
En el noroeste de España, en la zona más bonita de todo el país, en Galicia, está una ciudad que se llama La Coruña...

... en la ciudad hay una calle que se llama Torreiro...

... en esa calle se encontraba La Traída, un local sin letreros ni luminosos pero muy conocido como bar para tomar unos vinos y unas buenas tapas...

... un bar en el que Sisa y Mari Carmen, Mari Carmen y Sisa (lo mismo da, las dos son mágnificas) servían con cariño y dedicación vinos y tapas...

... lo primero, llenar las jarrás de buen vino del ribeiro de barril...

... después, servírselo a los parroquianos que iban a su local día a día, mes a mes, año a años, hasta que pasaban a formar parte de la familia...

... un local muy concurrido y de público variopinto, en donde se mezclaban inmaduros jóvenes con otro tipo de "jóvenes" más maduros...

... un local lleno de historia y recuerdos, un museo de coruñesismo y deportivismo...

... un local como los de antes, sin artificios ni zarandajas, en el que las gentes compartían las mesas en amigables chácharas, sin prisas, como son las cosas buenas de la vida...

... y se reunían entorno a unas magníficas tapas, como los famosos chicharrones, tapas que se tomaban acompañadas del vino del ribeiro que servían en cuncas y de unas buenas rebanadas de pan de mollete.
Los primeros recuerdos que tengo de La Traída me retrotraen a mi época de estudiante y al continúo entrar y salir de los locales de tazas de la zona de vinos de La Coruña, con Merce, Manel, Lito Mendoza y compañía, un tiempo maravilloso en el que los vinos que nos servían, alguno de ellos malos de solemnidad, bajaban gozosos por nuestros gaznates, agilizando la lengua y facilitando el verbo que nos permitía hacer grandes y pomposas soflamas revolucionarias. ¡Qué tiempos!
El Priorato y sus porrones acompañados de cacahuetes, los tigres rabiosos del Villar y Paco, el Lois y sus parrochas a la plancha, el Santiso y sus patatas fritas con sal y pimentón picante, O Tarabelo con sus mejillones en escabeche, la maravillosa oreja a la plancha de A Miña Casa, la empanada de raxo del Beade, la tortilla y croquetas de La Bombilla, los calamares fritos del Otero, los berberechos al vapor de A Esquiña… y los chicharrones y el queso de tetilla de La Traída. Así era el recorrido lúdico/gastronómico que hacíamos por la mejor y más bonita zona de vinos del mundo.
Si hay (había) un lugar que sobresalía entre todos, ese era La Traída, el mítico local que regentaban desde la muerte de su padre Mari Carmen y Sisa, dos hermanas unidas por el amor a los buenos productos, a sus clientes de toda la vida y al coruñesismo y deportivismo que corría por sus venas, un amor desaforado que inundaba todos los actos en la patria del supremacismo coruñesista.
¡Hay de ti cómo te metieras con don Francisco “Paco” Vázquez o don Augusto César Lendoiro! ¡No te arriendo la ganancia si se te hubiera ocurrido decir algo malo de La Coruña o del R. C. Deportivo! ¡No salías indemne de La Traída!
Nada había cambiado allí en los últimos 50 años, todo subsistía desafiando al tiempo entre barriles de vino y mesas de cuatro plazas, con la báscula de colmado presidiendo la barra, las paredes llenas de banderolas del Deportivo, almanaques de años mejores, carteles de fiestas patronales, publicidad de los quintos de Estrella de Galicia (aquí no había espacio para otra marca de cervezas ni para otro formato que no fuera el de la botella de 200 centímetros cúbicos), caricaturas de Lendoiro y Paco Vázquez, fotos de Bebeto y Arsenio Iglesias (¡Qué gran pareja, que tiempos de glorias!), la discusiones (sanas) por sempiterna rivalidad entre La Coruña y Vigo, la sede central de la “catedral del mus”, el mejor local para fumarse una Faria de las fabricadas a mano por las cigarreras de la Fábrica de Tabacos de La Coruña y los días 24 de diciembre, el mejor espacio de la ciudad para cantar el Noche de Paz.
No era un bar al uso ni un lugar cómodo para el que buscaba comodidades. No era un espacio calefactado (ni falta que hacía) ni los manteles se cambiaban a diario (no los había, ¿para qué?). Era el verdadero casino de la ciudad, el de las reuniones multitudinarias de los coruñeses de pro, un abrevadero de efluvios alcohólicos y sólidos consistentes, un espacio para aliviar penas, un oasis de tranquilidad y sosiego en medio de la ciudad. No tenía cartel en la puerta, ¡ni falta que hacía! Era La Traída.
Y ahora ya no está: cuando el próximo fin de semana vaya otra vez a La Coruña, ya no entraré por su puerta como quien entra en la historia, en una parte de mi pasado… a partir de ahora, su espacio finito lo llenará un edificio de viviendas y bajos comerciales, en los que seguramente se montará un McDonald’s o un Burger King o, pero aún, un Todo a 100.
En ese lugar histórico en donde antes se movían con cariño y devoción Sisa y Mari Carmen, en una mano las cuncas y en la otra la jarra del vino ribeiro, dentro de poco estará en su lugar un jovenzuelo vestido exactamente igual que cualquiera de esos lechones que pululan por los McDonald’s de Arizona o de Las Vegas, o tal vez nos inunde la pituitaria el nítido (y espantoso) olor a grasas vegetales de los Burger, o quizá nos veremos rodeados por estanterías y más estanterías abarrotadas de cachivaches y restos de stocks chinos, que nos entrarán por los ojos a razón de un euro por pieza. Así será el día a día que imagino para un lugar en la historia (para siempre) de La Coruña.
