Cuando Caius Apicius diserta, escribe o, sencillamente, imparte alguna de sus magistrales lecciones sobre gastronomía (como buen gallego), hay que callarse y dejar que hable: es el maestro. Punto.
El pasado día 9 publicó un artículo, que leeréis más abajo, sobre las cigalas, uno de mis mariscos preferidos. No cita la procedencia de las mejores cigalas, pero sí escribe sobre las más habituales (y vulgares): las del Gran Sol (caladero de pesca situado en el Atlántico Norte, entre los paralelos 48 y 60, al oeste de las Islas Británicas), las más típicas de todas, las que sirven lo mismo para bodas que para bautizos, para comidas multitudinarias de bajo presupuesto o turistas de “todo a 100”.
Obviamente, cuando hablamos de las otras, de las sonrosadas (casi rojas una vez cocidas) y maravillosas cigalas de la costa española, estamos hablando de las de Marín (las mejores), de Huelva o de Garrucha.
Cuando tenemos la enorme suerte de poder degustar alguna de estas verdaderas joyas de la gastronomía, servidas en la temperatura ideal (templadas: nada de frío de nevera), acompañadas de un buen vino blanco del Ribeiro o Rías Baixas y de pan de calidad, veremos como se abre el cielo de la perfección gustativa, perfección a la que llegaremos gozosos, lujuriosos si cabe, después de morder el tronco terso y aromático de la cigala.
Para completar este pequeño viaje al mundo de la cigala, incluyo otro artículo del maestro, en este caso escrito en octubre de 2007, en el que compara la bondad de la cigala con el sabor anodino de los langostinos.
Alfredo Webmaster
La cigala y su textura perfecta
Por Caius Apicius para elconfidencial.com (Efe), 09/08/2010
La palabra 'organoléptico', que tanto se usa hoy al hablar de vinos o de aceites, significa, sencillamente, aplicada a las propiedades de un cuerpo, "que se puede percibir por los sentidos", como indican las voces griegas "organon", que vale por órgano, y "leptikos", que podríamos traducir por receptivo.
Respecto a una cosa de comer, o de beber, sus características organolépticas vienen siendo el aspecto (vista), el aroma (olfato), el sabor (gusto y olfato) y la textura (tacto), porque, en general, tienen pocas cosas que decirnos, de modo que el oído, aunque a veces es interesantísimo, no suele intervenir demasiado en estos asuntos, salvo, claro, cuando resulta francamente desagradable el producido por algún comensal. Entre estas cualidades, podríamos decir que la vista y el aroma son algo que prepara para el momento de la degustación: lo queramos o no, las cosas nos entran por los ojos, y un mal olor hace que rechacemos lo que nos pongan delante. Son percepciones previas. Una vez en la boca, nos interesa el gusto, claro; pero es importantísima la textura.
Viene todo esto al hecho de que, hace unos días, pudimos disfrutar de un marisco que no es que sea bonito, ni que tenga un aroma arrebatador (mejor que no lo tenga), pero que guarda en sí uno de los mejores sabores del mar y que, sobre todo, ofrece una textura espléndida... si el animalito es todo lo fresco que se requiere y su cocinero sabe lo que tiene entre manos. Se trata de la cigala, ese crustáceo en el que casi nadie piensa a la hora de establecer su lista de preferencias, pero que gusta a casi todos.
Una parca definición
No vayan al Diccionario si son amantes de las cigalas. El DRAE (qué falta hace un especialista en gastronomía en la Real Academia Española) las despacha diciendo que se trata de un "crustáceo marino de color claro y caparazón duro, semejante al cangrejo de río". Crustáceo es; marino, también. De color claro... por el amor de Dios, que las cigalas esblancuchadas no son precisamente las mejores, sino las que recién pescadas (arrastre de fondo) lucen preciosos y vivos tonos rojos. De caparazón duro, sí, siempre que no lo comparemos con el blindaje de un santiaguiño. Y que se parecen al cangrejo de río... no sé, pero debía de haber más académicos mesetarios que costeros cuando se incluyó en el DRAE la definición. El DRAE añade que "es comestible y los hay de gran tamaño". Acierta la RAE en el aparente contrasentido de usar el masculino, pero es que las cigalas grandes suelen ser machos. Y ya lo creo que es comestible. Va siendo hora de que confiese que es uno de mis tres crustáceos favoritos, así que no soy neutral.
