Leyendo el discurso de Óscar Arias en la Cumbre de las Américas de Trinidad y Tobago, del pasado 18 de abril, recordé un almuerzo con unos ex socios panameños, entre los que estaba mi amigo Andrés, gallego como yo. Pese a que sus idearios políticos en poco o en nada se parecían a los míos, sentía por él un especial cariño y una profunda admiración como persona; era divertido, simpático, culto, dicharachero, bon vivant. Era el prototipo del hombre hecho a si mismo; seguro y confiado.
El almuerzo, que se celebró en el restaurante Marbella de la Avenida de Balboa, en Panamá, tenía como finalidad captar nuevos socios para la empresa y obtener fondos adicionales que compensaran los retrasos en las obras del proyecto que teníamos en marcha. Los retrasos tenían su justificación en los problemas administrativos y técnicos que provocó un cambio en la legislación del país.
Durante el almuerzo, él llevaba la disertación sobre la bondad de nuestra oferta de colaboración y yo los aspectos más técnicos y financieros. Como teníamos todo muy bien estudiado, no imaginamos que pudieran surgir grandes problemas.
Dos de esos posibles nuevos socios, mexicanos, estuvieron desde el principio del almuerzo faltones, altaneros, chulescos. Uno de sus argumentos para cuestionar lo que les ofrecíamos era la poca fiabilidad de nuestra palabra, por ser Andrés y yo de origen español; además de eso, nos achacaban ser descendientes de los españoles que había participado en el Descubrimiento de América.
Durante bastante tiempo, Andrés, hombre maduro bregado en mil batallas empresariales, mantuvo la educación y cortesía; de vez en cuando me daba un cariñoso rodillazo para que yo hiciera lo mismo; notaba en mis ojos que no estaba dispuesto a aguantar más aquellas insinuaciones y que podría saltar en cualquier momento.
Casi al final de la comida, durante los brindis del postre, uno de esos mexicanos dijo algo excesivamente injusto: nos llamaron a los españoles violadores y asesinos de indias e indios.
En ese momento, se formó la marimorena.
Andrés, que como dije antes era un hombre culto con amplios conocimientos de historia, especialmente en todo lo relacionado de la conquista de América y siglos posteriores, les dijo a los mexicanos más o menos; “¿Y vosotros, de quién sois hijos? ¿Cuáles son vuestros apellidos? ¿Acaso tú” –mirando para uno de ellos- “no te apellidas Ramírez Montoro? Que yo sepa” -dijo Andrés- “tus apellidos son 100 % españoles, y muy españoles. Y tú” –preguntó al otro- “¿No eres nieto e hijo de españoles y no viajas cada poco tiempo a Carballiño (Ourense, España) a ver a tu familia? ¿De qué nos acusáis a Alfredo o a mi, si, en caso de ser cierto lo que decís, estaréis hablando de vuestros padres y abuelos?”.
Yo apostillé: “Que yo sepa, ningún antepasado mío emigró a América; no me siento responsable de nada de lo sucedido”.
Las preguntas de Andrés son la mejor explicación sobre la mezcla de razas que se produjo en Latinoamérica durante siglos: desde México (y los territorios conquistados por Yanquilandia) hasta la Tierra de Fuego, españoles y españolas se mezclaron durante siglos con nativos y nativas.
Ambas partes, los nativos sudamericanos y los españoles, para lo bueno y lo malo, somos el resultado de esa mezcla de razas. Somos como somos.
Volviendo al principio de mi escrito, buscar a los culpables de lo atrasos, de las injusticias y de la situación de abandono en que se encuentra Latinoamérica, no es tarea fácil; todos somos culpables, pero algunos lo son más que otros…
Leed el discurso de Óscar Arias; vale la pena saber algo más sobre la realidad desde la voz y el texto de un presidente democrático latinoamericano.
Alfredo Webmaster
Nota
Nunca le pude regalar el tan prometido libro sobre la paternidad gallega de Cristobal Colón: Andrés murió unos días antes de un nuevo viaje mío a Panamá.
Palabras del Presidente de la República de Costa Rica, don Óscar Arias en la Cumbre de las Américas de Trinidad y Tobago, 18 de abril del 2009
Tengo la impresión de que cada vez que los países caribeños y latinoamericanos se reúnen con el presidente de los Estados Unidos de América, es para pedirle cosas o para reclamarle cosas. Casi siempre, es para culpar a Estados Unidos de nuestros males pasados, presentes y futuros. No creo que eso sea del todo justo.
No podemos olvidar que América Latina tuvo universidades antes de que Estados Unidos creara Harvard y William & Mary, que son las primeras universidades de ese país. No podemos olvidar que en este continente, como en el mundo entero, por lo menos hasta 1750 todos los americanos eran más o menos iguales; todos eran pobres.
Cuando aparece la Revolución Industrial en Inglaterra, otros países se montan en ese vagón; Alemania, Francia, Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda… y así la Revolución Industrial pasó por América Latina como un cometa, y no nos dimos cuenta. Ciertamente perdimos la oportunidad.
