus espectadores, oyentes o lectores, siempre son éstos quienes lo eligen a él, libremente. Se los gana con su talento o porque tiene suerte, uno a uno, ninguno le es regalado. Sus posibilidades de fracasar son infinitamente mayores que las de triunfar. Corre su riesgo. Es privilegiado el hijo del banquero, que lo tiene todo hecho y hereda una fortuna. O el del rico empresario. Lo es más, incluso, el del zapatero, que hereda una zapatería y no parte de la nada. El artista, cualquiera que sea su origen, parte siempre de cero, jamás puede ser un "privilegiado”. Ni Ken Follett, que también se ha ganado a pulso a cada uno de sus lectores.

Josep Ramoneda es un hombre inteligente y de izquierdas de toda la vida. Por lo segundo que no por lo primero se puede entender que escriba esto: "también habrá que encontrar las fórmulas para que los herederos de un artista no vivan setenta años del cuento”. Se refiere al hecho de que las obras artísticas pasan a ser del dominio público "sólo a los setenta años de la muerte de su autor”. Lo curioso es que eso, que considera tan injusto, no le ocurre a nadie más: el dinero, las propiedades, las casas, los negocios, las empresas, los cuadros, los muebles y las zapaterías se heredan hasta el infinito, generación tras generación, y eso nadie lo discute ni a nadie le parece mal, ni siquiera a Ramoneda, que es o era de izquierdas. Sólo los herederos de los artistas "viven del cuento”, cuando justamente éstos ni siquiera han comprado lo que poseen, sino que lo han creado e inventado. Sólo a ellos se les pone un límite para legar eso a sus descendientes, a nadie más: ni al banquero ni al empresario ni al zapatero. Y aún quieren acortarles el plazo los nuevos explotadores. ¿Qué cuenta traerá ser artista, si se los esquilma por todos los flancos y son los peor tratados?

 

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