Música y Vino

Puedo intentar ser sincero pero nunca seré imparcial…
Domingo, a 12 de Abril de 2015

Claro, estás tan tranquilo con tu frío, tu gripe y tus cosas, y de repente se te echa marzo o abril encima como un chaparrón del calendario. Oye, y despista. Estabas tú tan a gusto, rodeado de cocidos, guisotes y platos de cuchara y ahora, hala, a cambiarlo todo otra vez. Y da igual que caigan chuzos de punta o que andes todavía con la bufanda puesta. Marzo es marzo, abril es abril, y hay que ponerse en modo primavera.

Total, que sacas las lechugas del armario, bajas del trastero los tomates, guardas las cucharas en el cajón con los calcetines y te compras un geranio. Y luego pasa lo que pasa. Que mucha primavera y mucho rollo, pero todavía no te apetecen un pimiento las ensaladas.

¿Y ahora qué hacemos? Pues no sé, porque a mí la primavera me da hambre. Bueno y el otoño y el verano, y el invierno. Las cuatro estaciones. Yo en lo del hambre soy muy de Vivaldi. Y así, pensando, pensando, me he dicho: oye, mira, yo me hago un cóctel de aperitivo, un Bloody Mary, más concretamente, que es fresquito y primaveral, pero con un puntito de vodka que mantiene el calorcito interno, y luego dios dirá. Y si no dice nada, me casco el Bloody Mary y luego un buen cocido. U otras cosas… ¡Un menú de entretiempo!

Ingredientes: 1 brick de zumo de tomate, 1 sobre de gelatina neutra, vodka, 1 limón, salsa Perrin´s, Tabasco, pimienta, sal, apio.

Preparación: en un bol bien seco, ponemos el contenido del sobre de gelatina y lo reservamos. En otro recipiente vertemos un chorreón de vodka al gusto, según queramos más o menos fuerte nuestro Bloody Mary (la proporción correcta sería 3 partes de vodka por 6 de tomate), añadimos el zumo de tomate (medio litro, más o menos), el zumo de medio limón, unas gotas de Tabasco, un par de golpes de salsa Perrin´s, y un poco de sal. Removemos bien. Ponemos unas cucharadas del preparado en el bol con la gelatina y removemos hasta que se deshaga y se mezcle. El resto lo ponemos en un cazo a calentar, removiendo de vez en cuando, hasta que empiece a hervir. Retiramos, lo juntamos con el preparado de gelatina y mezclamos bien. Dejamos reposar un par de minutos y lo vamos vertiendo con cuidado en un molde de silicona como para magdalenas o algo así, en el que habremos puesto una ramita de apio en cada agujero. Dejamos que se enfríe un poco y lo metemos en la nevera durante un par de horas mínimo. Luego todo es sacarlo, desmoldar con cuidado, adornar con un toquecillo de pimienta y comerlo (o beberlo) bien frío.

Falsarius Chef: cocina para impostores

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Domingo, a 12 de Abril de 2015

Esta receta me trae muchos recuerdos. Entre otra cosa porque es una vuelta absoluta a los inicios impostores, esta es una receta en la que tiramos de la lata con desparpajo, morro y donosura, como dios manda. Y digo esto porque yo antes era distinto. No sé, de otra forma.

El problema es que estaba un día en un súper, al que había ido a comprar un arroz Carnaroli para hacer un risotto muy pijo, cuando sorpresivamente y a traición me pico una sardina radiactiva. De lata claro. Al principio no noté nada especial. No me quedé calvo, impotente, ni nada de eso; pero de repente empecé a sentir unas irresistibles ganas de cocinar con latas, de inventar recetas y de contárselas a la gente.

Como no quería que nadie supiera mis problemas lo hice disfrazado con gafas de plástico, nariz postiza, gorro de cocinero y delantal (probé unas mallas tipo Spiderman, pero me quedaban fatal y me hacían gordo) y así empezó todo. Un cambiazo, porque yo antes de que me picara la sardina mutante era un tipo que los domingos hacia paellas moleculares.