Me encanta su sabor, limpio, rotundo, elegante; en su cabeza, sobre todo si es hembra, está lo mejor del mar. Pero lo que me entusiasma es esa textura firme, tersa, que pide un mínimo esfuerzo dental. Yo pelo la "cola" de una cigala y, después de contemplar su belleza, la muerdo y disfruto de esa pequeña pero perceptible resistencia, antes de pasar a embriagarme con su sabor... Por eso es tan importante cocinarlas lo justo. Yo, de siempre, soy partidario incondicional de las cigalas cocidas... en su punto. Es cuestión de ojo y práctica, pero unas cigalas de, pongamos, cien gramos, necesitarán de dos a tres minutos, desde que el agua salada (sin laurel, por favor) vuelva a hervir después de echarlas en ella. Las 'tronco', hasta cinco. Hoy se llevan cocciones más cortas; creo firmemente que la textura se resiente, y ya digo que es eso, la textura, una de las grandes virtudes de este marisco.
Un crustáceo no nadador, sino marchador
En cuanto a servirlas crudas, a la japonesa... bueno, nunca he llegado a entender que el resto del planeta deba adorar el sentido del gusto de los hijos del sol naciente. Los crustáceos, crudos, tienen un sabor más dulce que marino, que es, al menos yo lo creo así, el que se les pide. En fin, añadamos que la cigala es un crustáceo marino decápodo (de diez patas, de las que las dos primeras, las pinzas, están riquísimas), macruro (de 'cola', es decir, abdomen, larga, por fortuna), no nadador, sino marchador (más bien tunelador, porque excava túneles en el fondo de la plataforma continental y se pasa el día en ellos) y de la familia de los nefrópsidos (uno no elige el nombre de su familia, y menos cuando se lo pone un taxonomista), a la que también pertenece el bogavante... otra de cuyas cualidades más apreciadas es, como en el caso de su prima, la textura.
Recuerden que pueden distinguir al tacto una cigala (que a veces encierra en su cabeza esos 'corales' maravillosos) de un 'cigalo' pasando el dedo por debajo de su abdomen: si notan un dentículo, un pincho, entre segmento y segmento, es macho; si no, hembra. Y, si son ustedes devotos de las grandes cigalas, sepan que no pillarán nunca una hembra: las 'chicas' no suelen crecer demasiado, ni en edad ni en tamaño, así que esas cigalas 'tronco' son, casi siempre, machos. Pero, eso sí, tienen una textura maravillosa... que, dando el sabor, como el valor en la antigua 'mili', por supuesto, es de lo que se trata.
Las cigalas de doña Emilia (Pardo Bazán)
Por Caius Apicius para elconfidencial.com, 30/10/2007
Doña Emilia (Pardo Bazán, por supuesto) fue seguramente quien inició la polémica que enfrenta, a nuestro juicio artificialmente, a dos de los crustáceos más apreciados por los consumidores españoles: los langostinos y las cigalas. La escritora coruñesa se declaraba ferviente partidaria de los primeros y despreciaba a las segundas. Era, no lo duden, de lo más injusta.
Vean hasta qué punto: "El langostino es el mejor de los crustáceos (...) El mono del langostino es la cigala, que se le parece muchísimo en la forma y algo, desde cien leguas, en el sabor. La naturaleza ha hecho de este crustáceo un plagiario inocente. No es culpa suya, pero su posición es muy poco airosa en la cocina. Por eso el langostino no tiene mejor aderezo que ser presentado cocido al natural, y la cigala debe sazonarse con salpicón o con alguna salsa disimuladora de insulseces".
¿Habría comido alguna vez en su vida una cigala la condesa de Pardo Bazán? Mucho nos tememos que no. Ya el hecho de decir que la cigala "se le parece muchísimo en la forma" a un langostino nos hace desconfiar... porque el parecido, si alguien lo encuentra, es mínimo: son crustáceos decápodos (diez patas) y macruros (de cola larga) ambos, pero ahí se acaban las coincidencias.