El día 31 de mayo, a las cinco menos cuarto de la tarde, Mari Carmen cerró por última vez la misma puerta que abrió su padre por primera vez hace 76 años. Todo acabó: La Traída ya es historia.
Triste. Muy triste.
Alfredo Webmaster
La Traída, adiós a un trocito de historia coruñesa, por Caius Apicius para el confidencial.com (Efe), 31/05/2010
¿Ustedes se imaginan, con la que está cayendo, una tasca en cuyas paredes se exhibieran fotografías de José Luis Rodríguez Zapatero y de Mariano Rajoy? Difícil, ¿no? Pues eso era lo que pasaba, a escala local, en una entrañable taberna coruñesa que acaba de echar el cierre, en la que había fotos del ex alcalde Paco Vázquez y del presidente del R.C. Deportivo, Augusto César Lendoiro, antaño íntimos amigos y compañeros de pupitre y hoy enemigos irreconciliables a causa de la política.
Era una tasca sin nombre, aunque todo el mundo la conocía como La Traída, porque en un tiempo estuvo frente a ella el local que albergaba las oficinas del agua. Se abrió nada menos que en 1936, y salvo la decoración de las paredes, llenas de fotografías del Súper Dépor, pocas cosas habrían cambiado desde entonces. En pleno centro de la ciudad, ocupaba el bajo de un inmueble demasiado goloso, condenado a sucumbir. Eso ha ocurrido ahora, a punto de cumplir sus bodas de diamante. Una pérdida más.
La oferta era corta. Allí, en su barra, se bebía ribeiro. En la clásica taza blanca, de loza, a la que llegaba el vino después de ser trasvasado desde los barriles de madera -en los que venía de la zona de Orense, de la que era natural el fundador- a la no menos típica jarra del mismo material que las tazas. Un ribeiro que, como la propia taberna, es más un vestigio de ayer: hoy, los ribeiros vienen con su etiqueta, y han evolucionado muchísimo, para bien; pero el ribeiro a granel, en taza, con su acidez y su sabor frutal, sigue teniendo partidarios.
‘Queixo do pais’ y empanada de ‘xoubas’
En cuanto a las posibilidades sólidas... Pocas, también, pero espléndidas. Unos chicharrones memorables, por ejemplo. Para los no gallegos, explicaremos que allá los chicharrones vienen siendo los residuos sólidos que resultan de la preparación de la manteca de cerdo. Cuando son buenos, y éstos lo eran, son una delicia. Junto a ellos, la casa ofrecía un queso del país casi siempre magnífico, de esos que, a veces, desparraman su interior, casi líquido, al cortarlos. Los viernes, además, una excelente empanada de xoubas, que son sardinas pequeñas, también llamadas por los coruñeses parrochas. Pan del país... y paren ustedes de contar. Parece poco, pero era muchísimo.
La Traída no era de este tiempo, e inexorablemente tenía que desaparecer. En todas las ciudades hay casos así, y en todas hay una serie de parroquianos que lamentan estos cierres. Puede tratarse, como en este caso, de una vieja taberna; puede ser un café, tal vez una casa de comidas, puede que uno de esos ultramarinos que imprimen carácter y en los que todavía huele a especias y a bacalao seco...
La Traída no era de este tiempo, e inexorablemente tenía que desaparecer. Ahora los propietarios del edificio construirán una nueva casa, por supuesto, con pisos, y en el bajo abrirá cualquier cosa; en el inmediatamente contiguo lleva tiempo funcionando una hamburguesería de franquicia. Sería irónico que el casi último reducto de las tabernas tradicionales coruñesas cediese su sitio a un establecimiento de fast-food, pero cosas peores hemos visto... aunque se nos ocurran pocas que, en efecto, sean peores.
Malos tiempos para el romanticismo
La amenaza que se cernía sobre este local venía de antiguo; la verdad es que lo que no tenía razón de ser era mantener el viejo edificio de una planta en una zona en la que el metro cuadrado debe de estar por las nubes. Tampoco es que su arquitectura justificase su declaración como edificio protegido o catalogado. La taberna, quizá; pero cada vez hay menos sitio para el romanticismo
Pero era uno de los establecimientos más queridos -y más auténticos- de la ciudad, que en los últimos años ha visto como iban desapareciendo verdaderas instituciones de la hostelería que podemos llamar de a pie, esas tabernas entrañables en las que todo el mundo se conocía y todo el mundo sabía lo que había.
Pasa, ya digo, allí, y pasa en todas partes: seguro que cualquier lector es capaz de mencionar más de un caso en su propia ciudad. Nadie me tilde de nostálgico: la hostelería ha cambiado, y éstos son otros tiempos, sin duda mejores. Estas viejas tascas son, seguramente, un anacronismo. Pero toda ciudad debería conservar con mimo algún anacronismo de éstos, que en el fondo son una parte de la historia colectiva, de la propia alma de la ciudad.
Ha caído La Traída, que regentaban las hijas del fundador. Sisa y Carmen se merecen, también, descansar tras muchos años -más de cincuenta- poniendo tazas. Las echaremos de menos, y los aledaños de la Calle Real ya no serán lo mismo. Ya no queda ningún sitio en el que Vázquez y Lendoiro, siquiera sea en imagen, convivan pacíficamente cuando anda por el medio el decaído negocio inmobiliario.

Y llego el día de cerrar definitivamente, el día del punto final para una parte de la historia gastronómica de La Coruña: os extrañaremos.
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