La cosa es que no me quejo porque gracias a aquel luctuoso suceso he podido descubrir recetas como esta que hoy os presento. Una deliciosa e impostora sopa de tomate con almejas que, de verdad, no puede estar más rica y que, por si fuera poco, es perfectamente apta para nuestra “Operación Tipazo” de cara al verano. Que mira, por dónde, si la hubiera descubierto antes igual hubiera cabido en las mallas.

Ingredientes: 1 lata de sopa de tomate (que sea de las de Warhol o no ya es cosa de lo snob que seas), unas almejas frescas de la pescadería del súper, 2 dientes de ajo, 1 guindilla verde en vinagre, aceite de oliva virgen extra, perejil picado.

Preparación: en un puchero ponemos un poco de aceite a calentar y añadimos la guindilla verde para que se fría un poco. Añadimos el contenido de nuestra lata de sopa de tomate, bajamos el fuego y dejamos que se vaya calentando muy despacio para que vaya cogiendo el saborcillo de la guindilla. Mientras tanto, picamos un par de dientes de ajo y los ponemos a dorar en una sartén amplia con un poco de aceite. Cuando empiecen apenas a coger color, ponemos el fuego fuerte y añadimos las almejas bien lavadas y un pelín de sal gruesa. Tapamos y dejamos que se abran. Cuando esté bien caliente la sopa, la servimos en un plato, ponemos por encima unas pocas de nuestras ricas almejitas, y adornamos con un poco de perejil.

Falsarius Chef: cocina para impostores

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Domingo, a 12 de Abril de 2015

100 gramos. Cien malditos gramos. Eso dice que has adelgazado la báscula cornúpeta y bocazas que tienes bajo tus pies.

Después de tres semanas de régimen tiránico y opresor, en los que la única grasa que hemos visto ha sido la del bote de “3 en 1” que le ponemos a la puerta de la nevera, que se está oxidando de no abrirla, es una cantidad bastante deprimente.

¿Vamos a desmoralizarnos por eso y a tirar la toalla? (en realidad la toalla ya la habíamos tirado hace un rato, cuando nos estábamos pesando, convencidos de que era su peso el que inflaba el nuestro). ¡Nada de eso!

En la línea de platos no hipercalóricos que venimos manteniendo últimamente, tengo el placer de presentaros estas escuetas de pollo, una receta rica y moderada que yo he acompañado con unas patatas de bote que, si os ha dado por el talibanismo nutricional, podéis sustituir por vuestros hierbajos favoritos. O por un bocadillo de panceta que, a estas alturas, es lo que nos va pidiendo ya el cuerpo.

Ingredientes: 1 pechuga de pollo, leche, 1 limón, 1 bote de cristal de patatas, 1 lata pequeña de cebolla frita Hida, aceite de oliva y sal.

Preparación: cortamos la pechuga en filetillos finos y los ponemos en un plato hondo. Cubrimos con leche y el zumo de medio limón y lo dejamos macerando una horita. Cuando llegue la hora de comer, lavamos unas cuantas patatas de bote y las cortamos en rodajas. Ponemos un poco de aceite en una sartén y le damos una vuelta a las patatas para que cojan un poco de color. Añadimos el bote de cebolla frita, un poco de sal y removemos bien. Cuando lo veamos con color, lo ponemos en un plato a modo de cama para nuestro pollo. Es el turno de freír los filetillos. Nuevamente ponemos un poco de aceite (poco) y vamos haciendo el pollo con cuidado. Al principio soltará la leche y tendrá un aspecto sospechoso, pero esta enseguida se evaporará y los filetillos comenzarán a coger un aspecto tostado de lo más apetecible. Hay que estar atento para que no se nos quemen. Los ponemos sobre las patatas con un poco de sal y listo.

Íntima confesión: como sale en la foto, y no voy a ponerme a borrarla con el photoshop, he de reconocer que le puse también una alcachofa que andaba perdida por la nevera, salteándola al principio con las patatas. Si vuestra religión dietética os lo permite, merece la pena.

Falsarius Chef: cocina para impostores

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Domingo, a 12 de Abril de 2015

Claro, qué cachondo. Con la que está cayendo y ponte tú a hacer un bizcocho de esos que hacían las abuelas, batiendo huevos como locas y peleándose con un horno ardiente. Nada puede apetecer menos en días de bochornazo como estos que estamos teniendo. Y tú preguntarás, ¿y por qué narices hay que ponerse a hacer un bizcocho? Hombre, obligatorio no es, pero lo que si apetece mucho en días así es echarse una buena siesta después de comer. Y qué cosa más rica, ya metidos en vicios, que levantarse de la siesta  y saber que tienes algún postre dulcecito y rico esperándote.