También hay una diferencia muy grande. Leyendo la historia de América Latina, comparada con la historia de Estados Unidos, uno comprende que Latinoamérica no tuvo un John Winthrop español, ni portugués, que viniera con la Biblia en su mano dispuesto a construir “una Ciudad sobre una Colina”, una ciudad que brillara, como fue la pretensión de los peregrinos que llegaron a Estados Unidos.
Hace 50 años, México era más rico que Portugal. En 1950, un país como Brasil tenía un ingreso per cápita más elevado que el de Corea del Sur. Hace 60 años, Honduras tenía más riqueza per cápita que Singapur, y hoy Singapur –en cuestión de 35 ó 40 años– es un país con $ 40.000 de ingreso anual por habitante. Bueno, algo hicimos mal los latinoamericanos.
¿Qué hicimos mal? No puedo enumerar todas las cosas que hemos hecho mal. Para comenzar, tenemos una escolaridad de 7 años. Esa es la escolaridad promedio de América Latina y no es el caso de la mayoría de los países asiáticos. Ciertamente no es el caso de países como Estados Unidos y Canadá, con la mejor educación del mundo, similar a la de los europeos. De cada 10 estudiantes que ingresan a la secundaria en América Latina, en algunos países solo uno termina esa secundaria. Hay países que tienen una mortalidad infantil de 50 niños por cada mil, cuando el promedio en los países asiáticos más avanzados es de 8, 9 ó 10.
Nosotros tenemos países donde la carga tributaria es del 12 % del producto interno bruto, y no es responsabilidad de nadie, excepto la nuestra, que no le cobremos dinero a la gente más rica de nuestros países. Nadie tiene la culpa de eso, excepto nosotros mismos.
En 1950, cada ciudadano norteamericano era cuatro veces más rico que un ciudadano latinoamericano. Hoy en día, un ciudadano norteamericano es 10, 15 ó 20 veces más rico que un latinoamericano. Eso no es culpa de Estados Unidos, es culpa nuestra.
En mi intervención de esta mañana, me referí a un hecho que para mí es grotesco, y que lo único que demuestra es que el sistema de valores del siglo XX, que parece ser el que estamos poniendo en práctica también en el siglo XXI, es un sistema de valores equivocado. Porque no puede ser que el mundo rico dedique 100.000 millones de dólares para aliviar la pobreza del 80 % de la población del mundo –en un planeta que tiene 2.500 millones de seres humanos con un ingreso de $ 2 por día– y que gaste 13 veces más ($1.300.000.000.000) en armas y soldados.
Como lo dije esta mañana, no puede ser que América Latina se gaste $50.000 millones en armas y soldados. Yo me pregunto: ¿Quién es el enemigo nuestro? El enemigo nuestro, presidente Correa, de esa desigualdad que usted apunta con mucha razón, es la falta de educación; es el analfabetismo; es que no gastamos en la salud de nuestro pueblo; que no creamos la infraestructura necesaria, los caminos, las carreteras, los puertos, los aeropuertos; que no estamos dedicando los recursos necesarios para detener la degradación del medio ambiente; es la desigualdad que tenemos, que realmente nos avergüenza; es producto, entre muchas cosas, por supuesto, de que no estamos educando a nuestros hijos y a nuestras hijas.
Uno va a una universidad latinoamericana y todavía parece que estamos en los sesenta, setenta u ochenta. Parece que se nos olvidó que el 9 de noviembre de 1989 pasó algo muy importante, al caer el Muro de Berlín, y que el mundo cambió. Tenemos que aceptar que este es un mundo distinto, y en eso francamente pienso que todos los académicos, que toda la gente de pensamiento, que todos los economistas, que todos los historiadores, casi que coinciden en que el siglo XXI es el siglo de los asiáticos, no de los latinoamericanos. Y yo, lamentablemente, coincido con ellos. Porque mientras nosotros seguimos discutiendo sobre ideologías, seguimos discutiendo sobre todos los “ismos” (¿Cuál es el mejor? capitalismo, socialismo, comunismo, liberalismo, neoliberalismo, socialcristianismo...), los asiáticos encontraron un “ismo” muy realista para el siglo XXI y el final del siglo XX, que es el pragmatismo.
Para solo citar un ejemplo, recordemos que cuando Deng Xiaoping visitó Singapur y Corea del Sur, después de haberse dado cuenta de que sus propios vecinos se estaban enriqueciendo de una manera muy acelerada, regresó a Pekín y dijo a los viejos camaradas maoístas que lo habían acompañado en la Larga Marcha; “Bueno, la verdad, queridos camaradas, es que mí no me importa si el gato es blanco o negro, lo único que me interesa es que cace ratones”. Y si hubiera estado vivo Mao, se hubiera muerto de nuevo cuando dijo que “la verdad es que enriquecerse es glorioso”. Y mientras los chinos hacen esto, y desde el 79 a hoy crecen a un 11 %, 12 % o 13 %, y han sacado a 300 millones de habitantes de la pobreza, nosotros seguimos discutiendo sobre ideologías que tuvimos que haber enterrado hace mucho tiempo atrás.
La buena noticia es que esto lo logró Deng Xioping cuando tenía 74 años. Viendo alrededor, queridos Presidentes, no veo a nadie que esté cerca de los 74 años. Por eso solo les pido que no esperemos a cumplirlos para hacer los cambios que tenemos que hacer.
Muchas gracias.
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