La cigala tiene unas pinzas de las que carece el langostino, su 'cáscara' es mucho más dura... No sé, pero decir que se parecen muchísimo hace pensar, insisto, que doña Emilia no vio una cigala -o un langostino, cualquiera sabe- en su vida. Y eso sí que es raro, porque era coruñesa y vivió gran parte de su vida en La Coruña. Y, qué cosas, en la ría de La Coruña, como en el resto de las aguas gallegas, no hay un langostino ni para un capricho; cigalas, en cambio, las que uno quiera. Eso sí: antes, pero tan poco antes que yo aún lo recuerdo, los coruñeses llamábamos 'langostinos' a las cigalas, cosa que siguen haciendo franceses y portugueses.
Pero dejemos por un momento a doña Emilia y veamos qué dice del langostino su contemporáneo Ángel Muro. Primero, le llama 'langostín'. Y dice... esto: "Especie de cangrejo muy parecido a la langosta, pero mucho más pequeño". Otro que tal baila... y éste era andaluz y residente en Madrid. De la cigala, ni media palabra, y hablo de su monumental Diccionario de Cocina, en dos volúmenes. Parece claro que, entre una cigala y un langostino, si alguno se parece a una 'langosta' (léase bogavante) es la primera, que es de la familia...
Langostinos 'made in Spain'
A mí me gustan mucho los langostinos... a condición de que procedan de aguas muy españolas. Porque el noventa y tantos por ciento de los langostinos de los que se atiborran en fechas señaladas o sin señalar los consumidores españoles vienen de mares muy lejanos, muy exóticos; pueden proceder de granjas, aunque lo más normal es que lleguen congelados... La devoción hispánica por semejantes 'langostinos' es una cosa que siempre me ha hecho dudar del paladar medio del español.
Otra cosa son, desde luego, los ilustrísimos langostinos de Sanlúcar, de Vinaroz, de San Pedro del Pinatar... Y, qué quieren que les diga, aun apreciándolos en lo que valen, yo, cuando estoy en Sanlúcar, en el Bajo de Guía, me tiro más hacia esa maravilla que es la gamba blanca de esas aguas que a los langostinos.
Por supuesto que los langostinos de las procedencias antes mencionadas no tienen mejor aderezo que ser cocidos y servidos al natural. Los otros... mejor ayudarles. El otro día, en un programa de televisión, un cocinero mexicano daba una receta para sus 'camarones', y entrecomillo porque lo que llaman en América 'camarón' no tiene nada que ver con lo que aquí conocemos con ese nombre o el de kiskillón. Les ponía una salsa hecha con un montón de ingredientes, todos de sabor profundo. Eso, ¿qué indica? Pues que los susodichos 'camarones' no saben a nada. Me recordó lo que uno de los mejores cronistas gastronómicos de la historia, Punto y Coma, mi inolvidable maestro y amigo Víctor de la Serna, decía de esa bazofia -parece que hoy desaparecida- llamada 'cóctel de marisco': "una invención de la cocina -llamémosla así- norteamericana, que lanzó este brebaje para dar salida a los aburridos, insaboros y enormes camarones de las costas de Florida y California".
Bueno; aquí, en vez de 'camarones' americanos tenemos langostinos japoneses, tunecinos, iraquíes, ecuatorianos y de mil procedencias más. Hay que ayudarles con salsas o vinagretas, porque ellos solitos jamás lograrán parecerse a uno de Sanlúcar... como una cigala de aguas noruegas no será tampoco nunca igual que una de Marín, de Huelva o de Palamós, por poner tres orígenes ilustrísimos del marisco que tanto menospreciaba doña Emilia... a la que una opinión tan heterodoxa, o una confusión tan clamorosa, como la vertida sobre ambos crustáceos no impidió escribir y publicar dos, por otra parte, buenos libros de cocina.

Comentarios recientes
hace 3 horas 48 mins
hace 3 horas 56 mins
hace 5 horas 23 mins
hace 13 horas 16 mins
hace 13 horas 22 mins
hace 13 horas 26 mins
hace 13 horas 41 mins
hace 18 horas 2 mins
hace 19 horas 52 mins
hace 19 horas 54 mins