Se aúnan dos placeres que deberían estar recogidos en la Carta de Derechos Humanos. La siesta, invento hispano universalmente conocido, ya de por sí gozosa y reconfortante. Y los dulces, causantes de enlorzamientos abdominales y otros desajustes estéticos, pero siempre apetecibles y tentadores.

¿Y cómo podríamos solucionar esta inquietante contradicción entre calor y pereza por un lado, y gula pura y dura por otro? Pues bien, una vez más, la cocina impostora viene en nuestro auxilio. Vamos a hacer un bizcocho con dulce de leche, que es un escándalo de lo guapo y resultón, y de lo rico que queda, pero sin horno, sin sofocos y sin apenas curre. Un bizcocho de dulce de leche con el que te salen las cuentas: se hace en dos minutos, y te dura toda la vida en la cintura. Un chollo.

Ingredientes: 1 bizcocho del súper (hay muchos, el mío era una coca), 1 bote de dulce de leche, vino dulce, 1 lata pequeña de melocotón en almíbar.

Preparación: con un cuchillo de pan y mucho cuidado, cortamos en bizcocho por la mitad, porque lo vamos a rellenar. Separamos las dos partes, ponemos el vino dulce en un vaso y con una cucharita lo vamos poniendo sobre el bizcocho para que empape un poco. Y digo un poco, porque luego hay que volver a juntar las partes y si están muy mojadas se nos van a deshacer. Hecho esto, extendemos una capa de dulce de leche sobre la parte inferior del bizcocho (más o menos o menos gruesa, según nuestro glotona voracidad) la cubrimos con la capa superior y procedemos, con ayuda de una espátula o de un cuchillo, a recubrirlo todo con una fina capa de dulce de leche. Cortamos en lonchas finitas el melocotón en almíbar que teníamos y lo vamos poniendo por la parte superior. Lo guardamos en la nevera para que esté fresquito cuando nos levantemos de la siesta.

Falsarius Chef: cocina para impostores

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Sábado, a 14 de Marzo de 2015

 

Este mes inicié la colaboración en un suplemento sobre vino que el Diario de Burgos empezó a distribuir entre sus lectores.

Este periódico, perteneciente al Grupo Promecal, tiene como hermanos El Día de Valladolid, La Tribuna de Toledo o, entre otros, el Adelantado de Segovia. Pero tienen más medios de comunicación: emisoras de televisión, como la de Navarra, o de radio, como Onda Cero en la Comunidad de Castilla y León.

El suplemento mensual se llama + Vino – Cultura del vino. El primer número se publicó el sábado 7 de marzo de 2015.

Espero seguir colaborando con ellos en el futuro. Es un proyecto que me gusta y que me permite escribir sobre dos expresiones culturales que fueron y son parte de mi vida: de la música y del vino. Y que fue, con la unión de ambas palabras, el nombre que hace años elegí para titular mi página web personal: www.musicayvino.com.

Más abajo os copio las fotos y el texto de ese primer escrito mío. Y con él, mi recomendación de un vino y una canción. Y de un disfrute sonsorial.

Alfredo Musica y Vino


 

 


¿Quieres empezar a disfrutar? Memphis Underground & Quinta Sardonia QS2009.

¿Maridar música con vino? Sí, claro: combinarlos es una magnífica elección. Mezclar el sonido de una buena música mientras se paladea un buen vino, o paladear un buen vino mientras escuchas una buena música. Tanto monta, monta tanto. Pero siempre juntos.

Para esta primera ocasión me decanté por dos grandes obras, las dos con una base clásica en sus orígenes: una pieza jazzística compuesta a finales de los años 60’, aderezada con un vino tinto de una zona vinícola tradicional, elaborado por una bodega que es casi una recién llegada a Sardón de Duero.

La música elegida es la canción titulada ‘Memphis Underground’, una magnífica composición del no suficientemente bien ponderado intérprete de jazz Herbie Mann. Esta está incluida en el disco del mismo nombre: Memphis Underground, editado por Atlantic Records en 1969.

Siendo como fue una de las grandes figuras del jazz durante casi 25 años -entre 1957 y 1970 fue elegido, por la revista Down Beat, el mejor flautista de jazz-, Herbie Mann no tuvo el mismo predicamento en los años posteriores, quizá por ser un mezclador de sonidos y estilos, un ecléctico en el fondo y en las formas, un intérprete y compositor poco apegado a los modelos de una época en la que, o primaba la innovación desde las variantes más rompedoras del jazz, o se buscaba mantener el más conservador de los conceptualismos. En todo caso, la historia no hizo honor a los merecidos valores que Herbie atesora en su música.

A Quinta Sardonia QS2009 le pasa algo parecido: estando como está en una zona geográfica en la que existe una DO (Denominación de Origen) entre las mejores del mundo, no está acogida a ella, sino a una VT (Vinos de la Tierra). La calificación VT podría hacernos suponer que sus vinos son de calidad inferior a los de una DO, pero no es así: el Mauro VS 2007, el Terreus 2011 o el Abadía Retuerta Pago Valdebellón 2010 tampoco pertenecen a ninguna DO y son grandes vinos, como el Quinta Sardonia QS2009.

El vino seleccionado, el QS2009, tiene un marcado color rojo cereza. En nariz muestra su  carácter con aromas entremezclados de fruta fresca y madura. En boca se expande con fuerza, pero desde la sedosidad de un vino redondo bien elaborado, poderoso, consistente, un vino que deja un agradabilísimo retrogusto a taninos de gran personalidad.

¿Quieres empezar a disfrutar? Abre la botella del Quinta Sardonia QS2009 y deja que se atempere hasta que esté a unos 17/18º, localiza en la discoteca el LP que te recomiendo, enciende el equipo de sonido… Y cuando suenen las primeras notas del “Memphis Underground” de Herbie Mann, lleva la copa a la boca y paladea el vino: disfruta del placer de maridar sonidos y sabores.

Alfredo Música y Vino

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Viernes, a 2 de Enero de 2015

 

Por Ángel Villarino (Pekín) para elconfidencial.com

¿Se ha planteado alguna vez seriamente la posibilidad de comerse a su perro? ¿Y la de echar a patadas al gato y sustituirlo por otro ser vivo menos dañino para el planeta, como un canario o un conejo? Con un punto justo de ironía, los neozelandeses Robert y Brenda Vale elevan éstas y otras ocurrencias a actos heroicos en un libro recién publicado en su país: un curioso estudio plagado de cifras que desmenuza el impacto ambiental de las mascotas.

Las conclusiones de “Time to Eat the Dog: The Real Guide to Sustainable Living son igualmente escandalosas. La pareja Vale asegura que “un pastor alemán o cualquier perro de tamaño parecido provoca daños sobre el medio ambiente similares a los de comprar un Land Cruiser y hacerle 10.000 kilómetros”. Afinando en la parte técnica, los autores explican cómo cada “perro de tamaño medio” criado en los países ricos devora anualmente 164 kilos de carne y 95 kilos de cereales.

Para producir tal cantidad de alimento se necesitan 1,1 hectáreas de terreno, sin contar la carga de fertilizantes, pesticidas, antibióticos, etcétera. Mientras, para la construcción y consumo del Land Cruiser bastan 0,41 hectáreas”. Los cálculos se aplican después a otros animales de compañía, una ecuación en la que los gatos no salen mejor parados. La “huella ambiental” del felino es de 0,15 hectáreas al año, poco menos que un Volkswagen Golf.

Arquitectos de formación, los autores, que dan clase en la Universidad de Victoria y se han especializado en teorizar sobre la “vida sostenible”, gozan de un cierto reconocimiento en Nueva Zelanda. El país es campo abonado para obsesiones “verdes” como la suya: en este archipiélago escorado en el ángulo inferior derecho del mapamundi el debate ecológico tiene bastante más tirón que la política.

Canibalismo y necrofagia

Por el momento, tranquiliza el libro, los autores no se van a comer vivos a sus perros. La provocación sirve más bien como título resultón de portada y como señuelo para atraer la atención sobre un tema desconocido. Y, por supuesto, para vender más libros. Las páginas interiores lo que aconsejan es hacerse con “mascotas sostenibles y reciclables”, como pollos, peces o conejos, que no comen carne y que además pueden acabar en la sartén sin provocar un disgusto excesivo a la familia. Otra de las soluciones que proponen (parece que totalmente en serio) es una extraña forma de canibalismo y necrofagia: convertir los cadáveres de las mascotas en comida para otras mascotas, siempre con la idea de reducir el impacto ambiental de los animales de compañía.

Puede parecer estúpido pero todo es válido teniendo en cuenta lo que sabemos: que la población del planeta crece y los recursos son finitos”, insistían los autores en declaraciones al rotativo digital Dominion Post de Nueva Zelanda. “El problema de la sostenibilidad nos obligará a tomar decisiones tan difíciles como la de comerse a tu perro. Ya no se trata sólo de reciclar papel, llevar bolsas al supermercado, o cambiar las bombillas, sino de cosas realmente duras que tendremos que afrontar en nuestra propia generación”.

Más allá de la provocación, el trabajo de los Vale abre una nueva veda en los estudios de impacto ambiental. Se trata de una tendencia cada vez más en boga, que ofrece una alternativa más racional para preocuparse por el planeta que la clásica aversión ecologista contra la industrialización o sus reediciones del “buen salvaje”. Algunos estudios sobre el impacto ambiental han obtenido conclusiones inesperadas. Sucedió, por ejemplo, cuando las compañías aéreas decidieron sustituir los cubiertos de plástico por la vieja vajilla de metal. Tras un análisis exhaustivo llegaron a la conclusión de que el acero inoxidable es aún menos sostenible que el plástico barato. En primer lugar por los detergentes y la energía que se utiliza al lavarlos, y después por el combustible extra que se consume al aumentar el peso del avión con cuchillos, platos y tenedores de metal.

En definitiva, los perros y gatos domésticos no son sostenibles. Sólo cabe preguntar cuál es el coste medioambiental de Robert y Brenda Vale. Quizá merezca la pena comérselos.

 

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Viernes, a 21 de Noviembre de 2014

El pasado 17 de noviembre hizo 15 años que Enrique Urquijo nos abandonó. Y digo abandonó con toda la intención de la palabra: para una generación completa de españoles, la que vivió los mejores años de sus vidas oyendo su música y tarareando sus letras –entre ellos yo-, su muerte significó la pérdida de ese amigo medio hermano que jamás te traicionó, un compañero que con su voz rasgada, que no era la mejor del mundo (tampoco lo es la de Sabina o Serrat), nos hacía sentirnos mejores personas.

Su enorme e inmensa honestidad a la hora de hacer la música que él quería, sin dejarse llevar por las modas del momento, sin importarle un ‘carajo’ ir contracorriente, le hizo merecedor del aprecio de los que supimos ver en ese chico tan aseado y formal, tan normalito, el mejor ejemplo de que la calidad y capacidad no está reñida con la forma de presentarse ante su público. Que nada malo había en amar las rancheras o reconoce abiertamente que nos gustaba María Dolores Pradera o Pedro Infante o Chavela Vargas o Silvio Rodríguez o Joan Manuel Serrat, y al mismo tiempo ser un innovador.

Encabecé mi escrito con “Un olvido imperdonable…”. Y es cierto: ¿cómo pude olvidarme de un día tan señalado?

En una de las primeras entradas de la segunda etapa de mi blog musicayvino.com, en el año 2007, escribí un artículo titulado “La banda sonora de mi vida” que versaba sobre Enrique y su influencia en los años que yo llevaba consumidos.

Parafraseando a Nietzsche, como el mejor recuerdo es recordar el recuerdo, nada mejor que ‘tirar’ de ese escrito mío del 2007 y rememorar lo dicho entremezclado con palabras nuevas…

Quizá la culpa de todo, producto de la idealización de Enrique y su influencia sentimental en una generación de españoles, sea imaginar que los años consumidos en ese período febril de los 80’ y 90’ fueron mejores que los  primeros del tercer milenio.

Quizá, tal vez, influye que las canas y los kilos de más acumulados en los ‘michelines’ ahora son imposibles de ocultar; no como antes, que todo estaba en su sitio y perfecto.

En fin, sean cuales sean las razones, lo más importante es que Enrique, mi amigo y medio hermano, ya no está con nosotros. ¡Y que no está desde hace 15 años! ¡Y que cada año duele más su ausencia!

Recuerdo como si fuera hoy mismo la mañana del 17 de noviembre de 1999, un día de cielo encapotado, plomizo, pesado, frio. Me recuerdo sentando en la sala de espera del aeropuerto de Barajas de Madrid, con un portátil en las rodillas leyendo un informe sobre una inversión en el Causeway, mientras esperaba la salida de un vuelo de Iberia con dirección a Panamá.

Poco antes de embarcar, más o menos a las 10 de la mañana, un televisor de la sala de espera dio la noticia: mí admirado Enrique había aparecido muerto en el portal de una casa en el madrileño y castizo barrio de Malasaña. Apareció roto y desmadejado por una sobredosis de heroína.

Aquél hombre de 39 años, que a veces parecía un niño, propietario del corazón más grande y de la fuerza de voluntad más pequeña del Mundo, no había sido capaz de superar su larga adicción a las drogas, sobre todo a la heroína.

La noche anterior, Pía, su compañera sentimental, lo había ido a buscar a la casa del ‘camello’ que le proveía de la droga, un cabrón al que él había acudido en demasiadas ocasiones tras abandonar la clínica donde estuvo ingresado, una vez más, para dejar sus adicciones. El miserable del ‘camello’ echó a Pía de la casa alegando que allí no tenían secuestrado a nadie, que Enrique había acudido por ‘voluntad propia’.

Para Enrique, eran 20 años ininterrumpidos de consumo compulsivo de la droga típica de los músicos de aquella época: «Había caballo (heroína) en todas las fiestas. Si eras músico y no te metías, era como si fueras gilipollas», se decía en los círculos musicales de la movida madrileña.

Pese a que el nacimiento de su hija María (1994) supuso para Enrique un hálito de esperanza y una razón de peso para intentar cambiar su estilo de vida y superar sus viejas adicciones, ni ella ni Pía lo habían conseguido arrancar de las garras de la autodestrucción.

Una de las más hermosa, sensibles y desgarradoras canciones de Enrique, “Agárrate a mí, María” (incluida en el recopilatorio "La historia de Los Secretos" y publicada luego como single en 1996: puedes escucharla en un Youtube), un premonitorio aviso de lo que estaba por llegar, ilustra perfectamente que en la relación paterno-filial él buscaba sobre todo la protección y el amparo de los brazos de su hija, a los que poder agarrarse, tal y como se espera de un padre hacia su hija.

Oí la noticia con suma tristeza, no la podía creer: no era posible que el autor de la banda sonora de mi vida me abandonara sin cantarme su última canción… O su “Ojos de Gata” (escúchala en Youtube).

Dicen, se dice, que los hombres no lloramos. Pienso que, o bien no soy demasiado hombre –según la definición de algunos-, o en ciertas ocasiones dejo de serlo: he llorado, y aún lloro, cuando algo me conmueve o me emociona, y la muerte de mi amigo Enrique me emocionó profundamente. Me emocionó tanto que tuve que irme al baño del aeropuerto para no sentir las miradas de la gente.

Su muerte fue la pérdida de una parte de mi pasado, el acabose de los rescoldos de la juventud, la clausura de los primeros años de madurez. Su muerte fue el finiquito de los sonidos de los guateques, de las audiciones privadas y no tan privadas de música a todo volumen. Su muerte fue el fin de los conciertos en directo de Los Secretos, como el de la Plaza Mayor de Madrid, en el 97, o el de la Sala Galileo del 99 (la última vez que le vi en directo). Fue el fin de poder verle compartiendo juntos copas en el Honky Tonk, él con sus amigos, yo con los míos.

Su muerte fue la pérdida del poeta de los fracasos, el trovador de las derrotas, el cantor de las miserias de la vida, el campeón de la tristeza, el rey de la cruda realidad, el señor de los lamentos.

Su desaparición significó que ya nada iba a ser igual, que ya nadie me iba a decir que su estado de ánimo era el mismo que el mío. Que nadie volvería a expresar, como lo hacía él, que su pena era mi pena. Su pérdida, su muerte, y su desaparición significaron que “Nunca he sentido igual una derrota…” (puedes escucharla en Youtube).

Nunca tuve la oportunidad de darle personalmente las gracias por todo lo me ayudó con su música. Pero hoy, otra vez, quince años después, quiero hacerle un nuevo homenaje, el homenaje que no le hice en el Honky Tonk. Y mientras escucho su música siento que su presencia me ayuda a enjugar alguna tristeza de la vida, algunas pérdidas irreparables, algunas personas que vienen y van, que entran y salen… hoy siento que sus derrotas también son mis derrotas.

Estés donde estés, ¡gracias, querido Enrique!

Alfredo Webmaster

 

Enrique Urquijo y los Secretos – “Quiero beber hasta perder el control

Nunca he sentido igual una derrota

que cuando ella me dijo: se acabó.

Nunca creí tener mi vida rota,

ahora estoy sólo y arrastro mi dolor.

 

Y mientras en la calle está lloviendo,

una tormenta hay en mi corazón.

Dame otro vaso, aún estoy sereno,

quiero beber hasta perder el control.

 

Cuántas nochas soñé que regresabas

y en mis brazos llorabas por tu error,

luego un ruido del bar me despertaba

y el que lloraba entonces era yo.

 

Y mientras ella está con otro tipo

mis lágrimas se mezclan con alcohol,

ella se fue por qué no me lo dijo,

y siento que mi vida fracasó.

 

Y mientras en la calle está lloviendo,

una tormenta hay en mi corazón.

Dame otro vaso, aún estoy sereno,

quiero beber hasta perder el control.

 

Quiero beber hasta perder el control

 

Enrique Urquijo y Los Secretos – “Agárrate a mí, María

Estoy metido en un lío

y no sé como voy a salir...

Me buscan unos amigos

por algo que no cumplí.

Te juré que había cambiado

y otra vez te mentí:

Estoy como antes colgado

y por eso vine a ti.

 

Abrázame fuerte a mí, María...

Agárrate fuerte a mí...

que esta noche es la más fría

y no consigo dormir.

 

Agárrate fuerte a mí, María...

Agárrate fuerte a mí...

que tengo miedo

y no tengo donde ir.

 

Mañana, cuando despiertes,

estaré lejos. En fin,

no creo que pase nada,

de otras peores salí.

 

Si acaso no vuelvo a verte

olvida que te hice sufrir:

No quiero, si desaparezco,

que nadie recuerde quien fui.

 

Agárrate fuerte a mí, María...

Agárrate fuerte a mí...

que esta noche es la más fría

y no consigo dormir.

 

Agárrate fuerte a mí, María...

Agárrate fuerte a mí...

que tengo miedo

y no tengo donde ir.

 

Agárrate fuerte a mí, María

Y no llores más por mí

Volveré a por ti algún día

y escaparemos de aquí

 

Agárrate fuerte a mi, María

Agárrate fuerte a mí

que tengo miedo

y no tengo donde ir.

 

Enrique Urquijo y Los Secretos – “Ojos de gata

Fue en un pueblo con mar

una noche después de un concierto

tú reinabas detrás

de la barra del único bar que vimos abierto.

 

Cántame una canción al oído

te sirvo y no pagas

sólo canto si tú me demuestras

que es verde la luz de tus ojos de gata.

 

Loco porque me diera

la llave de su dormitorio

esa noche canté

al piano del amanecer todo mi repertorio.

 

Con el "Quiero beber"

el alcohol me acunó entre sus mantas

y soñé con sus ojos de gata

pero no recordé que de mí algo esperaba.

 

Desperté con resaca y busqué

pero allí ya no estaba

me dijeron que se mosqueó

porque me emborraché y la usé como almohada.

 

Comentó por ahí

que yo era un chaval ordinario

pero cómo explicar

que me vuelvo vulgar

al bajarme de cada escenario.

 

Pero cómo explicar

que me vuelvo vulgar

al bajarme de cada escenario.

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